Preludio

 

Don Filiberto

En aquel lejano año de 1914, mi abuelo materno, don Diego Ramírez, maestro de escuela en Torrevieja, provincia de Alicante, estaba seriamente preocupado. Y no era sólo por la tensa situación internacional que dio lugar poco después a la Guerra Europea, sino por algo mucho más doméstico, familiar y concreto: la próxima boda de su hija Emilia. Es decir, de mi madre.

¿Pero qué mejor partido quieres encontrar que ese chico?, le decían sus familiares. Y tenían razón: el novio de su hija, Pedro Casciaro, era un chico excelente, honrado y estudioso; procedía de una rica familia de origen italiano, muy conocida, que había emparentado tiempo atrás con los Parodi y los Boracino, familias originarias de Italia por un camino o por otro. Los Casciaro habían emigrado de Nápoles a Inglaterra en tiempos de Napoleón; los Parodi se habían instalado en Torrevieja, procedentes de Génova, durante esa misma época; y los Boracino habían arribado a la piel de toro en el siglo XVIII, cuando Carlos III se trasladó de Nápoles -donde era rey- a España.

¿Pero, qué mejor partido...? Era verdad lo que decían a mi abuelo don Diego: el chico era un partido excelente. Era hijo de don Julio Casciaro, un hombre culto y correcto, graduado en Leyes, que al heredar se había retirado a vivir a Torrevieja, donde la familia tenía una finca de campo y de recreo que se llamaba "Los Hoyos". Y era nieto de Mr. Peter Casciaro, inglés de nacimiento, que tras educarse en un "College" prestigioso de Londres, se había especializado en Mineralogía y Contabilidad.

Mr. Casciaro era, además, gran empresario: había construido la línea de ferrocarril que va desde Medina del Campo a Salamanca; explotaba numerosas minas desde La Unión, en Murcia, hasta los Urales, en Rusia; y poseía diversas propiedades urbanas y agrícolas en España y en Argelia. Y como no quería que sus hijos perdieran las raíces inglesas, cuando nació su hijo Julio en Cartagena, a pesar del tiempo que llevaba viviendo en España, lo inscribió en el consulado de Inglaterra como súbdito británico.

Su nieto Pedro era un chico educado, simpático, alegre, muy bien formado intelectualmente -era doctor en Filosofía y Letras-, bastante bien parecido y buen deportista. ¿Qué más podía pedir don Diego para su hija? No había razón -le decían todos- para que estuviera inquieto...

Lo que inquietaba a mi abuelo materno, hombre de misa diaria, gran catequista y profundamente creyente, era la frialdad religiosa de la familia del novio. Desde otros puntos de vista no tenía nada que objetar: su futuro suegro era un hombre caritativo, de buenas costumbres y rectos principios; pero, ¡ay!, al igual que su esposa, no era nada practicante. Era republicano -del tipo de aquellos "intelectuales por la República", que veían en este sistema político una salida para la decadencia española- y en aquel tiempo decir republicano era, para muchos, lo mismo que decir anticlerical y con frecuencia, anticatólico.

No era éste el caso de don Julio y su esposa; pero, a pesar de todo, aquella petición de mano planteaba a don Diego graves problemas de conciencia: ¿debía permitir que su hija Emilia, fervorosa y buena cristiana, por muy enamorada que estuviera, se casase con un chico así? ¿Qué educación recibirían sus nietos? ¿Y si...?

Después de muchas vueltas y revueltas, decidió pedir consejo a don Filiberto, párroco de la localidad.

-No se preocupe -sentenció gravemente don Filiberto, tras escuchar las cuitas de mi abuelo materno- porque los hijos de ese matrimonio se entregarán a Dios.

Ignoro qué luz interior movió a don Filiberto a pronunciar esa singular profecía, expresada además de un modo tan preciso y contundente. ¿Fue el Espíritu Santo, que le sopló al oído, fue una simple excusa para tranquilizar a un padre preocupado; o fue tan solo una mera frase, dicha al azar? No lo sé. El caso es que don Filiberto no se equivocó.

Los militares y la sopa

Pero sigamos con la historia familiar. Mi abuelo concedió la mano de su hija y una vez disipados los nubarrones del horizonte, mis padres se casaron, felices, en una capilla que había en la misma finca de "Los Hoyos". Poco después mi padre fue nombrado catedrático interino de Historia de España en la recién creada Universidad de Murcia y designado profesor auxiliar de Geografía e Historia del Instituto; y en Murcia fuimos naciendo los tres hijos. En la parroquia de Santa Engracia de Murcia fui bautizado yo, en 1915; luego nació mi hermana Soledad, que murió a los pocos años; y más tarde nació mi hermano Jose María, al que siempre hemos llamado en casa, familiarmente, Pepe.

Cuando se convocaron de nuevo las oposiciones a cátedra de Instituto, la primera que salió a concurso fue la de Geografía e Historia de Murcia. Mi padre se presentó y obtuvo el segundo puesto. Eso hizo que no pudiese escoger Murcia sino Vitoria. Pero como quería quedarse en la zona del Levante, la conmutó en cuanto pudo por la de Albacete, ciudad que resultaba relativamente cercana a Murcia y Torrevieja, donde estaban su casa familiar y sus intereses.

Al principio mi padre consideraba su destino en Albacete como algo meramente provisional, y tenía el deseo de volverse a Murcia o Cartagena en cuanto le fuera posible. Sin embargo poco a poco fue enraizándose en su trabajo profesional y haciendo numerosas amistades en La Mancha. Fue Director de la Escuela de Trabajo y llevó a cabo muchos proyectos, como la construcción de un nuevo edificio para el Instituto, del que llegó a ser director. Impulsó las excavaciones arqueológicas en la región; creó e instaló el Museo Provincial, y así, un largo etcétera; en conclusión: que acabó encariñándose profundamente con aquel lugar, cosa que, para el que lo conozca, no resulta muy difícil.

Es cierto que la política influyó también en su decisión de quedarse en Albacete, aunque se había interesado muy poco por ella en los primeros años de la dictadura de Primo de Rivera. Sin embargo, cuando cayó la monarquía, militaba con gran entusiasmo en las filas republicanas.

Eso no significa que fuese partidario de ningún izquierdismo extremo, como el comunismo o el socialismo de la época (cuestión aparte es que, a causa de las alianzas electorales del momento, cierta opinión pública los metiera a todos -republicanos, socialistas y comunistas- en el mismo saco). Su republicanismo no era de este tipo: era un republicanismo moderado, de corte liberal, con una gran preocupación por la clase obrera, como lo demuestra el que llegase a ser presidente de uno de aquellos tribunales que se crearon en la época de Primo de Rivera para dirimir los conflictos entre patronos y obreros.

Estos presidentes solían ser hombres de bien, respetados y aceptados por ambas partes, y aquel cargo le ocasionó no pocos problemas: no podía comprender mi padre cómo algunas personas, amigas suyas, muy holgadas económicamente, pudieran regatear jornales de cincuenta céntimos a gentes que andaban tantas veces al borde de la miseria. Y se fue distanciando de determinadas amistades, que pertenecían a las familias más pudientes de la ciudad.

Albacete contaba en aquel tiempo con una pequeña sociedad provinciana que estaba integrada por terratenientes, empleados del Estado, profesionales de diverso tipo, algunos industriales y otros elementos de clase media modesta. A raíz de la proclamación de la República, en la ciudad se fue enconando la división, -que ya existía- entre las personas significadas políticamente como de "derechas" y las de "izquierdas"; y mi padre fue siendo conocido, cada vez más, como un "intelectual de izquierdas". Como tal participó en el gran mitin que se celebró en el Teatro Circo, con la presencia de Azaña. Mi padre era lo que llamaríamos ahora un "intelectual comprometido".

Desde el punto de vista religioso no era nada practicante; sin embargo, como muestra de respeto y de cariño hacia mi madre, solía acompañarla a Misa todos los domingos y quiso celebrar por todo lo alto la Primera Comunión de mi hermano José María. Pero los tiempos no estaban para sutilezas: cuando sus oponentes políticos se enteraron de esta celebración publicaron un artículo tremendo en un periódico local, titulado "Laicismo, pero no para mi casa", en el que le injuriaron sin piedad. Profundamente irritado, desde aquel día dejó de ir a Misa.

Este gesto le retrata de cuerpo entero. Era un hombre apasionado que vivía ardorosamente aquel difícil momento político y social que estaba atravesando España. Recuerdo que un día, varios años antes, llegó a casa muy acalorado, mientras mi hermano pequeño tomaba su tazón de sopa. Estaba irritado por el nombramiento de varios militares para determinados puestos de Gobierno. Se quitó de un manotazo el cuello duro y la corbata de moño, los arrojó furiosamente sobre el sillón, y gritó:

-¡Vamos a tener militares hasta en la sopa!

Al oír esto, mi hermano pequeño miró muy asustado dentro de su tazón y buscó vanamente en su interior a aquellos militares que tanto irritaban a nuestro padre y que amenazaban con hacerse dueños de la sopa. Y durante bastante tiempo su imaginación infantil especuló sobre el interés que podrían tener aquellos señores por introducirse furtivamente -y eso era lo más misterioso, ¿cómo?- en la pequeña sopera familiar...

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