Algunos sacerdotes amigos

También venían a visitarle de vez en cuando algunos sacerdotes. Recuerdo entre otros a don Lino Vea-Murguía, un sacerdote madrileño, alto, fuerte y joven, casi de la misma edad que el Padre; y don Blas Romero Cano, un sacerdote manchego de cincuenta y pocos años que, si no me falla la memoria, estaba adscrito a la parroquia de Santa Bárbara. Don Blas nos daba clase de canto gregoriano, porque el Padre deseaba que cuidásemos con el mayor esmero posible todo lo relacionado con el Señor, y muy en concreto, los actos litúrgicos.

Nunca podré olvidar aquellas clases de canto a primera horas de la tarde con don Blas. Venía los sábados, antes de que la Residencia comenzara a llenarse de estudiantes. Antes de llegar le habíamos preparado el bonete y una buena dosis de bicarbonato, dos elementos mucho más importantes para el canto de lo que pueda parecer a simple vista: sin bonete no había clase, porque don Blas decía que se constipaba; y sin bicarbonato, no podía cantar; nos lo pedía con frecuencia, se lo dábamos y entre canto y canto se lo iba echando primero en la mano y luego con fuerza a la garganta, mientras seguía dirigiendo el coro con gran vigor, invocando el canto del Salmo número 2:

Quare fremuerunt gentes...

Quare fremuerunt gentes...

Realmente don Blas ponía la mejor voluntad del mundo en conjuntar y armonizar nuestras voces; pero a pesar de sus esfuerzos -y de los nuestros-, rara vez se conseguía el resultado apetecido y llegábamos al final de la clase repitiendo por enésima vez:

Quare fremuerunt gentes...

Quare fremuerunt gentes...

En la Residencia había otra habitación que servía para varias funciones. Una de ellas era la de comedor de invitados. Tenía una mesa redonda, familiar, una pequeña biblioteca, un violín puramente decorativo y un piano que había regalado don Alejandro Guzmán, un anciano señor de barba cerrada y porte señorial, que llevaba una capa al estilo de la vieja usanza española y visitaba con frecuencia al Padre. En la pared de la habitación destacaba una pequeña imagen de la Virgen y una cartela con las palabras del Evangelio exhortando a la caridad fraterna: Mandatum novum do vobis...

En aquel lugar solía invitar el Padre a comer todos los miércoles a un sacerdote diocesano de unos cincuenta y tantos años. Había muchos detalles de esa invitación que me sorprendían: el Padre, que sólo usaba los tranvías y el metro, solía ir a recogerlo a su casa en taxi, cosa totalmente excepcional. Siempre que venía procuraba que la comida fuera mejor que la habitual y que se le ofreciera algún extraordinario: un dulce, una taza de café... Servía la comida un "botones" mientras que algunos de la Obra la preparábamos en el office, enfundados en una bata blanca. Al acabar, nos quitábamos la bata y agasajábamos al invitado.

Algunas veces acompañé al Padre en estos almuerzos y me conmovió la delicadeza con que trataba a este sacerdote: por ejemplo, antes de que viniera, me sugería temas que pudieran distraerle, para hacerle pasar un buen rato. Esto no era fácil, porque aquel invitado no me resultaba demasiado simpático: hablando en plata, me parecía muy pesado, y cuando tomaba el hilo de la conversación, contaba unas cosas tan insulsas, y con tal aire de suficiencia, que me parecía insoportable. Después tenía lugar una pequeña sobremesa -que aunque no era larga, a mí se me hacía interminable- y al acabar, como el Padre tenía que atender a los que venían a verle, nos pedía que alguno fuera a acompañarle, también en taxi, hasta su casa.

Como aquellas invitaciones seguían repitiéndose invariablemente todos los miércoles, me extrañé; pensé, además, que suponían un notable sacrificio para el Padre, no sólo de paciencia y de tiempo, sino también económico, porque no teníamos dinero para aquellos pequeños extraordinarios y menos para taxis. Por eso, me atreví a sugerir al Padre que suprimiera esas atenciones o, al menos, que las fuera espaciando. Entonces me comentó que ese buen sacerdote estaba delicado de salud; que tenía muy pocas amistades, y había que tener comprensión con los sacerdotes que se encuentran solos.

No entendí plenamente el alcance de esta respuesta hasta años después, cuando me comentó el Padre que había que enseñar a los que venían a la Obra a vivir la presencia de Dios, dándoles cada día una luz nueva. El jueves, a través de la piedad eucarística; el viernes, mediante la consideración de la Pasión de Nuestro Señor; el sábado podía dedicarse al trato con la Santísima Virgen. Y añadió que era bueno hacer cada día alguna mortificación en este sentido. Por ejemplo, los miércoles -me explicó-, para honrar a San José, es bueno extremar la caridad y la paciencia con alguien que nos haya hecho sufrir o que nos resulte especialmente pesado.

Fue entonces cuando comprendí al fin por qué el Padre se prodigaba tanto con aquel sacerdote, del que supe luego que, tiempo atrás, le había hecho sufrir mucho.

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