Paco Botella

Tengo que detenerme ahora en la figura de Paco Botella. Le había conocido años atrás en la Escuela, donde habíamos coincidido en clase a lo largo de un trimestre. Y, como sucede con frecuencia en el inicio de tantas amistades, no creo que al principio me mirara con demasiada simpatía, porque -tonterías de estudiantes- durante una clase de acuarela le dije que le estaba saliendo muy bien un dibujo del Moisés, cuando en realidad lo que estaba copiando era una Venus..., mordacidad que no le debió agradar excesivamente.

Cambié de actitud hacia él cuando un día lo vi comulgar en Misa en la parroquia de la Concepción, que estaba muy cerca de la pensión en la que yo vivía. Comprendí que aquel chico alto, delgado, simpático, de lenguaje vivo y concreto, de frente despejada y gafas con bastantes dioptrías, podría entender muy bien la labor apostólica que se llevaba a cabo en la Residencia.

Todo propiciaba nuestra amistad. Eramos de la misma edad; él era valenciano y yo, aunque había nacido en Murcia, tenía raíces alicantinas; estudiábamos las mismas dos carreras -Arquitectura y Exactas- y vivíamos en casas vecinas: Paco en una Residencia de universitarios en el nº 39 de la calle Castelló; y yo en el 35, dos portales más abajo.

El 11 de octubre Paco vino a verme a casa. Me dijo que sabía que yo hablaba con el Padre. Se había fijado que algunas tardes, al acabar las clases en Areneros a eso de las seis y media, un grupo de amigos, en vez de dirigirnos hacia los bulevares, bajábamos por la calle Mártires de Alcalá junto al Palacio de Liria. Había indagado a dónde íbamos y qué hacíamos, y Salvador Segura -otro compañero que también venía por Ferraz- se lo había contado todo. Yo le comenté que ya había pensado en invitarle a venir por la Residencia y le hablé de la labor apostólica que impulsaba el Padre. Me pidió que le concertase una cita y así lo hice: el Padre quedó con él dos días después, el día 13 a las cinco de la tarde. Comenzó a venir a los Círculos todos los sábados y nuestra amistad se fue haciendo cada vez mayor.

Fue un año de trabajo intenso. Tuvimos un horario de clases tan apretado durante aquel curso que no nos sobraba ni un minuto. Paco y yo íbamos siempre corriendo: de casa a la Universidad, de la Universidad a la Escuela y de la Escuela a la Universidad. Ibamos juntos a todas partes, incluyendo la Residencia de Ferraz.

También fuimos juntos, con otros compañeros de la Escuela, a pasar tres días en Toledo. Antes de marchar me despedí del Padre, que me aconsejó que aprovechara esos días para hacer el mayor bien que pudiera a esos amigos. Me dijo también que procurara asistir a la Santa Misa.

Fueron tres días magníficos. Tomamos muchos apuntes de la ciudad, que me pareció espléndida, casi detenida en el tiempo, con sus edificios de color ocre arracimados en torno a la catedral y bordeada casi entera por el cauce del Tajo. Me entusiasmó la Catedral, el Alcázar, las sinagogas, los famosos "cigarrales"... y al acabar la excursión, Paco y yo decidimos quedarnos dos días más. Durante ese tiempo hablamos mucho del Padre y de la vocación al Opus Dei, mientras paseábamos por las calles empinadas y tortuosas de la ciudad o tomábamos un café en la plaza de Zocodover.

Las inquietudes de Paco volvieron a poner en primer plano las mías de semanas atrás. Paco se había planteado el problema vocacional desde hacía muchos años; de hecho, había venido a Madrid con la certidumbre interior de que Dios le haría ver allí su vocación. Mis inquietudes espirituales eran igual de vibrantes, pero mucho más recientes. En todo caso, los dos nos estábamos planteando, con toda su radicalidad, la posibilidad de entregarnos plenamente a Dios.

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