El encuentro con el Padre

Eso no significa que yo fuera por aquel entonces una especie de pagano recalcitrante. Creía en Dios, me consideraba católico, tenía fe y acudía a los sacramentos de vez en cuando; pero carecía de unos conocimientos religiosos mínimamente adecuados para mi edad. Había heredado de mi padre algunas suspicacias anticlericales y experimentaba, por ejemplo, una gran prevención -casi alergia- hacia los sacerdotes y religiosos.

No sabría definir bien la causa de esta prevención: pero el caso es que la tenía, y no sabía -ni quería saber- nada con "los curas", como los denominaba con deje despectivo. Y lo curioso es que hasta entonces nunca había charlado con uno cara a cara, salvo en las ocasiones en que me acercaba a un confesionario. Por supuesto, jamás había tenido confesor fijo.

Esas prevenciones me habían llevado siempre a "mantener las distancias" con los pocos sacerdotes que se habían cruzado en mi camino: algún profesor del Instituto de Segunda Enseñanza o algún cura de la parroquia. Los observaba con espíritu crítico, y me repelía la educación que yo juzgaba -sin duda injustamente- un tanto peculiar de los clérigos de aquel tiempo.

Por eso, cuando en 1935, tres años después de mi llegada a Madrid, un amigo de la infancia, Agustín Thomás Moreno, me habló con admiración de un sacerdote al que había conocido recientemente, don Josemaría Escrivá, y me invitó a conocerle, le respondí con una irónica reacción de autosuficiencia y un comentario sarcástico.

Nos volvimos a ver -tiempo más tarde, porque nos tratábamos poco- y Agustín me volvió a hablar de aquel sacerdote; yo le di largas de nuevo y seguí en este punto como quien oye llover.

Afortunadamente, Agustín fue tenaz. Y en una de esas raras ocasiones en las que coincidimos me dijo algunas frases de profundo contenido espiritual -que yo supuse que no serían de su cosecha, sino del sacerdote en cuestión- que me hicieron, muy a pesar mío, cierta mella. Y accedí a que me lo presentara.

Cada uno es como Dios le ha hecho. ¿Por qué accedí? He de reconocerlo: pura y simplemente, por curiosidad. La curiosidad era parte de mi modo de ser: me gustaba tratar a gente mayor que yo, conocer nuevos ambientes y fijarme en todo, hasta en los más mínimos detalles. Pero, naturalmente, acudí con el firme propósito de no hablar con aquel cura de cuestiones personales: iba a ver, a observar, a analizar; nada más.

Quedé una tarde con Agustín, a finales de enero del 35. Me condujo al número 50 de la calle Ferraz, en el barrio de Argüelles. Subimos al primer piso. Yo iba, como siempre, fijándome en todo. Allí, junto a la puerta, se leía, en una placa reluciente: "Academia D Y A". Entramos. El recibidor me produjo una grata impresión inicial. No era lo que yo me pensaba: me había imaginado un local destartalado y frío, y me encontré en el vestíbulo de una casa de familia de clase media, más bien modesta, decorado con buen gusto y, sobre todo, muy limpio. El ambiente era cordial y distendido. Buen comienzo. Me gustó.

Nos indicaron que pasáramos a una pequeña salita, donde esperamos unos momentos. Y de pronto entró un sacerdote joven y sonriente, de unos treinta años, que se detuvo un instante mirándome afablemente por debajo de los bordes superiores de sus gafas redondas de concha, con el cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante.

-Padre -dijo Agustín-, este es mi amigo, Pedro Casciaro...

Entonces aquel joven sacerdote, excusándose ante Agustín -¡como si yo fuera un personaje importante!-, le rogó que nos dejara solos unos minutos. Nos sentamos a charlar y aquella conversación bastó para echar por tierra, de golpe, todos mis prejuicios.

Realmente el Padre, como le llamaban todos siguiendo la costumbre habitual para denominar a los sacerdotes en aquella época, no tenía nada que ver con la idea que yo me había hecho de él: me esperaba un curita espiritualista y algo raro, conforme a la caricatura de mis prejuicios, y me encontré con un sacerdote joven, de treinta y tres años, vigoroso, cordial, simpático, muy espontáneo y natural, que me infundió desde el primer momento una gran confianza y al mismo tiempo un respeto muy superior al propio de su edad. Me llamó poderosamente la atención su bondad, su alegría contagiosa, su buen humor... y le abrí mi alma como nunca había hecho con ninguna otra persona a lo largo de toda mi vida.

No sabría precisar cuánto tiempo estuvimos charlando; lo más probable es que no pasara de los tres cuartos de hora. Sólo recuerdo que al despedirme le dije:

-Padre: me gustaría que usted fuese mi director espiritual.

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