Ignacio de Landecho

Pero no adelantemos acontecimientos: yo no era en aquel lejano 1932 más que un joven estudiante venido de provincias, preocupado por situarse en el medio universitario, y como todo recién llegado, deseoso de hacer nuevos amigos. Y en este aspecto, realmente tuve suerte. Uno de los primeros chicos a los que conocí fue Ignacio de Landecho, quien, a pesar de su juventud, era ya un hombre a carta cabal. Fuerte, decidido, íntegro y apasionado, Ignacio preparaba también el ingreso en la Escuela de Arquitectura y fue, sin duda alguna, uno de mis mejores amigos durante aquellos años.

Yo admiraba en Ignacio su fortaleza, su audacia y el desparpajo con que se movía en todos los ambientes. Recuerdo que en una ocasión presenciábamos juntos un desfile militar en la Castellana, desde el balcón de la casa de un amigo común. Dos o tres pisos más abajo, también en un balcón, estaban unas chicas conocidas que comenzaron a gritar: ¡baja, Ignacio! ¡baja! Entonces, Ignacio, sin dudarlo un momento, saltó al otro lado de la barandilla, bajó un piso y otro piso agarrándose a las molduras del edificio, y fue deslizándose por la fachada hasta llegar al balcón donde estaban las chicas, mientras todos conteníamos el aliento. Así era Ignacio.

En otra ocasión nos fuimos de excursión a Salamanca, y cuando nos encontrábamos en una de las torres de la Catedral, Ignacio, ni corto ni perezoso, se puso a trepar por el exterior hasta que logró alcanzar la veleta de hierro. Verdaderamente, su valentía rayaba algunas veces en la temeridad.

Coincidía con él en las clases de la Facultad de Ciencias, que estaba todavía en el viejo caserón de la calle de San Bernardo, aunque hubo un periodo en el que tuvimos las clases y talleres provisionalmente en el viejo edificio de Areneros, que el Gobierno había incautado a los Jesuitas. También íbamos juntos a la Academia de dibujo del pintor José Ramón Zaragoza. Y como teníamos mucho que estudiar, con cierta frecuencia quedábamos para repasar temas en mi cuarto del Hotel Sari.

No se asombre el lector del nombre de mi pomposo alojamiento: realmente el Sari lo único que tenía de hotel era el nombre. A pesar de su denominación rimbombante, aquello no pasaba de ser una pensioncita de tres al cuarto con la dinámica propia de la vida estudiantil. El universitario es amante, como es bien sabido, de la vida nocturna: y no era raro que Ignacio y yo nos quedásemos estudiando durante toda la noche en mi habitación y nos fuésemos la mañana siguiente, tras desayunar, a las clases de San Bernardo.

Nunca olvidaré aquellas clases de Geometría Métrica a las ocho de la mañana en el caserón de San Bernardo. Era todavía de noche y aquella inmensa aula iluminada con bombillas eléctricas me deprimía terriblemente. No puedo olvidar tampoco a don Luis Vegas, nuestro profesor, que a causa de su baja estatura lograba alcanzar a duras penas el borde inferior de la oceánica pizarra. ¡Cuántas horas pasé allí, codo a codo con Ignacio, escuchando el golpeteo de la tiza sobre el encerado: números, letras y figuras geométricas; números, números y más números...!

A medida que pasan los años veo con mayor claridad que fue una gran suerte para mí aquella amistad con Ignacio, con el que tan buenas migas hice desde el primer momento. Nos ayudábamos mutuamente en el estudio; y él me fue introduciendo en algunos buenos ambientes de Madrid, y también, sin que yo me diera cuenta, me fue alejando de otras amistades menos convenientes que frecuentaban la Residencia del Pinar y el Auditorium de la calle de Serrano.

Ignacio tenía mucha más formación espiritual que yo; había estudiado en un buen colegio de religiosos y tenía parientes jesuitas. Yo procedía de colegios laicos; y aunque mi madre me había dado los rudimientos de la vida cristiana, en lo que a la Religión se refiere compartía algunos de los puntos de vista de mi padre.

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