La llamada. ¿Y si Dios...?

En el curso que comienza -escribía el Padre en el número de Noticias del mes de septiembre- mucho espera Jesús de vosotros. Todo se lo podréis dar si sois fieles a nuestro espíritu de piedad y trabajo.

Desde el mes de septiembre me encontraba de nuevo estudiando en Madrid. Allí coincidí con Miguel Fisac, que había permanecido en la capital durante todo el verano, y había seguido frecuentando la Residencia con gran asiduidad. Lo encontré inquieto y, como nos teníamos gran confianza, le pregunté qué le pasaba. Me explicó que se estaba planteando la posibilidad de ser miembro del Opus Dei.

Aquello era nuevo para mí: ¡ser del Opus Dei! Comprendí entonces que en el corazón de aquella labor apostólica que se hacía en la Residencia había un pequeño grupo de hombres, profesionales y estudiantes, que se habían entregado plenamente a Dios. Ese era el camino para hacer realidad esos ideales apostólicos con los que soñaba en Torrevieja.

Mi amigo se encontraba en plena crisis vocacional y se cuestionaba si aquello era verdaderamente lo que el Señor le pedía. Yo intenté tranquilizarle; pero mientras trataba de calmarle, el que me iba intranquilizando era yo. Y empecé a preguntarme: ¿Y si Dios me llamase a mí por este camino? ¿Y si...?

Pensé que lo mejor para resolver esta creciente inquietud era preguntárselo al Padre. Porque -repito- el Padre nunca me había hecho la más mínima sugerencia en ese sentido, ni me había dado consejos o indicaciones concretas. Siempre me había dejado en la mayor libertad, aunque había ido sembrando en mi alma -eso sí- el deseo profundo de buscar la santidad con todas las fuerzas, el afán por conocer y amar la Voluntad de Dios, y ser plenamente generoso con el Señor. Pero nunca me había hablado directamente de la posibilidad de entregarme a Dios en el Opus Dei.

Estaba en un mar de dudas: evidentemente, era yo el que me planteaba todo aquello... pero, ¿era sólo yo? ¿Y si era el Señor el que estaba detrás de toda aquella inquietud, el que me estaba pidiendo algo? En ese caso, ¿qué era ese algo que me estaba pidiendo?

Fui a ver al Padre y le expuse todas mis inquietudes. Me escuchó con gran serenidad y se limitó a aconsejarme que procurara recuperar mis hábitos de vida de piedad -que se había enfriado bastante durante el verano- y que procurara comenzar el curso escolar con mucho afán de estudio. Y me aconsejó que dejara esas inquietudes en manos del Señor, que es Dios de paz.

Aquello me tranquilizó relativamente y seguí frecuentando la Residencia, donde se habían producido algunos cambios. La casa estaba llena de residentes, muchos de ellos procedentes de Bilbao; y venían tantos universitarios a los medios de formación espiritual que daba el Padre, que los Círculos tenían lugar donde buenamente se podía, porque había momentos en que casi no cabíamos en la casa.

Mientras tanto, seguí hablando con el Padre, que me fue ayudando a superar el bajón espiritual que suelen dejar las vacaciones veraniegas. Me alentó a vivir vida de gracia y a no dejar un pequeño plan de vida espiritual, que no incluía todavía la comunión diaria, salvo los domingos y quizá los sábados.

Empecé a luchar en aquellos puntos de vida cristiana con empeño renovado pero... comprobé que a medida que me acercaba más al Señor, surgía de nuevo, en el fondo del alma, la inquietud sobre una posible entrega a Dios en el Opus Dei. Entonces, quizá para contrapesar estas inquietudes espirituales, procuré divertirme sanamente durante las siguientes semanas, aunque quizá me pasé de la cuenta. Fui al cine muchos días con varios compañeros que iban por Ferraz, como Emilio Carnicero, José Jiménez Fernández, Pepe Busó o Paco Botella. Y gastamos más dinero del habitual, hasta el punto de que el padre de Paco le escribió una carta diciéndole que ese tal Pedro Casciaro amigo suyo, sería muy buena persona, como le había dicho; pero que desde que nos habíamos hecho tan amigos, gastaba como un descosido...

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