A través de las montañas

¿Qué sabía yo entonces del Opus Dei, que había nacido casi siete años antes, el 2 de octubre de 1928? Mi conocimiento se reducía a los siguiente: había tenido dirección espiritual regular con el Padre, había asistido a unos quince Círculos y cuatro o cinco amigos míos, compañeros de la Escuela, habían venido por Ferraz. Sin embargo, aunque llevaba poco tiempo yendo por la Residencia, el Padre me había hecho partícipe de los afanes de la Obra y realmente la consideraba como algo mío.

Sabía lo sustancial: que el Opus Dei era un camino de santidad en medio del mundo para los cristianos corrientes, por medio de la santificación del trabajo ordinario. Se han abierto -nos explicaba el Padre, con estas o con palabras parecidas- los caminos divinos de la tierra.

¿Qué debíamos hacer para ser santos? El Padre nos lo había explicado de muy diversas formas, que se resumen admirablemente en esta frase suya: Conocer a Jesucristo; hacerlo conocer; llevarlo a todos los sitios. Y como preveía la pronta expansión de la Obra, nos insistía con frecuencia en que aprendiéramos idiomas, incluso los más raros, como el japonés.

Yo, a pesar de no ser del Opus Dei, ya me sentía parte, de alguna manera, no de un pequeño grupo circunstancial, sino de una labor apostólica naciente que duraría siempre. El Padre nos hacía partícipes de su ansia universal de apostolado y nos hacía rezar por esa futura expansión. Sabíamos que el aprendizaje de esos idiomas -alemán, ruso...- al que nos urgía tanto, tenía una poderosisíma razón apostólica: había que extender el Opus Dei por los cuatro puntos cardinales.

Por eso, aunque aquellos meses de vacaciones fueron tan agradables y divertidos como los de años anteriores, ahora tenían un signo distinto. Notaba la ausencia en aquel ambiente en el que me movía -cómodo y fácil- de aquellas inquietudes espirituales, de aquellos ideales grandes que nos transmitía el Padre. Y contagiado por su impaciencia santa por hacer amar a Jesucristo, también yo tenía deseos por hacerlo conocer y llegar a miles de almas, como se refleja en aquel punto de Camino:

Así es, así tiene que ser el horizonte de tu apostolado: es preciso atravesar el mundo. Pero no hay caminos hechos para vosotros... Los haréis, a través de las montañas, al golpe de vuestras pisadas.

A través de las montañas... Ahora me doy cuenta de que en aquellos momentos no me había planteado de qué forma concreta se produciría en el futuro la expansión del Opus Dei. Sin embargo, estaba seguro que la Obra se extendería algún día por los cinco continentes. ¿Cómo? Lo ignoraba, pero estaba convencido de que algún día se haría realidad, de eso no me cabía duda; era algo que formaba parte de la fe que sentía en las palabras del Padre. ¿Cuándo? Entonces pensaba que la expansión tendría lugar muchos años más tarde; y sospechaba que apenas la llegaría a ver en mi vida. Como se ve, había entendido lo sustancial del Opus Dei, pero no atisbaba en absoluto lo que nos quería decir el Padre cuando nos decía: Soñad y os quedaréis cortos.

Sin embargo, a pesar de mi cortedad de miras, yo quería colaborar con esa expansión en la medida de mis posibilidades. Sentía en el alma, cada vez con más fuerza, el deseo de dar a conocer al Señor. Sí; ¡también yo quería llevar a Jesús a todos los sitios! Pero no sabía cómo; y me preguntaba cómo podría compatibilizar en el futuro las exigencias familiares y profesionales con ese deseo, cada vez mayor, de participar, de alguna manera, en la tarea apostólica. Y experimentaba una rara nostalgia -era mi viejo afán de aventuras, pero ahora por un ideal mucho más alto y noble- al contemplar, sobre el azul del mar, los vapores que zarpaban del puerto de Torrevieja, cargados de sal, con rumbo hacía países desconocidos...

Índice: Soñad y os quedareis cortos

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