Días de violencia

A partir del mes de febrero de 1936 se quemaron numerosos edificios religiosos. Se respiraba en todo el país un clima cada vez más anticlerical, y como consecuencia, se hizo habitual la vigilancia de conventos e iglesias por parte de católicos, que formaron grupos de voluntarios organizados.

La situación general se fue volviendo cada vez más radicalizada y confusa. En febrero dimitió el Presidente del Gobierno, Portela Valladares. En marzo aumentaron las huelgas y se ocuparon numerosas fincas. En abril tuvo lugar la destitución de Alcalá Zamora y se abrió una división interna en el Ejército. Más tarde hubo un intento de pronunciamiento...

En medio de estas difíciles circunstancias, el Padre nos infundía serenidad y su actitud ponderada y ecuánime contrastaba totalmente con el ambiente radicalizado que nos rodeaba. Jamás discutía sobre cuestiones políticas: sus juicios sobre lo que sucedía eran siempre profundamente sacerdotales. Tenía los pies en la tierra, y al mismo tiempo una fe inquebrantable en que la Obra se haría realidad, aunque las circunstancias no pareciesen favorecer esa expansión apostólica por la que nos hacía rezar tanto.

Sufría mucho: por la Iglesia y por la situación de su país, al que amaba tanto; y respetaba, en lo referente a la vida pública, todas las opciones legítimas de un cristiano. Entre los miembros del Opus Dei y entre los universitarios que trataba apostólicamente había, como es lógico, gran diversidad de posturas, y nos enseñaba a tener un gran respeto hacia la libertad de cada cual. Mira -explicaba el Padre a un chico-, aquí nunca te preguntarán de política; vienen de todas las tendencias: carlistas, de Acción Popular, monárquicos de Renovación Española... Y ayer -le decía como ejemplo- estuvieron el Presidente y el Secretario de la Asociación de Estudiantes Nacionalistas Vascos.

En cambio -añadía- te harán otras preguntas más molestas: te preguntarán si haces oración, si aprovechas el tiempo, si tienes contentos a tus padres, si estudias, pues para un estudiante estudiar es obligación grave...

Emiliano Amann, uno de los residentes de la Residencia DYA, que entonces no era del Opus Dei, recuerda cómo, en medio de esas críticas circunstancias, el Padre seguía impulsando constantemente la labor. "A la Academia cada vez va más gente -escribió a sus padres-; Arquitectura, Medicina, Derecho, Ciencias; y el año que viene seguro que se pone el ingreso en la Escuela de Agrónomos".

En aquellos momentos mi amigo Ignacio de Landecho, como tantos otros, se polarizó totalmente en la lucha político-religiosa y permanecía muchas noches de guardia, junto con otros estudiantes que militaban en la CEDA o en partidos monárquicos, para proteger a las religiosas de algún convento que temían una agresión de las milicias marxistas.

Yo le propuse entonces que se pensara si Dios le llamaba al Opus Dei. Admiraba su valentía en aquellas circunstancias, y le comenté que posiblemente el Señor le estuviese pidiendo aún más: la vida entera. Le sugerí que lo meditara con entera libertad. Me parecía -y así se lo dije- que no debíamos limitarnos a tratar de resolver tan sólo aquella situación que atravesábamos, por muy acuciante y dolorosa que fuera. Dios esperaba de nosotros, además de ése, otro heroísmo: nuestra entrega plena a su servicio y al de la Iglesia.

Recuerdo perfectamente nuestras conversaciones -a veces acaloradas, porque ambos nos apasionábamos-, en las que se puso de manifiesto el contraste entre un problema religioso, pero exclusivamente español y concreto, y la llamada universal a la santidad y al apostolado que propone la Obra. Cuando recuerdo aquellas conversaciones, aunque Ignacio no vio clara su llamada al Opus Dei en aquel momento, considero que quedó patente en ellas una realidad: el Opus Dei no era fruto de ninguna circunstancia histórica concreta, por muy grave que fuese, como aquélla. Y quedó claro también que, aunque los miembros del Opus Dei éramos muy pocos todavía y vivíamos todos en España, éramos plenamente conscientes de la misión universal de la Obra en servicio de toda la Iglesia.

El Padre, que quería mucho a Ignacio, me comentó que era un muchacho estupendo y que necesitaba un empujón de la gracia para llegar a entender del todo nuestro camino. A pesar de estas divergencias, no disminuyó en Ignacio la admiración que sentía por nuestro Fundador y nuestra entrega; ni se enfrió -al contrario- nuestra mutua amistad.

El 19 de marzo el Padre tuvo la alegría de poder estrenar un nuevo sagrario, más digno, hecho por el escultor Jenaro Lázaro. Y poco después, a final de la Semana Santa, del 10 al 13 de abril, tuvimos un curso de retiro en la Residencia. Era el primero que yo hacía siendo del Opus Dei. "No éramos todos de la Obra", precisa Paco. "El Padre en cuanto llegamos Pedro y yo, nos señaló a un chico joven, algo gordito, y con pantalones bombachos, (...) que quería ser de la Obra. Era Vicente Rodríguez Casado. Se paseaba por el piso con ese ambiente eufórico que siempre luego ha tenido". Vinieron unos veinte chicos: José Ramón Herrero Fontana, Lahuerta, Deán, Isasa, Vega de Seoane... Una semana más tarde, el Padre salió para Valencia junto con Ricardo, para dar los primeros pasos en la ciudad del Turia.

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