La pobreza del Opus Dei

Pasábamos, como he dicho, serios apuros desde el punto de vista económico. Por eso, he de reconocer que cuando, con el paso de los años, han llegado a mis oídos comentarios poniendo en duda el espíritu de pobreza del Opus Dei, he tenido que hacer un esfuerzo no pequeño para reaccionar con mansedumbre y paciencia; y es que ¡son tantos los recuerdos relacionados con la pobreza que vienen a mi memoria! ¡Fueron tantas las privaciones que tuvo que soportar el Padre desde los comienzos para sacar adelante la Obra de Dios!

No era una pobreza escandalosa: nos enseñó siempre a vivir una pobreza vergonzante, como la solía llamar; una pobreza que procura pasar inadvertida ante los demás. Esa pobreza se adivinaba en su persona y en todo lo que usaba. Por ejemplo: aunque desde que le conocí me dio una grata impresión de corrección, de limpieza e incluso de distinción, a medida que fue pasando el tiempo observé que llevaba siempre la misma sotana, pero, eso sí, muy cuidada y limpia.

Descubrí también que un movimiento que solía hacer con frecuencia -acercar al oído el reloj de bolsillo- no era un simple gesto de costumbre, como yo creía, sino una manifestación más de su pobreza: aquel viejo reloj se le paraba un día sí y otro también y no tenía dinero para hacerlo reparar. Luego supe que llamaba a su Angel Custodio "mi Relojerico", porque le encomendaba que aquel dichoso reloj no le pusiera en un aprieto, parándose precisamente a la hora en que debía cumplir sus deberes sacerdotales.

Me di cuenta también de que, cuando celebraba la Santa Misa con aquella amplia casulla gótica que usaba, se arrodillaba de tal modo que el pie derecho le quedaba siempre oculto bajo de la sotana y el alba; y que cuando se postraba en la grada del altar para recitar las preces finales de la Misa, procuraba que el alba le cubriera las suelas de los zapatos. Más tarde descubrí la causa: esos zapatos, por muy limpios que estuvieran, necesitaban urgentemente un par de suelas o, mejor, su sustitución por otros nuevos. No era de extrañar aquel desgaste del calzado, fruto de las largas caminatas que hacía -sin utilizar apenas los tranvías-, desde un extremo a otro de Madrid: desde la calle de Santa Isabel a la de Ferraz; desde el barrio de Salamanca al de Vallecas.

En aquellos primeros meses de vida en la Residencia fui descubriendo muchas cosas de este tipo. Por ejemplo: la comida que se servía era sana y se procuraba que fuera variada y abundante. Sin embargo, en el office, se aprovechaba todo, como aquellos mendrugos convertidos en "pastas para el té", que con frecuencia era lo único que tomábamos para merendar. Estoy seguro de que constituían habitualmente la única merienda-cena del Padre.

En la Residencia había dos chicos que trabajaban como "botones" -a final del curso, tres- y atendían el comedor y la limpieza de la casa; de la cocina se ocupaba una señora mayor, que venía sólo algunas horas al día. De todo lo referente al lavado y planchado de la ropa se encargaban unas buenas religiosas, las Esclavas del Amor Misericordioso, que vivían en el nº 17 de la misma calle Ferraz. Aquella Congregación, fundada por la Madre Esperanza, hoy en proceso de Canonización, pasaba en aquellos momentos por la llamada "incomprensión de los buenos". Yo estuve alguna vez en su convento, acompañando al Padre, que iba allí muy de cuando en cuando a visitar a la Madre Esperanza. Saqué la impresión de que iba a dar ánimos a aquella alma. Me comentó que era una religiosa muy santa y que el Señor estaba permitiendo que pasara por pruebas muy duras.

La Cruz puede ser pesada -recuerda una de aquellas religiosas que decía el Padre a la Fundadora- pero adelante, el Señor la llevó. Retroceder no es de santos; de santos es llegar al final: adelante. Un día sin Cruz es un día sin Dios.

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