Dios en lo cotidiano

Semana tras semana, mediante aquella dirección espiritual, el Padre me fue acercando al Señor, ayudándome a mejorar en mi trato con Dios. No de golpe: poco a poco, con paciencia, aunque cada vez con mayor intensidad: sin prisa y sin pausa. Fue enseñándome a hacer todos los días un rato de oración mental, a tratar al Señor a lo largo de mi jornada de estudiante común y corriente, y a vivir en presencia de Dios. Con respecto a esto último, un día le expuse mis dificultades:

-Mire, Padre: es que yo pongo los cinco sentidos cuando me meto a fondo en algo y me olvido completamente de todo lo demás.

Era verdad: cuando estudiaba, me enfrascaba en los libros de tal manera, que se me pasaban las horas volando sin la menor referencia sobrenatural; y cuando me ponía a dibujar me "metía" tanto en los problemas de geometría descriptiva, que me parecía que no me quedaba espacio mental para nada más...

Como respuesta, el Padre me regaló un crucifijo -que aún conservo- para que lo llevara en el bolsillo y lo pusiera sobre la mesa de estudio o sobre el tablero de dibujo:

-Una mirada al crucifijo de cuando en cuando -me comentó-, o algunas jaculatorias te bastarán para convertir ese trabajo en oración.

¿Y para tener presencia de Dios en medio de la calle? Aquello no me parecía tan fácil. Me gustaba pasear por las calles de Madrid contemplando las fachadas, examinando las estructuras o analizando los aciertos o los errores arquitectónicos que iba encontrando. ¡Y el Padre me pedía que hiciera todo eso y, al mismo tiempo, fuera "metido en Dios"! ¿Cómo?

-Vamos a ver, me dijo. Explícame qué caminos sueles hacer para ir desde la calle Castelló donde vives a la Escuela de Arquitectura o la Universidad.

Empecé a recordar: primero tomaba la calle Goya; luego bajaba hasta la Castellana y después...

Entonces fue enumerándome las imágenes de la Virgen que podía encontrar en mi camino:

-...en la calle de Goya hay una pastelería, apenas volver la esquina de Castelló, que tiene una hornacina con la Purísima Concepción; al llegar a la estatua de Colón en el cruce con el Paseo de la Castellana, tienes en uno de los relieves del pedestal de la estatua una escena de los Reyes Católicos donde hay una imagen de la Virgen del Pilar; subiendo por los Bulevares...

Me quedé sorprendido. Yo, que me fijaba tanto en todo, no me había dado cuenta de la existencia de esas imágenes que me podrían servir para mantener la presencia de Dios durante mis recorridos habituales. Comprendí entonces que aquello no era sólo fruto de la gran capacidad de observación del Padre, sino que era la consecuencia del gran amor que sentía hacia la Madre de Dios. A partir de aquel día intenté poner por obra lo que me decía; y así, poco a poco, mi trabajo fue adquiriendo un nuevo sentido sobrenatural y mis andanzas por las calles de Madrid cobraron unas perspectivas hasta entonces absolutamente insospechadas.

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