Calor de hogar

Aquellos meses de enero a junio de 1936 fueron particularmente intensos en todos los aspectos. Yo "estrenaba" mi vocación y experimentaba la alegría de residir por vez primera en un Centro del Opus Dei y de vivir el plan de vida espiritual propio de un miembro de la Obra. Al acometer las dos carreras, Exactas y de Arquitectura, se habían multiplicado las clases a las que debía asistir -incluidas las tres horas de acuarela bajo la dirección de Antonio Flores Urdapilleta- y no salía de la Escuela antes de las seis o seis y media de la tarde; y a esa hora me esperaban todavía muchas ocupaciones y muchas horas de estudio.

En medio de este panorama de intenso trabajo había unos momentos en la semana especialmente entrañables, en los que experimentaba con especial intensidad el cariño del Padre y el calor de familia propio del Opus Dei. Esos momentos tenían lugar los domingos por la tarde, cuando solíamos quedarnos a solas Paco y yo con el Padre. Nos sentábamos alrededor de su mesa de trabajo y nos hablaba del Opus Dei. Mientras tanto iban llegando otros miembros de la Obra y se formaba una tertulia.

Con frecuencia era Alvaro del Portillo el primero que llegaba. Me parece que estoy viendo todavía aquella habitación: tenía una mesa escritorio, una estantería con algunos volúmenes, un armario para guardar libros, una cama turca, un par de sillones de estilo español y una o dos sillas del mismo estilo. En ese despacho solía trabajar el Padre. Ricardo lo utilizaba, a ratos, como dirección de la Residencia. En la parte baja de aquel armario guardaba el Padre algunos cuadernos manuscritos en los que había reflejado el espíritu y el régimen de la Obra.

¿De qué nos hablaba el Padre? Me resulta difícil sintetizarlo en pocas líneas: mostraba ante nuestros ojos, con su lenguaje vibrante, toda la riqueza de la vida cristiana de un hijo de Dios en su Opus Dei. Si tuviera que resumirlo, lo diría con estas palabras suyas, que nos repetía con insistencia: Santidad personal, santidad personal.

No tengo otra receta -nos decía-. Estamos aquí para hacernos santos. Nuestra vocación exige la santidad. Nos recordaba que Dios esperaba de nosotros una santidad heroica: es una exigencia de la llamada que hemos recibido. Hemos de ser santos de veras, auténticos; y si no, hemos fracasado. El que no esté decidido a ser santo, que se marche.

Nos hacía partícipes de sus ilusiones y proyectos, y del desarrollo de las labores apostólicas. Nos rogaba, por ejemplo, que pidiéramos a San Nicolás, santo intercesor de la Obra para las cuestiones económicas, por esta intención: estaba en vías de adquirirse una casa en la misma calle de Ferraz, a donde podría trasladarse la Residencia y era necesario encontrar los medios para pagarla.

Estas tertulias de los domingos por la tarde eran muy sobrenaturales, muy vibrantes, y al mismo tiempo muy amenas y divertidas. El Padre nos hablaba de la futura expansión apostólica y de los planes inmediatos: deseaba comenzar el curso académico siguiente en Valencia; al otro, en París; y luego, ¡el mundo!

Recuerdo que durante algunas de esas tertulias, que tenían lugar en torno a la merienda, yo introduje una costumbre inglesa que me venía de familia: tomar el té. Y como la etiqueta británica exige tomar, junto con el té, algunas pastas, se nos ocurrió la solución de tostar los mendrugos de pan que sobraban de la comida y transformarlos en una miga de pan almibarada: ¡ya teníamos "pastas"! Como se ve, nos faltaba dinero, pero nos sobraba ingenio y buen humor.

Aquel entrañable "cuarto de meriendas", con aquella lámpara que iluminaba el escritorio y dejaba en leve penumbra el resto de la habitacion, tenía otros usos, aparte de servir de dirección a Ricardo. Allí atendía espiritualmente el Padre a los que venían a verle. Recuerdo un detalle pequeño, pero muy significativo: cuando estaba solo dejaba siempre la puerta abierta, para que todo el que quisiera pudiese acercarse con facilidad para charlar con él.

En aquel tiempo los de la Obra nos confesábamos habitualmente con otros sacerdotes. De ese modo el Padre podía decirnos las cosas con entera libertad. Prácticamente todo el peso de la labor apostólica recaía sobre sus hombros: daba todos los Círculos, que eran muchos, y venían muchísimos universitarios para dirigirse con él. También acudían para recibir su dirección espiritual algunos de más edad, como José María Albareda, entonces catedrático de Instituto; Angel Santos, profesor auxiliar de Bioquímica en la Facultad de Farmacia; Eugenio Sellés, profesor del Instituto Nacional de Toxicología; Luis Vegas hijo, Catedrático de Resistencia de Materiales en la Escuela de Arquitectura; Francisco Navarro Borrás, Catedrático de Mecánica Racional en Arquitectura y Ciencias Exactas; Juan Manzano, entonces profesor ayudante, y muchos otros profesionales de diverso tipo.

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