Los primeros

¿Qué era el Opus Dei en aquel enero de 1936? En la actualidad la Obra se encuentra extendida por los cinco continentes y hay miles y miles de personas -solteros, casados, sacerdotes- que han seguido la llamada del Señor y luchan por santificarse en su propio trabajo, en medio del mundo. Las labores apostólicas que han surgido como fruto de ese espíritu que Dios confió al Padre y del apostolado personal de los miembros del Opus Dei, se cuentan por millares. Pero entonces éramos pocos, muy pocos, en torno al Padre: sólo un puñado de hombres jóvenes con la carrera sin terminar y algún que otro recién licenciado. Y la labor con mujeres, que había comenzado en 1930, estaba dando también sus primeros pasos.

¿Quiénes éramos? Recuerdo, entre otros, a Alvaro del Portillo -actual Obispo Prelado del Opus Dei-, que era entonces un joven estudiante de ingeniería de Caminos de veintiún años. El director de la Residencia era Ricardo Fernández Vallespín, arquitecto, que tenía veinticinco años. Estaban también Juan Jiménez Vargas, un estudiante de Medicina, activo, decidido, parco en palabras, que tenía veintidós; y José María Hernández de Garnica, estudiante de ingeniería, al que llamábamos familiarmente Chiqui, que tenía ventiuno, casi mi misma edad. José María González Barredo, químico, era un poco mayor: tenía veintinueve años y estaba haciendo la tesis doctoral; y algunos -pocos- más. También oí hablar durante aquel tiempo de otro miembro del Opus Dei, Isidoro Zorzano, un joven ingeniero de la misma edad que el Padre, que había sido compañero suyo de estudios durante el Bachillerato y que se encontraba en Málaga, donde trabajaba en la Compañía de Ferrocarriles Andaluces.

El Padre era joven también: tenía entonces treinta y tres años y no solía referirse a sí mismo como "el Fundador". Sin embargo, aunque no le gustaba entonces usar esa expresión, estaba claro a los ojos de todos que era la persona elegida por Dios para hacer la Obra. Tan claro como que éramos aún muy pocos para los millares y millares de hombres y mujeres que Dios quería llamar al Opus Dei. Sin embargo, aunque éramos tan pocos, no formábamos un círculo cerrado. El Padre nos impulsaba constantemente a abrirnos en abanico, sin aislarnos de nuestros amigos y compañeros de estudio.

Un día, a comienzos de 1936, pregunté al Padre cuántos éramos en total y en consecuencia, qué lugar ocupaba yo. El Padre, al advertir la falta de humildad que suponía aquella pregunta, me dio una respuesta que, más que desconcertarme, me impresionó. Vino a decirme lo siguiente:

-Yo me he encontrado, he conocido íntimamente y he dirigido a muchas almas de enfermos graves e incurables en mis andanzas por los hospitales de Madrid. Algunos -hombres y mujeres- han entendido perfectamente lo que se propone la Obra de Dios. Unos han ofrecido sus dolores y su muerte para que salga adelante; otros, no sólo han ofrecido esos sufrimientos, sino que han querido ofrecerse ellos mismos al Señor, ese poco de vida terrena que aún les quedaba: y yo los he recibido en la Obra... Recuerdo un hombre joven que tenía buena salud y no sólo buena salud, sino buena posición social y económica. Se llamaba Luis Gordon. Pero el Señor se lo llevó inesperadamente.

No recuerdo sus palabras textuales: pero esto fue, sustancialmente lo que me dijo. Me siguió hablando de Luis Gordon, un joven ingeniero industrial que había fallecido el 5 de noviembre de 1932. Quizá el Señor quiso llevárselo -me comentó- para que la Obra naciera en una pobreza real, sin medios económicos propios, que nunca los tendrá. El había ya heredado una buena fortuna, que quiso dejar a la Obra, pero yo -siguiendo un impulso interior- lo disuadí.

Años más tarde he pensado que si el Padre no se hubiera opuesto a que la Obra recibiera aquella herencia, no hubieramos padecido los apuros económicos que pasamos en Ferraz, ni los que vinieron después. Pero tampoco hubiéramos conocido aquella extrema pobreza que fue para nosotros una escuela rica de virtudes.

En dos ocasiones acompañamos Paco y yo al Padre a hacer una visita al antiguo cementerio de Chamartín de la Rosa, que ya no existe. Recuerdo que fuimos en tranvía. Allí estaban enterradas algunas de esas primeras personas del Opus Dei de las que me había hablado anteriormente. Rezamos primero un responso ante la tumba de José María Somoano, un joven sacerdote que había fallecido el 16 de julio de 1932, en la fiesta de la Virgen del Carmen, cuando trabajaba como capellán del Hospital del Rey. Había colaborado estrechamente con el Padre en los comienzos de la Obra. El Padre nos comentó que se creía que había sido envenenado por el hecho de ser sacerdote.

Luego fuimos a rezar a la tumba de María Ignacia García Escobar, una de las primeras mujeres del Opus Dei, que había fallecido tres años antes, el 13 de septiembre de 1933. Estaba gravemente enferma de tuberculosis en el Hospital del Rey cuando pidió la admisión en la Obra, el 9 de abril de 1932. Murió ofreciendo todos sus dolores por la Obra. Pero todo esto lo he sabido después con más detalle: entonces sólo nos dijo el Padre que María había sido muy buena y muy fiel a la Obra. La tumba estaba en el suelo; tenía una sencilla cruz de hierro y una pequeña verja delimitando el lugar.

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