El Levante feliz

A primeros de julio de 1936 empezó el traslado de la Residencia, desde el nº 50 al nº 16 de la calle Ferraz, que estaba muy cerca del Cuartel de la Montaña. El día 2 se estaba en pleno traslado: habían salido ya tres camiones para el nuevo sitio y faltaban otros tres. Al día siguiente, 3 de julio, Paco y yo salimos de Madrid para pasar un par de semanas con nuestras respectivas familias. Paco se dirigía a Valencia y yo a Albacete, de donde pensaba trasladarme cuanto antes a Torrevieja. Tenía previsto estar algún tiempo allí y volverme de nuevo a Madrid.

Yo, la verdad, no tenía demasiados deseos de volver a Albacete. Mi padre había colaborado en la propaganda que había dado el triunfo al Frente Popular en las pasadas elecciones, y al ver el talante persecutorio de todo lo religioso que había adoptado aquella coalición, temí un posible enfrentamiento con él; enfrentamiento que deseaba evitar a toda costa. Cuando se lo comenté al Padre, puso las cosas en su punto; me dijo que tenía que ir con mi familia; me aconsejó que viviera, por encima de todo, la piedad filial, y me recomendó que rezara por mi padre y no discutiera con él de política.

Paco viajaba a Valencia con un nuevo encargo: buscar un local que pudiese servir para instalar la futura Residencia a comienzos del curso próximo. El Padre dijo que, en cuanto la encontrara, Ricardo se desplazaría desde Madrid para verla. Se ponía así en marcha un antiguo deseo suyo.

La actitud del Padre, su serenidad y su visión sobrenatural, resultaba particularmente llamativa en aquellas circunstancias de inestabilidad general y de turbulencia política. Diez días después de nuestra marcha, el 13 de julio, la prensa trajo la noticia del asesinato de Calvo Sotelo, líder del Bloque Nacional, por fuerzas del Orden Público. Pero esas dificultades externas no arredraban al Padre: La Obra de Dios -había escrito- viene a cumplir la Voluntad de Dios. Por tanto, tened una profunda convicción de que el Cielo está empeñado en que se realice.

Tres días después, el 16 de julio, Paco puso un telegrama a Madrid en el que anunciaba que ya había encontrado un local donde instalar la Residencia. Al día siguiente, 17 de julio, Ricardo se dirigió a Valencia. ese viaje suponía la primera expansión de la Obra en España. El Padre le dio su bendición antes de partir.

Y ese mismo día se tuvo noticia del levantamiento del Ejército de Africa. Comenzaba la guerra civil.

Aquel día yo me encontraba en Torrevieja. Mis padres permanecían todavía en Albacete, y de la noche a la mañana, mi padre se encontró inmerso, de repente, en una compleja situación política: era Teniente Alcalde de la ciudad y dirigente en el partido de Azaña; y a los pocos días de la sublevación militar lo eligieron como Presidente Provincial del Frente Popular, forzándolo a aceptar.

Su situación era compleja también desde el punto de vista familiar ya que, como sucedía en tantas familias españolas, en la mía había personas de distintas tendencias políticas: un tío mío era alcalde radical-socialista; otros eran concejales socialistas, republicanos moderados y monárquicos... Sus destinos fueron muy diversos a medida que se fue desarrollando el conflicto: algunos primos míos, que eran jefes y oficiales de la Armada, fueron fusilados o echados vivos al mar; otro primo mío era falangista y estuvo encarcelado en Alicante con José Antonio Primo de Rivera, fundador de la Falange; a otro tío mío, juez de Hellín, lo procesaron por negarse a dar una pena de muerte; otro primo mío fue voluntario en las Brigadas Internacionales...

Mi padre, a pesar del cargo que ocupaba en aquella nueva coyuntura política, tan confusa y caótica, deploraba con toda el alma el dramático desarrollo que habían tomado los acontecimientos. Recuerdo su amargura el día que se supo que habían asesinado a Calvo Sotelo. Poco después, cuando comenzó la guerra, logró salvar varias vidas, especialmente de sacerdotes y religiosas. En un mueble de nuestra casa -que se conserva en un Centro del Opus Dei de la calle Diego de León- estuvo reservado el Santísimo Sacramento y mi padre quiso que ardiera siempre una lamparilla en aquella salita. Gracias a esto, el bibliotecario del Instituto -que acababa de llegar destinado a Albacete y nadie sabía que era sacerdote-, protegido por mi padre, pudo atender a muchos enfermos administrándoles el Viático.

Yo no pude participar directamente en el conflicto: cuando fui llamado a filas las autoridades militares me declararon no apto.

En las primeras semanas de la guerra se recrudeció el anticlericalismo y tuvo lugar una tremenda persecución contra la Iglesia. Recordaré únicamente una cifra, particularmente expresiva: en sólo un día, el 25 de julio, fiesta de Santiago, Patrón de España, fueron asesinados 95 eclesiásticos en todo el país. Recuerdo muy bien aquel día, porque fue el último en el que pude asistir a Misa en Torrevieja, en unos locales provisionales de la parroquia, que había sido incendiada.

A partir de entonces tuve que ir en bicicleta hasta un pueblo cercano llamado Torrelamata, donde un sacerdote seguía celebrando misa. Llegar hasta aquel lugar no era nada sencillo: necesitaba un salvoconducto, y luego...

Antes de proseguir, debo explicar lo del salvoconducto. No sé si el lector contemporáneo se hará idea exacta de hasta qué punto era imprescindible un "salvoconducto" en aquellas circunstancias de guerra. Era necesario llevarlo siempre consigo para realizar cualquier desplazamiento; sin salvoconducto no se podía andar por la calle; la vida entera dependía de aquel trozo de papel, firmado y sellado, que indicaba quién era uno, por qué se encontraba allí, por cuánto tiempo... y donde se aseguraba que no se era un "enemigo del pueblo".

De este modo, durante algún tiempo, con mi salvoconducto en ristre, mostrándolo sin cesar en los numerosos puestos de control que había en la salida de las carreteras, lograba llegar a Torrelamata y asistir a Misa.

El párroco de aquel pueblecito era un sacerdote anciano que había regresado recientemente de México, después de muchos años de ministerio sacerdotal en ese país. Tenía gran devoción a Nuestra Señora de Guadalupe, advocación mariana que yo desconocía. Lo habían llevado pocos días antes al Comité Revolucionario del pueblo, pero no se arredró: acudió en su interior con gran confianza en la Guadalupana y lo dejaron, sorprendentemente, en libertad. Poco después le prohibieron celebrar Misa. A pesar de todo, pude confesarme algunas veces con él y recibir la Comunión.

Mientras tanto nos iban llegando a Torrevieja todo tipo de noticias confusas. Muchas venían de la capital: se hablaba de miles de asesinatos en Madrid; y las cifras iban aumentando de boca en boca, creando un clima de gran desasosiego. Luego se sabrían las cifras exactas de la barbarie anticlerical que se apoderó de calles y pueblos durante aquellos meses: sólo en el mes de agosto se cometieron 2.077 asesinatos -unos 70 al día- contra sacerdotes, religiosos y religiosas. Y no faltaron los asesinatos de muchos hombres y mujeres, laicos, por el único hecho de ser católicos. Se sucedían los asesinatos y las vejaciones de sacerdotes, y yo rezaba constantemente por el Padre. ¿Qué habría sido de él? Porque en aquellas tensas y largas semanas se había interrumpido todo tipo de comunicación con Madrid.

Cerca de dos meses después recibí la primera postal del Padre ¡Qué alegría y qué paz! ¡Cuántas incertidumbres desaparecieron al leerla!

Sin embargo, a pesar de las dificultades con las que nos encontrábamos los que vivíamos en Valencia, Alicante y algunas otras provincias españolas que dan al Mediterráneo, la vida resultaba para nosotros mucho menos dura que en la zona central de la península, donde se encontraba el Padre. En aquellas ciudades levantinas, rodeadas de huertas regadas por el Turia o el Segura, no hubo, ni con mucho, el hambre y el terror que imperaban sobre la población civil hacinada en aquel Madrid que se iba quedando, progresivamente, sin abastecimientos. Eso explica que en alguna de sus cartas el Padre aludiera al "Levante feliz".

Eran cartas muy breves: con frecuencia eran unas pocas líneas, escritas de su puño y letra, en las que firmaba "Mariano" -su cuarto nombre- en vez de Josemaría. Le habían impuesto en el bautismo los nombres José María Julián Mariano. Unió los dos primeros por devoción a la Virgen y a San José, a los que quería llevar, al igual que en su nombre, muy unidos siempre en su corazón. Y firmaba con el cuarto, Mariano -nombre que le pusieron en recuerdo de un tío suyo, viudo, que se había ordenado luego sacerdote-, por devoción a la Virgen. En aquellos momentos lo utilizaba también para no comprometernos ni comprometerse.

El Padre nos alentaba a estar muy unidos al Señor en aquellos momentos. No descuidéis la oración; no abandonéis el plan de vida; acudid al Señor constantemente -nos escribía-, pidiéndole que acorte este periodo tan duro de prueba; encomendaos siempre a la Santísima Virgen, camino seguro, pidiéndole por la vida, la fidelidad, y la perseverancia de todos...

En Madrid permanecían junto al Padre Juan, Isidoro, José María, Álvaro... ¿Y el resto de los miembros del Opus Dei? ¿Dónde estarían? ¿Qué harían? ¿Los habrían matado? Al principio tuvimos noticias confusas. Luego logramos saber noticias unos de otros, por medio de Isidoro Zorzano, el cual, gracias a su nacionalidad argentina, no se había visto forzado a esconderse o a buscar asilo en una Embajada.

Isidoro, con su letra pequeña y barroca, nos iba transcribiendo también ideas de la predicación del Padre; y poco a poco, sin ponernos de acuerdo -no hubo oportunidad de hacerlo- se fue creando espontáneamente un "argot" entre nosotros, con las claves necesarias para que el destinatario lo entendiese todo: cuando el Padre hablaba de "don Manuel" se refería a Nuestro Señor; "la madre de don Manuel", era la Santísima Virgen; con el "abuelo" nos referíamos al Padre, que hablaba de sí mismo como si fuera un anciano que escribía a sus hijos y nietos.

Durante un tiempo no supe qué había sido de Paco. Más tarde tuve noticias suyas. Le había soprendido el comienzo de la guerra en Valencia, en su casa de la calle Marqués de Turia, y había conseguido un trabajo por las mañanas en el Instituto municipal de Higiene. Participaba en las campañas de vacunación junto con su primo Enrique Espinós y un amigo, Amadeo de Fuenmayor. De ese modo pudieron obtener el certificado de trabajo necesario para transitar libremente por las calles. Sin embargo, a pesar de nuestra proximidad geográfica, estuvimos incomunicados durante bastante tiempo a causa de un pequeño error: me llegó una carta suya, pero Paco puso en el remite, en vez de Marqués -término no demasiado agradable a los oídos en aquel momento político-, "M. del Turia". Yo entendí H. del Turia, es decir, Hotel del Turia, y envié la carta allí. Naturalmente, no llegó.

Por mi parte, gracias a mis circunstancias familiares, gocé de cierta libertad de movimientos. Pero en aquellos momentos de confusión nadie quedaba a salvo de cualquier arbitrariedad: a pesar del cargo que ostentaba mi padre, los milicianos venían con frecuencia a la finca para requisaban cosas; y todos buscábamos soluciones para salvar la vida.

 

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