¿Lo entiendes ahora?

Pero volvamos a la vida cotidiana. Paco y yo teníamos muchas clases, como he dicho, y ni un minuto que perder. Solíamos salir todos los días de la Residencia a primera hora de la mañana, deprisa y corriendo, para llegar a San Bernardo a la clase de ocho que daba Navarro Borrás. Nos pasábamos toda la mañana entre la Universidad y la Escuela, hasta las dos de la tarde.

Sin embargo un día -no recuerdo por qué- nos quedamos en casa, y descubrimos algo que nos llenó de asombro: el Padre iba haciendo una a una las camas de los residentes; barría el suelo de las habitaciones, limpiaba los cuartos de baño y lo iba dejando todo ordenado. Comprendimos que con lo que hacían los "botones" -chicos jóvenes y sin experiencia- no era suficiente y que el Padre venía haciendo aquello desde mucho tiempo atrás, sin que nos hubiésemos dado cuenta.

Naturalmente, nos pusimos enseguida a ayudarle. No era tarea fácil: eran veintitantas camas y unas doce habitaciones. Sin embargo, a pesar de nuestros buenos deseos, no pudimos ayudarle todos los días: no podíamos faltar a las clases de Descriptiva, Mecánica y Proyectos de la Escuela de Arquitectura; y por la tarde, de 3.15 a 6.30, era muy arriesgado saltarse la clase de Dibujo. Y en la Facultad de Ciencias Matemáticas los horarios era aún más exigentes. Por eso, decidimos turnarnos en la asistencia a clase, para que uno u otro pudiera tomar apuntes. De ese modo podíamos ayudar al Padre algunas mañanas en estas tareas.

Las faenas domésticas no terminaban ahí: proseguían por la noche, cuando ya se había marchado la cocinera. Entonces nos metíamos en la cocina para limpiar y secar los cubiertos. "El Padre entraba allí -recuerda Paco- y se ponía una bata blanca que tenía preparada. Pedro y yo, también con nuestra bata, hacíamos con el Padre la labor que nos correspondía. Esto, día tras día, pegados al Padre que nos llenaba de alegría. A la hora prevista estaba todo en regla".

Lo último que hacíamos por la noche en la cocina era dejar preparado el desayuno para el día siguiente. Utilizábamos leche en polvo Nestlé. De este menester nos ocupábamos Paco y yo, en semanas alternas. Yo pesaba cerca de ochenta kilos y Paco estaba delgadísimo, como lo estuvo siempre. El Padre bromeaba y mientras nos acompañaba en estas tareas, aludía a "las vacas gordas y las vacas flacas". Lo recuerdo en la cocina junto con Ricardo, lavando platos, sacando brillo a las manzanas con un paño, y haciendo otros servicios humildes.

Naturalmente, los residentes que no eran del Opus Dei no se imaginaban, ni por asomo, quiénes se ocupaban de esos trabajos. Y aunque los de la Obra procurábamos que el Padre realizara esas tareas las menos veces posibles, con frecuencia nuestros horarios de clases no colaboraban con nuestra solicitud. Aprendimos entonces, gracias a su ejemplo, que no hay trabajo, hecho por amor al Señor, por muy humilde que parezca, que no sea digno de un hijo de Dios y que no pueda hacerle feliz.

Estos trabajos domésticos dieron lugar a un curioso suceso. En una ocasión vino a comer a la Residencia don Francisco Navarro Borrás, un prestigioso profesor de Mecánica Racional en Arquitectura y en Ciencias. Paco y yo éramos discípulos suyos en ambos centros de enseñanza. La comida fue en el "cuarto del piano" y le acompañaban el Padre y Ricardo, en su calidad de director de la Residencia. A la hora del café nos llamó el Padre para que estuviéramos también Paco y yo.

Entonces, durante la conversación de la sobremesa, contestando a una pregunta de Navarro Borrás, el Padre comenzó a explicarle cómo se vivía la pobreza real en el Opus Dei. Sin embargo nuestro profesor no parecía demasiado dispuesto a entender lo que se le decía.

Como la situación se fue volviendo un tanto delicada, Paco y yo decidimos dejarlos solos: nos excusamos y nos fuimos discretamente a trabajar a la cocina. Sin embargo, poco después, mientras estábamos lavando la vajilla y las tazas de café, se presentaron de improviso el Padre y nuestro profesor, que al vernos afanados en aquellas tareas -tan lejanas de la Cinemática que nos explicaba en la Universidad- se quedó muy impresionado. Entonces el Padre -que le trataba con gran confianza- le dijo:

-¿Lo entiendes ahora, Paco?

Sin embargo, de todo esto no hay que concluir que aquella Residencia fuese un internado pobretón de estudiantes; era un hogar acogedor y digno, donde todos se encontraban en su casa. El Padre nos enseñó a conjugar la dignidad con la pobreza: una pobreza alegre que procura siempre pasar inadvertida.

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