Un campamento en Rascafría

Pasaron rápidos mayo y junio, meses de intenso estudio por la inminencia de los exámenes. Pocas cosas recuerdo de ese periodo, salvo que el Padre comentó, durante el mes de mayo, que se empezaban a preparar ya los que irían a París y Valencia. A mediados de junio, el día 17, se firmó la escritura de compra de la nueva casa. Estaba en la misma calle de Ferraz, en el nº 16, y allí nos trasladamos a primeros de julio. Antes, durante los últimos días de junio, una vez concluidos los temidos exámenes, quiso el Padre que algunos de los más jóvenes en el Opus Dei nos fuéramos unos días de excursión por la sierra de Madrid. Aquello nos serviría para reponer fuerzas, para descansar y para fortalecernos en nuestra vocación.

Fuimos, bajo la guía de Juan Jiménez Vargas, Paco Botella, José Ramón Herrero Fontana, Vicente Rodríguez Casado, al que llamábamos Vicentón, y yo. Vicentón, tan alegre y festivo como siempre, había pedido la admisión en la Obra el pasado 12 de abril.

En general éramos buenos deportistas: Juan era un experto montañero; Vicentón entendía mucho de acampadas porque había sido scout hispano y había conseguido una gran tienda de campaña y buena parte del menaje necesario; yo era más aficionado al mar que a la montaña, pero tenía cierta experiencia campestre porque había sido, años atrás, de los Exploradores de España. Sospecho que a Paco era al que le gustaban menos las "delicias de la vida en el campo".

El sitio elegido fue Rascafría. Salimos el 27 de junio, sábado -a las 3.30, como precisaba José Ramón con exactitud en su diario- en un autobús de línea. Llegamos al lugar -eran otros tiempos y otras velocidades- cerca de las siete de la tarde. Nos dirigimos a un lugar situado junto al río Lozoya, que discurre cerca del Monasterio del Paular y allí acampamos. Antes, fuimos a ver al párroco del pueblo vecino, que se alegró al saber que un grupo de universitarios deseaba asistir diariamente a su misa, y acomodó de buen grado su horario para que pudiéramos llegar a tiempo por la mañana.

Se sucedieron las anécdotas divertidas de toda excursión: Paco recuerda cómo el día de mi santo intentamos hacer arroz con leche y acabamos inventando un postre nuevo: arroz con leche y cascarillas, ya que estas últimas se incorporaron motu propio al postre desde el cacharro. Hicimos mucho deporte y nos bañamos en la laguna cercana, de donde algunos, como Paco, tuvieron que salir corriendo por la llegada repentina del guarda con los perros...

"A mí lo que no se me olvida -escribe Paco, con un tono entre divertido y patético- es que también nos metimos en las aguas de la laguna -¡era imposible prescindir de estos chapuzones si venían Juan y Vicentón!- que estaba muy fría, como hielo. Y tampoco se me olvida que, en efecto, al volver nos perdimos... y llegamos a estar un poco apurados, porque se nos hacía de noche. Pasamos entre unos toros que nos miraban demasiado, rezando el Rosario".

Ya se ve que Paco no guardaba demasiado buen recuerdo de algunas de las excursiones que hicimos durante aquellos días. Debieron resultar especialmente duras, por lo que recoge en sus notas. "Pedro -escribe- volvía deshecho: se había cansado en las cuestas, con la respiración acelerada. Le estoy viendo con la garbardina oscura, casi negra (...). Vicentón corría al bajar aquellas cuestas. Y Juan no hacía más que gritarle: ¡Vicente, Vicente! Empezó a llover y aceleramos la marcha. Tarde llegamos a la tienda. Llovía fuerte y nos metimos dentro sin cenar y rendidos. Al cabo de un rato tuvimos que salir para 'aflojar los vientos' como advirtió Vicentón, porque si no, se rompería la tienda".

En medio de aquellos pequeños contratiempos, que son la sal y la anécdota divertida de toda excursión juvenil, y que le dieron cierto sabor de aventura, aquellos días constituyeron una experiencia inolvidable. Profundizamos en nuestra vocación; pudimos rezar con serenidad y respirar aire puro, y volvimos renovados, tanto física como espiritualmente. Fue la primera de las miles de convivencias juveniles de este tipo que hoy tienen lugar en todo el mundo; y fue también mi último recuerdo de aquel Madrid de mediados de los años 30, que presenciaría, atónito, pocas semanas más tarde, el terrible estallido de la guerra civil.

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