La Academia DYA

Progresivamente, a medida que fui frecuentando la Residencia, me fui enterando de la pequeña historia de aquella casa. Casi año y medio antes, a comienzos de diciembre de 1933, se había abierto la Academia DYA, en un edificio que daba a la calle Luchana y Juan de Austria. Más tarde, en octubre de 1934, la Academia se había trasladado a donde estaba ahora, en la calle Ferraz, nº 50, esquina a Quintana, cerca de la Ciudad Universitaria, y se había ampliado con una Residencia para estudiantes.

Se habían alquilado tres departamentos en el mismo edificio: dos en el primer piso, donde se había instalado la Residencia, y otro en el segundo piso, donde estaba la Academia. El propietario era un tal Bordiú, un ingeniero de minas con muchos hijos -algunos ya mayores- que vivía en el mismo inmueble, en el piso principal, y que se preciaba de ser descendiente de la familia Luna, la del Antipapa, al que llamaba cordialmente "el tío Pedro".

La instalación de aquella Residencia había sido -de esto me enteré tiempo más tarde- una verdadera odisea desde el punto de vista económico. En el mes de septiembre del 34 -pocos meses antes de que yo pisara por vez primera aquella casa- sólo habían logrado amueblar lo más imprescindible: el comedor, la sala de visitas, el vestíbulo y un dormitorio. El resto de las habitaciones, que contaban sólo con unas modestas lámparas de "globos" blancos de caña metálica, se habían quedado desiertas, en espera de tiempos mejores. Y les quedaba por comprar el menaje de cocina, la vajilla... Sin embargo, el ejemplo del Padre, que rezumaba fe, seguridad, optimismo y confianza en Dios, los confortaba a todos.

-Una de las locuras más grandes de mi vida -nos comentaría el Padre tiempo después- fue abrir una Residencia de estudiantes sin tener ni un céntimo para comprar todo lo necesario para instalarla: la ropa, los muebles, el instrumental para la mesa y para las camas.

Esta grave situación económica se resolvió... como se pudo. La ropa de cama se consiguió mediante un crédito en "Almacenes Simeón", donde trabajaba un antiguo conocido del Padre, Casimiro Ardanuy, hijo del panadero que llevaba el pan a la casa de sus padres, cuando vivían en Barbastro. Pero, ¿dónde meter aquella ropa? No teníamos armarios para guardarla, recordaba tiempo después el Padre. En el suelo habíamos puesto con mucho cuidado unos papeles de periódicos, y encima la ropa: cantidades inmensas. Entonces me parecían inmensas; ahora me parecerían ridículas. Y, encima, más papeles, para resguardarla del polvo.

Naturalmente, esperaban como agua de mayo la llegada de los residentes, con lo cual -pensaban- todo empezaría a funcionar de un modo regular. Pero a comienzos de aquel año académico en el que estábamos, en octubre de 1934, estalló la llamada "revolución de Asturias" que fue, como señalaba Marañón, "un intento en regla de ejecución del plan comunista de conquistar España". Triunfó sólo en Asturias; pero estuvo programada desde el primer momento para todo el país. Hubo un feroz ataque contra la Iglesia: se destruyeron 58 iglesias y murieron asesinados 34 sacerdotes. Y como consecuencia, se desató una huelga general revolucionaria que obligó a aplazar la apertura de la Universidad.

Eso hizo que, al comenzar el curso, contaran en DYA sólo con uno o dos residentes. Luego, cuando se fueron calmando las aguas, vinieron algunos más: eran unos cinco al final del primer trimestre; y el resto, hasta trece o catorce, fueron llegando a cuentagotas. A causa de esto, fallaron todos los cálculos económicos; y hubo veces en que el director -un joven arquitecto, Ricardo Fernández Vallespín- prefería llevar a Alberto, uno de los primeros residentes, a comer a un restaurante cercano porque le resultaba más barato que darle de comer en casa. Los meses se iban sucediendo, implacables y la situación se fue volviendo cada vez más difícil; porque los residentes no venían, pero las facturas sí; hubo un mes que comenzaron con cincuenta pesetas en caja. ¡Y había que pagar, como alquiler de cada piso, 400 pesetas mensuales!

A pesar de estas dificultades, el Padre no se arredró y siguió espoleando la labor apostólica, día tras día, lleno de fe y confianza en el Señor. Cuando sólo se busca a Dios -escribió más tarde en Camino-, bien se puede poner en práctica, para sacar adelante las obras de celo, aquel principio que asentaba un buen amigo nuestro: "Se gasta lo que se deba aunque se deba lo que se gaste".

Naturalmente, cuando aparecí por la Residencia, a comienzos de 1935, yo no podía imaginarme ni por asomo nada de esto. Sabía sólo que el nombre de "Academia-Residencia DYA", correspondía a las siglas de Derecho y Arquitectura, pero que tenía un significado más profundo. Para la gente es Derecho y Arquitectura -explicaba el Padre-, porque realmente se dan clases de esas carreras, pero para nosotros es Dios y Audacia. Estaba claro que el Padre había emprendido esa labor apostólica confiando sólo en Dios y con una gran audacia sobrenatural.

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