El Oratorio de Ferraz

Un día fui a charlar con el Padre y le encontré particularmente contento. Habitualmente, cuando hablábamos, yo tomaba primero la palabra y el Padre me escuchaba hasta el final, muy atento, sin interrumpirme: me preguntaba por mi vida interior, por mis estudios, por mis padres... Luego, me daba sus consejos. Pero aquel día no fue así: tomó la palabra desde el primer momento, y me explicó, contentísimo, que don Leopoldo Eijo y Garay, Obispo de Madrid, había concedido el permiso necesario para dejar el Santísimo en el oratorio de la Residencia.

El Padre me había enseñado ese oratorio ya en la primera visita que hice junto con Agustín Thomás. Lo recuerdo perfectamente: era un oratorio pequeño, recogido, situado en una habitación contigua al vestíbulo, que daba a un patio grande y tranquilo. Era piadoso, sencillo, agradable, y se veía que estaba puesto con cariño. En la pared frontal, sobre el altar, había un cuadro que representaba a los discípulos de Emaús conversando con con el Señor. Poco después ese cuadro fue sustituido por una imagen de la Virgen del Pilar tallada en madera, que descansaba en una ménsula, sobre un fondo de damasco color verde oliva. El oratorio me agradó, como digo; pero, como muestra evidente de mi escasa formación religiosa, no reparé en que no tenía sagrario.

Ese día, el Padre me estuvo hablando con gran alegría de aquel permiso que le habían dado, y yo, la verdad, no entendía demasiado a qué se refería. Carecía de la formación cristiana necesaria para comprender cuándo y cómo se puede dejar el Santísimo en un lugar sagrado. Mientras le escuchaba iba rumiando para mis adentros cómo podía ser aquello; si había en Madrid alguna institución donde se vivía maravillosamente la fe -pensaba yo- era en aquella Residencia; y si había un sacerdote excepcionalmente santo e inteligente, era el que tenía delante en esos momentos. En consecuencia -concluía, en mi ignorancia- ¡ya podría haberle dado antes aquel permiso el Señor Obispo!

-Padre, y por las noches -le pregunté-, ¿se suele dejar el Santísimo en las iglesias?

Esta pregunta mostraba bien a las claras mi soberano despiste en materias religiosas. Luego le pregunté cuánto tiempo podía dejarse solo al Señor en aquel oratorio, porque había visto que en algunas iglesias a veces no había nadie; y seguí haciéndole otras preguntas de este tipo, y aun más simples. El Padre fue resolviendo, con gran paciencia, una por una, todas mis dudas rudimentarias y me habló largo rato sobre la Eucaristía, con unas palabras que delataban su profunda y sincera devoción a Jesús Sacramentado.

-El Señor -me comentó, emocionado- jamás deberá sentirse aquí solo y olvidado; si en algunas iglesias a veces lo está, en esta casa, donde viven tantos estudiantes y que frecuenta tanta gente joven, se sentirá contento, rodeado por la piedad de todos. Tú ayúdame a hacerle compañía...

Me conmovió aquel amor ferviente a la Eucaristía; y como la Residencia me pillaba relativamente de paso para ir a la Escuela de Arquitectura, decidí, gustoso, pasarme todas las veces que pudiera por aquel Oratorio para hacer un ratico de oración, como nos animaba a hacer el Padre, delante del Sagrario. Fue entonces, seguramente, cuando me dictó el texto de la comunión espiritual:

-Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra Santísima Madre, con el espíritu y el fervor de los santos...

Poco después, el 31 de marzo de 1935, el Padre pudo celebrar la primera Misa en aquel oratorio y quedó reservado el Santísimo en el primer sagrario de la Obra. Aquel sagrario era un sencillo tabernáculo de madera que unas religiosas habían prestado al Padre. Junto a su alegría, experimentaba una pena grande: la de no poder dedicar al Señor un sagrario y unos vasos sagrados más dignos, porque quería siempre ofrecer a Dios el sacrificio de Abel destinando lo mejor al culto divino.

-El altar y el tabernáculo -comentaba años más tarde- han de ser buenos, siempre que se pueda. Nosotros, al principio, no pudimos hacerlo así. La primera custodia era de hierro pintado con purpurina; sólo la luneta para la Sagrada Forma era de plata dorada. Y el primer Sagrario era de madera: me lo prestó una monja Reparadora, a la que yo quería mucho. ¡Qué pena me daba ofrecer al Señor tan poca cosa!

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