1932: Estación del Mediodía

Durante aquellos años yo era un chico que soñaba con ser marino y vivía despreocupado de esos afanes políticos de tierra adentro. Me apasionaba el mar y había heredado la afición por los barcos de mi abuelo paterno, que había sido propietario de un mercantil goleta que atravesaba el Atlántico a vela y había hecho construir un motovelero de tres palos que cubría la ruta Cartagena-Marsella, partiendo del vecino puerto de Águilas. Durante aquellos largos veranos de mi adolescencia, en la calma soleada de "Los Hoyos", había soñado con mil aventuras marinas; y al ver aquellos barcos y veleros atracados junto al paseo marítimo, me imaginaba sorteando borrascas y temporales en alta mar e ingresando, en un futuro próximo, con mi flamante uniforme de cadete, en el Cuerpo General de la Armada...

Pero mi madre, al enterarse de mis deseos, me puso literalmente los pies en el suelo y se negó rotundamente a que me embarcara -nunca mejor dicho- en este proyecto. Así que no tuve más remedio que orientarme hacia otra de mis grandes aficiones, esta vez bien anclada en tierra firme, y decidí ser arquitecto.

Aunque me costó tomar esta decisión, lo cierto es que contaba con cualidades para ser arquitecto: había heredado de mi padre el gusto por el arte, tenía capacidad de observación y gozaba de cierta habilidad para el dibujo.

Dicho y hecho: al terminar el bachillerato, con diecisiete años, me fui a la capital de España, porque en aquella época sólo se podía cursar Arquitectura en Madrid o en Barcelona, y un buen día de 1932 arribé, con cara de provinciano despistado y un puñado de ilusiones y de maletas, a la Estación del Mediodía de Madrid. Me instalé en el Hotel Sari, en el número 2 de la Calle Arenal, muy cerca de la Puerta del Sol.

Me gustó aquel hotel. Estaba situado en el corazón de Madrid, de aquel Madrid que poco tiempo antes se autodenominaba "Villa y Corte" -se había proclamado la República el pasado 14 de abril de 1931- y en el que se podía escuchar todavía la música alegre y traqueteante de los organillos. Y me puse a estudiar.

Pero no se ganó Zamora en una hora: para acceder al primer curso de Arquitectura los aspirantes a arquitectos debíamos superar primero el famoso y dificilísimo examen de "ingreso". Era una prueba realmente dura: no sólo nos exigían haber aprobado todas las asignaturas de los dos primeros cursos de la Licenciatura de Ciencias Exactas (incluidas Física, Química y Geología), sino que debíamos hacer, además, unos exámenes muy exigentes de dibujo en la propia Escuela. "Ingresar" era, en resumen, cuestión de años, y muchos se quedaban en el intento.

Pero como yo estaba dispuesto a ser arquitecto costara lo que costase, aunque no me entusiasmasen demasiado ni las Matemáticas ni la Física, con tal de entrar en la Escuela, estaba decidido a estudiarlas todo el tiempo que hiciera falta.

Guardo muy buenos recuerdos de aquel Madrid de comienzos de los años treinta. Era una ciudad soprendente. Era "la capital" por antonomasia y conservaba un curioso encanto, tradicional y castizo, chulapón y cosmopolita, señorial y pueblerino al mismo tiempo, que la hacía especialmente atractiva para un amante del arte y de la arquitectura como yo. Era una delicia pasear a la caída de la tarde por sus amplios bulevares, perderse por los salones del Museo del Prado o ir descubriendo, poco a poco, sus grandes edificios: el Banco de España, el Casino, el Teatro de la Princesa, el Ministerio de Fomento, los Jerónimos..., o deambular sin prisas por el paseo de Recoletos, o por el de la Castellana, que era el más aristocrático de todos y llegaba hasta lo que llamábamos entonces "los altos del Hipódromo".

Todavía era una ciudad de dimensiones humanas, donde se conocían unos a otros, especialmente los de la llamada "gente bien". Yo llegué en un periodo de cambio: la República había traído personajes nuevos y muchos de "los de antes" -especialmente los pertenecientes a la alta nobleza- habían emigrado al extranjero; los que se habían quedado, habían abandonado la Castellana como punto neurálgico de encuentro y habían puesto de moda el paseo de coches de El Retiro.

Con la llegada de los nuevos ricos al Retiro, los más snobs de esa "gente bien" se fueron a pasear a otra parte, y eligieron la zona boscosa que había más allá de Puerta de Hierro, donde se improvisó un paseo de terracería, pero eso sí, transitado por coches con chófer uniformado. Conocí bastante bien aquel ambiente sofisticado gracias a unos amigos míos, que vivían en un piso principal de la calle Almagro y se paseaban, Madrid arriba y abajo, en un Lincoln grande de color café con leche...

Era un Madrid agradable por sus gentes, por su clima, por su arquitectura; pero no tanto desde el punto de vista social. En aquellos años tuvo lugar un in crescendo de desórdenes, de tensiones, de alborotos entre estudiantes; se sucedían los enfrentamientos y las huelgas; fue creciendo el clima anticlerical y las efervescencias políticas que atravesábamos hacían presagiar males peores. Sólo a algunos; al menos yo no pensaba que a consecuencia de todo aquello se pudiera acabar en un baño de sangre. Quizá fuera por la inexperiencia de mis 18 años. Realmente, si alguien me hubiera dicho en aquel tiempo hasta qué punto iba a experimentar esas consecuencias en mi propia carne, muy pocos años después, no le hubiera creído en absoluto.

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