Mis dudas

Mientras tanto yo proseguía mi dirección espiritual con el Padre. Procuraba llevarle siempre, como "material extra" a la materia de mi confesión, alguna duda o consulta para que me la resolviera. Si no lo hacía, me parecía que le iba a defraudar. Y como uno de los primeros frutos de su dirección espiritual fue simplificar sorprendentemente mi complicada manera de ser, la cuestión se me fue volviendo cada vez más difícil: se iban resolviendo, una tras otra, todas mis dudas.

En una de esas ocasiones -a falta de otra duda mejor -se me ocurrió pedirle un consejo sobre una cuestión familiar. Mi padre que estaba muy apegado a su escalafón, como todo funcionario, seguía con verdadera zozobra la carrera que yo había elegido. "¡Arquitecto! -me decía cada dos por tres-. Y si el día de mañana hay crisis en la construcción o no logras hacerte una buena clientela, ¿qué seguridad ecomómica vas a tener, hijo mío? Lo que tienes que hacer -me repetía- es acabar tranquilamente la licenciatura en Ciencias Exactas, ya que has cursado los dos primeros años; de ese modo, si en el futuro tienes problemas con la Arquitectura, siempre tendrás otras salidas... Hazme caso, Pedro, hazme caso".

A mí, la verdad, aquella propuesta no me hacía demasiada gracia. Estaba dispuesto a aprobar los dos primeros años de Ciencias Exactas porque constituían un requisito imprescindible para ingresar en Arquitectura. Pero las Exactas, como las llamábamos, eran para mí sólo eso: un requisito y nada más.

Comenté esto con el Padre y, en contra de lo que me esperaba, le parecieron excelentes los consejos familiares. Aunque comprendía que tendría que hacer un gran esfuerzo, me estuvo explicando lo bueno que era tener un horario exigente desde el punto de vista espiritual. Me dijo que así me libraría de caer en el aburguesamiento, tan común entonces, de los estudiantes que habían logrado ingresar en una Escuela Especial. Y me habló del apostolado que podía hacer en la Facultad con el resto de mis compañeros. Si puedes con todo, dale gusto a tu padre, me dijo; pero tú verás.

Aquellas palabras fueron una especie de reto y me dieron ánimos para matricularme, al curso siguiente, en el tercer curso de Exactas.

Más tarde se lo comenté también a Paco Botella, un compañero de la Escuela. Pensaba que si nos matriculábamos los dos en tercer curso, esa carrera me resultaría menos aburrida. Paco se animó enseguida, aunque las Matemáticas, para las que tenía más aptitudes que yo, tampoco le atraían demasiado. Quedamos en estudiar las dos carreras -Arquitectura y Exactas- el próximo curso académico.

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