El apostolado: Un mar sin orillas

"Habéis de acercar las almas a Dios -escribía el Fundador en 1930- con la palabra conveniente, que despierta horizontes de apostolado; con el consejo discreto, que ayuda a enfocar cristianamente un problema; con la conversación amable, que enseña a vivir la caridad: mediante un apostolado que he llamado alguna vez de amistad y de confidencia. Pero habéis de atraer sobre todo con el ejemplo de la integridad de vuestras vidas, con la afirmación -humilde y audaz a un tiempo- de vivir cristianamente entre vuestros iguales, con una manera ordinaria, pero coherente, manifestando, en nuestras obras, nuestra fe: ésa será, con la ayuda de Dios, la razón de nuestra eficacia".

El principal apostolado del Opus Dei es el que realiza cada uno de sus miembros personalmente, en su propósito diario de dar a conocer -con el ejemplo de vida y con la palabra- la doctrina de Cristo. Como al Opus Dei pertenecen personas de todas las edades y condiciones sociales -célibes, casados, sacerdotes, obreros, empleados, campesinos, abogados, científicos, artistas, empleadas del hogar, amas de casa, funcionarios, comerciantes, militares, escritores, industriales, etc.- no es posible uña descripción de ese apostolado personal, a no ser narrando la vida de millares de personas en todo el mundo. Se trata, pues, de algo perfectamente incontrolable, como la vida misma, que nunca se dejará encerrar en unos esquemas férreos, ni en la frialdad de unas estadísticas o de unas gráficas. Al acercarse al Opus Dei, ninguna de estas personas inicia una vida distinta, ni da comienzo a una serie de actividades típicas. Al contrario, todas cumplen y realizan los mismos trabajos que harían si no fuesen de la Obra. El cambio radical está en que esas mismas cosas de siempre adquieren un nuevo sentido, una perspectiva nueva, por el compromiso contraído de hacer de toda circunstancia humana un encuentro con Dios, un servicio a los demás, un apostolado cristiano.

Mons. Escrivá de Balaguer desarrolló a fondo este punto en la entrevista publicada, en la primavera de 1968, en L'Osservatore delta Domenica.

"Querer alcanzar la santidad -a pesar de los errores y de las miserias personales, que durarán mientras vivamos- significa esforzarse, con la gracia de Dios, en vivir la caridad, plenitud de la ley y vínculo de la perfección. La caridad no es algo abstracto; quiere decir entrega real y total al servicio de Dios y de todos los hombres; de ese Dios, que os habla en el silencio de la oración y en el rumor del mundo; de esos hombres, cuya existencia se entrecruza con la nuestra.

"Viviendo la caridad -el Amor- se viven todas las virtudes humanas y sobrenaturales del cristiano, que forman una unidad y que no se pueden reducir a enumeraciones exhaustivas. La caridad exige que se viva la justicia, la solidaridad, la responsabilidad familiar y social, la pobreza, la alegría, la castidad, la amistad...

"Se ve en seguida que la práctica de estas virtudes lleva al apostolado. Es más: es ya apostolado. Porque, al procurar vivir así en medio del trabajo diario, la conducta cristiana se hace buen ejemplo, testimonio, ayuda concreta y eficaz; se aprende a seguir las huellas de Cristo que "coepit facere et docere" (Act. 1, 1), que empezó a hacer y a enseñar, uniendo al ejemplo la palabra. Por eso he llamado a este trabajo, desde hace cuarenta años, "apostolado de amistad y de confidencia".

"Todos los miembros del Opus Dei tienen este mismo afán de santidad y de apostolado. Por eso, en la Obra, no hay grados o categorías de miembros. Lo que hay es una multiplicidad de situaciones personales -la situación que cada uno tiene en el mundo- a la que se acomoda la misma y única vocación específica y divina: la llamada a entregarse, a empeñarse personalmente, libremente y responsablemente, en el cumplimiento de la voluntad de Dios manifestada para cada uno de nosotros.

"Como puede ver, el fenómeno pastoral del Opus Dei es algo que nace "desde abajo", es decir, desde la vida corriente del cristiano que vive y trabaja junto a los demás hombres. No está en la línea de una "mundanización" -desacralización- de la vida monástica o religiosa; no es el último estadio del acercamiento de los religiosos al mundo.

"El que recibe la vocación al Opus Dei adquiere una nueva visión de las cosas que tiene alrededor: luces nuevas en sus relaciones sociales, en su profesión, en sus preocupaciones, en sus tristezas y en sus alegrías. Pero ni por un momento deja de vivir en medio de todo eso; y no cabe en modo alguno hablar de adaptación al mundo, o a la sociedad moderna: nadie se adapta a lo que tiene como propio; en lo que se tiene como propio "se está". La vocación recibida es igual a la que surgía en el alma de aquellos pescadores, campesinos, comerciantes o soldados que sentados cerca de Jesucristo en Galilea, le oían decir: "Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto" (Mat 5, 48)".

La tarea principal del Opus Dei consiste, por tanto, en la formación de sus miembros para que cada uno, individualmente, dé testimonio cristiano en el medio ambiente en el que desarrolla su trabajo profesional. Toda la libre iniciativa personal permanece activa en el espíritu apostólico del Opus Dei, porque la obra no dedica su tarea principal a este o aquel específico campo de apostolado, sino a estimular a los fieles dé la Prelatura para que cada uno, en su propio ambiente profesional y familiar, desarrolle una intensa labor apostólica de carácter personal.

El matrimonio, camino divino

También el amor humano es santificable y santificarte en este apostolado, que no excluye a nadie. Sobre este tema el Fundador del Opus Dei mantuvo un pensamiento inequívoco a lo largo de toda su vida, como subrayó en la entrevista que publicó Telva el 1 de febrero de 1968:

"Hablaré de algo que conozco bien, y que es experiencia sacerdotal mía, ya de muchos años y en muchos países. La mayor parte de los miembros del Opus Dei viven en el estado matrimonial y, para ellos, el amor humano y los deberes conyugales son parte de la vocación divina. El Opus Dei ha hecho del matrimonio un camino divino, una vocación, y esto tiene muchas consecuencias para la santificación personal y para el apostolado. Llevo casi cuarenta años predicando el sentido vocacional del matrimonio. ¡Qué ojos llenos de luz he visto más de una vez cuando -creyendo, ellos y ellas, incompatibles en su vida la entrega a Dios y un amor humano noble y limpio- me oían decir que el matrimonio es un camino divino en la tierra!

"El matrimonio está hecho para que los que lo contraen se santifiquen en él, y santifiquen a través de él: para eso los cónyuges tienen una gracia especial, que confiere el sacramento instituido por Jesucristo. Quien es llamado al estado matrimonial, encuentra en ese estado -con la gracia de Dios- todo lo necesario para ser santo, para identificarse cada día Irás con Jesucristo, y para llevar hacia el Señor a las personas con las que convive.

"Por esto pienso siempre con esperanza Y con cariño en los hogares cristianos, en todas las familias que han brotado del sacramento del matrimonio, que son testimonios luminosos de ese gran misterio divino -"sacramentum magnum" (Eph. 5, 32), sacramento grande- de la unión y del amor entre Cristo y su Iglesia. Debemos trabajar para que esas células cristianas de la sociedad nazcan y se desarrollen con afán de santidad, con la conciencia de que el sacramento inicial -el bautismo- ya confiere a todos los cristianos una misión divina, que cada uno debe cumplir en su propio camino.

"Los esposos cristianos han de ser conscientes de que están llamados a santificarse santificando, de que están llamados a ser apóstoles y de que su primer apostolado está en el hogar. Deben comprender la obra sobrenatural que implica la fundación de una familia, la educación de los hijos, la irradiación cristiana en la sociedad. De esta conciencia de la propia misión depende en gran parte la eficacia y e1 éxito de su vida: su felicidad.

"Pero que no olviden que el secreto de la felicidad conyugal está en lo cotidiano, no en ensueños. Está en encontrar la alegría escondida que da la llegada al hogar; en el trato cariñoso con los hijos; en el trabajo de todos los días, en el que colabora la familia entera; en el buen humor ante las dificultades, que hay que afrontar con deportividad; en el aprovechamiento también de todos los adelantos que nos proporciona la civilización, para hacer la casa agradable, la vida más sencilla, la formación más eficaz.

"Digo constantemente, a los que han sido llamados por Dios a formar un hogar, que se quieran siempre, que se quieran con el amor ilusionado que se tuvieron cuando eran novios. Pobre concepto tiene del matrimonio -que es un sacramento, un ideal y una vocación-, el que piensa que el amor se acaba cuando empiezan las penas y los contratiempos, que la vida lleva siempre consigo. Es entonces cuando el cariño se enrecia. Las torrenteras de las penas y de las contrariedades no son capaces de anegar el verdadero amor: une más el sacrificio generosamente compartido. Como dice la Escritura, "aquae multae" -las muchas dificultades, físicas y morales- "non potuerunt extinguere caritatem" (Cant. 8, 7), no podrán apagar el cariño".

"Hacer compatibles las cosas compatibles"

Mis amigos -señala Manuel, el industrial catalán- me aprecian, y saben que soy del Opus Dei. Me sucede como a todo el mundo: entre amigos se llega a explicar mutuamente los problemas que tenemos los dos, y esto da lugar a aconsejar, a explicar cómo hacer perfectamente compatibles el trabajo, los deberes familiares, nuestros deberes personales como católicos... Se habla de la necesidad de la dirección espiritual, de prácticas de piedad, de trazarse algún plan para ir a Misa y estar unas cuantas veces a solas con Dios, con la Virgen, y trabajando como un indio, para mejorar a la sociedad en lo que uno puede, de vez en cuando acordarse de que lo haces porque Dios lo quiere y se lo ofreces, tenerle presente, y con estas explicaciones ya estás poniendo en línea a tus amigos. Antes para mí el trabajo era más importante que la familia, pero en el Opus Dei he aprendido a hacer compatibles las cosas compatibles... ¿Qué hizo Jesús en la tierra?

¿Es que empezó a ser Dios a los treinta años? No. Siendo Dios, estuvo trabajando como yo hasta los treinta años. Hizo como yo: darle vueltas al bombo... Si pensamos cómo lo hacía y por qué lo hacía, vemos que podemos hacer como Él. Igual da clavar clavos que hacer investigación geológica, y, como dijo Santa Teresa, Dios está también entre los pucheros, y está también entre nuestras máquinas. Es ir a Dios y decirle: "Si sale bien, gracias", "si sale mal, gracias", o de otras maneras. Y el que hace política igual: que cada cual la haga a su manera, como quiera, cada uno cumpliendo su deber y con rectitud, que a Dios no se le pueden ofrecer barbaridades... ¿De qué va a servir todo esto, si todos hemos nacido igual y terminamos igual? ¿De qué, si no es para Dios? Lo único importante de verdad es acrecentar la caridad, la fe, la esperanza, el amor al prójimo, la frecuencia de sacramentos, la relación con Dios, tratar bien a los demás, que la casa no sea un funeral, sino que haya alegría...

Madre de seis hijos

Me suelo levantar a las siete -dice Ketty, mujer de un ingeniero naval y madre de seis hijos-, generalmente muy cansada. Es el momento de organizar a la familia para que lleguen a tiempo a los autobuses y al colegio. Después suelo ir a Misa de diez. Y a continuación me dedico a organizar la casa... Es un trabajo maravilloso, porque supone entregarte continuamente a los demás. Pero esto tampoco te exige estar siempre encerrada, sin abrirte a un horizonte más amplio. Cuando nos casamos, mi marido y yo estábamos muy enamorados, como es normal... No necesitábamos de nada ni de nadie para ser felices, pero esto no quiere decir que nos encerráramos el uno en el otro y nada más... Y aunque todavía procuramos reservar momentos de serenidad para tratar los asuntos más personales y delicados, esto a veces resulta difícil. Cuando los niños se van haciendo mayores, toman parte en todas las conversaciones con los padres. Durante año y medio no hemos tenido apenas tiempo de hablar... Entonces lo que hacíamos era comer rápidamente y yo le acompañaba al trabajo: tomábamos café en una cafetería y así podíamos estar unos minutos a solas. Todo es cuestión de buena voluntad, de ordenarte. Mi trabajo profesional es la casa. A mis hijos y a mi marido les hace una ilusión enorme que sea yo la que arregle la casa y cuide de todo. Además es la única forma de poder ir educando y enseñando a los niños... De nada sirve predicarles si se dan cuenta de que tú no vives eso que mandas. Me preocupa que ahora a los niños se les educa con un excesivo bienestar material. ¡Pero qué cariño es ése! Pienso que a mí me ha venido tan bien pasar una infancia con privaciones... el mayor manjar que ha existido para mí durante años era el pan con tocino. Por eso creo que el educar a los niños con un exceso de comodidades y de caprichos es uno de los mayores daños que se les puede hacer...

Trabajo también -sigue Ketty- en el Departamento de Orientación Familiar de un colegio. Nos preocupa la formación, tanto humana como espiritual de los niños. Pero esta formación debe continuar en la familia. El mayor problema es la falta de confianza. Tiene que haber un diálogo entre los hijos y los padres.

"Entusiasmarlas con este trabajo"

A mí me parece -dice Salomé, la empleada del hogar- que para que haya amistad, a las personas las tiene que unir algo, y, por supuesto lo que más nos puede unir es el trabajo. Por eso las amigas que tengo son también empleadas del hogar, como yo. Lo primero que hago es entusiasmar a mis amigas con este trabajo... No les puedo hablar de que lo santifiquen sino les gusta, si no lo quieren... Hay que empezar por la base y explicarles la importancia y la dignidad que tiene dentro de la familia. Les insisto mucho en el sentido de que traten de especializarse. El prestigio no nos lo va a dar nadie si no nos lo damos nosotras mismas... Luego les explico las alegrías que pueden dar en una casa, lo felices que pueden hacer a la gente que allí vive, les enseño lo que he aprendido... Entiendo la amistad así, como un lazo muy fuerte. Les hablo de que con el trabajo que ellas tienen y que hacen todos los días, pueden ser santas. Les explico que hay que procurar hacer este trabajo con la mayor perfección posible para poder de esta manera ofrecérselo a Dios...

En general -añade Salomé- suelen entender bien el Opus Dei. Muchas amigas mías que no pertenecen al Opus Dei se parten la cara por defenderlo. Una vez les comenté que después de conocer el Opus Dei tan bien como ellas lo conocían, después de conocer los fines sobrenaturales y la sencillez de su espíritu, que no es más que vivir bien las enseñanzas del Evangelio, no podían consentir algunas barbaridades que se oyen a veces por ahí, sin darse cuenta del dado que pueden hacer... Pues una amiga mía de diecisietc años estaba sirviendo la mesa. Sus señores tenían gente para cenar y empezaron a hablar del Opus Dei. Comentaban que todos eran banqueros, políticos, y que .sólo les importaba el dinero y la política. Entonces esta chica les dijo que eso no era verdad, que ella asistía a una Escuela de Hogar y Cultura y que conocía a montones de chicas del Opus Dei que eran empleadas del hogar y que lo único que les importaba era la vida interior, la formación. Luego me comentaba que ni sus señores ni sus amigos volvieron a hablar para nada de esté tema. "Yo me acordaba de todo lo que tú nos habías dicho, y ¿cómo me iba a quedar callada?"... Mis amigas descubren unos horizontes infinitos. Les suele impresionar mucho cuando les hablo de filiación divina. Les explico que a Dios hay que hablarle como a un Padre, y tratar de portarnos bien, no por miedo a que nos vaya a castigar, sino porque le queremos... Generalmente les llama la atención el interés que demuestra el Opus Dei en ayudarles espiritualmente.

"Lo que se dice allí, se vive"

Doy clases de gimnasia -dice Lázaro, el entrenador- en el Puente de Vallecas gratuitamente, aparte de preparar físicamente a más de mil cada año y entrenar a un centenar de atletas. Ese gimnasio tiene trescientos socios. Les doy charlas, primero de virtudes humanas para que puedan entender las virtudes cristianas, y después de doctrina cristiana. Cuando están formados se les explica quién es Dios y qué quiere Dios de ellos, y se les enseña a vivir la libertad y la responsabilidad. Asisten los que quieren, y suelen ser más del ochenta por ciento. Todos son obreros. Tienen deseos de saber y de conocer a Dios. En el gimnasio hablo también con los padres de los chicos. La mayoría, por el sitio en que están, son gente trabajadora, y lo que se hace es una labor social seria, humana y profesional. En las clases doctrinales a los chicos se les abre un mundo nuevo, empiezan a comprender el sentido positivo de la vida cristiana. Chicos que no han pisado la iglesia, porque no se les ha ocurrido hacerlo, o por dificultades de la vida, llegan a plantearse las cosas seriamente y son ejemplos de vida cristiana. Un día pregunté: "¿Cuál es el sexto mandamiento?" No lo sabían. Entonces viene el explicarles. Esta gente piensa que Dios está muy lejos, que no es cosa para ellos, y cuando ven que es para ellos, reaccionan muy bien, lo toman en serio y en un par de meses trabajan de cara a Dios y son de comunión frecuente. Se enfrentan sin doblez con la vida, de un modo llano, sencillo, lleno de sinceridad y de lealtad; montan sus obligaciones sobre la idea del servicio a los demás. Claro que hay algunos que no entienden estas cosas, pero, con constancia, acaban entendiéndolas: de entrada dicen que son ateos a comunistas... Tienen una deformación tan grande a veces que no saben lo que son. Y se dan cuenta de que no son nada. Y se les da formación para que ellos puedan distinguir y elegir lo que les conviene.

-¿Y cómo sirve usted a la Iglesia?

-Se lo acabo de decir. Si no sirves así a la Iglesia, dedicando a la gente dos o tres horas todos los días, usted me dirá cómo hay que servirla. Lo que se hace en el gimnasio es darles ejemplo en todo. Lo que se dice allí, se vive. Y pasa lo que me pasó a mí. Hay alegría, compañerismo, nos ayudamos. Entendámonos: hablo de ayuda moral, espiritual; en lo profesional cada uno se saca las castañas del fuego. A la gente no se les va a dar un plato de lentejas. Se les dan los medios de formación para que nunca tengan necesidad de pedir un plato de lentejas.

"Terriblemente exigente y terriblemente libre"

-¿En qué se basa fundamentalmente el apostolado del Opus Dei?

-Creo que en la amistad y en un auténtico cariño... -dice María Luisa, profesora universitaria-. Me ha pasado en muchas ocasiones empezar a hablar con algunas universitarias y te encuentras que lo que tienen es un problema de confusionismo terrible. A mí me indignan cuando se habla de las generaciones jóvenes. ¡Pero si no les ha dado tiempo a hacer muchas tonterías! ¡Las tonterías las hemos hecho los mayores! Pienso que tenemos que recordar cómo éramos nosotros cuando no teníamos nada que conservar y todo por hacer... Y la experiencia que tengo es que cuando te ven que vives con autenticidad y les explicas las razones de tu actitud, te aceptan siempre.

-¿No resulta difícil vivir en su posición la virtud de la pobreza?

-Pasa lo mismo que con otras virtudes. Hay que vivirla de cara a Dios y es muy personal. A mí nadie me ha dicho que tenga que aportar una cantidad determinada al mes, porque eso dependerá exclusivamente de mi generosidad. Por supuesto, la pobreza la tienes que vivir tú, no tu marido ni tus hijos. Para una persona será prescindir de un perfume o de una marca de cigarrillos, o de la merienda, o de los vestidos de modisto. Cada uno conoce sus puntos débiles y, como todo, creo que es un problema de no escurrir el bulto. La pobreza del Opus Dei está hecha de muchas cosas pequeñas y de muchas cosas que cuestan.

-¿Y no se puede desvirtuar la vocación en un momento dado?

-Bueno... depende de la exigencia, claro, porque desde luego la libertad es terrible. Éste es un examen que se tiene que hacer cada uno. Pero creo que resulta muy difícil aburguesarse dentro del Opus Dei, por los medios de formación, que te van recordando tu entrega y tu amor a Dios constantemente... Además existe una dirección espiritual muy personal, donde te van ayudando y exigiendo. Esto te hace estar al día. Además el OpusDei es una familia y sientes el cariño de la gente que te rodea... si pasas una temporada difícil, sabes que cuentas siempre con la oración y el cariño de todos. Y desde luego, la situación de una persona aburguesada es insostenible. Se marcharía sola, porque además la puerta está completamente abierta para salir. Cuando llevas unos cuantos años encuentras que tienes todo el cariño, la comprensión y la ayuda, pero que todo depende de ti. Yo diría que el espíritu del Opus Dei es terriblemente exigente y terriblemente libre. A mí lo que más me impresiona es que estoy aquí porque me da la gana y soy responsable de mis actos.

-¿Y evolucionará con los años ese espíritu del Opus Dei?

-Cambiarán las personas -concluye María Luisa-, pero el espíritu seguirá siendo el mismo, porque es la doctrina de la Iglesia, el querer de Dios y los medios tradicionales de piedad. Esto no puede cambiar. Yo me río, porque pienso que muchas cosas que vivo perteneciendo al Opus Dei las he aprendido de mi abuela. No defiendo la doctrina del Opus Dei, sino la doctrina de la Iglesia. Y hay una serie de temas que no cambiarán nunca, coma puede ser el tema del matrimonio. Yo di una serie de charlas a universitarias y lo entendían perfectamente. Comentaban que era muy duro, y estoy de acuerdo. El matrimonio es un camino de santidad y esto es exactamente igual para unos que para otros.

"¿De dónde sacas el tiempo?"

La mayor incógnita de mis amigas -afirma Margarita, ama de casa- es la eterna cuestión... "¿Pero tú de dónde sacas el tiempo?". Aunque mi marido y yo solemos decir que de lo único que no tenemos tiempo es de perder el tiempo. Sinceramente creo que el tiempo se estira y se encoge y todo es cuestión de querer. Para esto es aconsejable levantarse a una hora en punto todos los días. Más o menos, desde el día anterior tengo organizado el siguiente, aunque esto es muy elástico, porque las cosas no salen siempre como se tienen previstas. No se trata de organizar un régimen de cuartel, pero sí conviene prepararlo, y tener un horario, aunque sea ligero, porque después van surgiendo cosas. Así da tiempo a dedicar un rato durante el día a hacer oración, tratar a algunas amigas, tener la casa arreglada, y encima dar clases a los niños... Claro, que esto me hace ir corriendo todo el día.

Mi apostolado -concreta- surge naturalmente del trato con las personas que viven por los alrededores de mi casa y que, a fuerza de tratarnos, va nos hemos hecho amigas. Nos vemos y nos buscamos con frecuencia. Cuando ha pasado un poco de tiempo y no he podido estar con alguna de ellas, me suelo acercar a su casa al ir a buscar al pequeño al colegio. Siempre se tiene la oportunidad de ayudar a los demás o de proporcionarles nuevas experiencias en cualquier circunstancia. Con la enfermedad de un hijo mío, que estuvo siete años entre la vida y la muerte, solían venir algunas visitas y a lo mejor comentaban: " ¡Qué horror! Mira que pasaros eso a vosotros...". Entonces era el momento de explicarles que si se tiene una clara conciencia de la filiación divina, si de verdad se está convencido de que Dios es nuestro Padre y de que nos da fuerzas y nos ayuda en todo momento, las cosas se ven de otro modo... Suelo hablar mucho con mis amigas del trabajo de la casa, que puede convertirse en un trabajo profesional muy serio, en el que la falta de controles y de exigencias de un jefe debe ser sustituida por un sentido profundo de responsabilidad. A veces me suelo preguntar: "Si a mí me estuviera pagando una persona de fuera por ni¡ trabajo en la casa, ¿podría mantenerme con este sueldo?". Hablo también mucho con ellas del matrimonio... En realidad todo esto es hablar de Dios. Les suelo aconsejar libros para que se vayan formando y después conversamos sobre lo que han leído. Insisto sobre todo en la idea de que el trabajo no es algo que empieza y acaba en el mismo trabajo, sino que tiene una enorme repercusión, hasta el punto de que puede convertirse en el mejor medio de santificación. Pero esto no sólo para mí, que tengo una vocación concreta, sino para cualquier persona...

Único heroísmo: comenzar y recomenzar

El panorama apostólico de los miembros del Opus Dei es, efectivamente, como tantas veces recordaba Mons. Escrivá de Balaguer, "un mar sin orillas". Cristianos corrientes y responsables, emplean su vida, en el lugar y el tiempo en que ésta se desarrolla, en esforzarse por ser instrumentos dóciles en las manos de Dios para que el mundo sea más cristiano y los hombres se encuentren a sí mismos más dignos y más felices. Su sentido de la filiación divina, mantenido con la oración constante y por la alegría que produce la lucha por desatarse de las cosas y del propio egoísmo, les da una confianza que no admite imposibles, porque "para quienes aman a Dios, todo es para bien". En sus hermosas batallas de paz los fracasos y las victorias se apuntan siempre en el "haber". Procuran vivir de cara a Dios, por eso no pueden perder la alegría, ni sentir desánimo -sino todo lo contrario- por el hecho de que su labor pase muchas veces inadvertida. Ellos, cada uno a su modo, trabajan para Dios, enamorados de un solo ideal -Jesucristo- y empujados por la formidable fuerza de los medios sobrenaturales que la Iglesia pone, desde siempre, a disposición de los hombres.

Cada persona del Opus Dei escribe diariamente en esta tierra una historia sencilla, nutrida de cosas pequeñas, de amor a Dios y a las almas, de virtudes y de defectos, de gracia y de barro, de esfuerzo. Ninguna de esas personas se siente héroe, aunque de hecho resulte heroico ese "comenzar y recomenzar" de cada jornada, volcándose con los miembros de la familia, con los compañeros de trabajo, con los conocidos y con los desconocidos..., buscando en la entrega a los demás -nunca fríamente y en general, sino "con particular cariño"- la propia santificación, de la cual serán ellos los últimos en enterarse, ya que en el Opus Dei no hay "grados de perfección", ni finales de etapa, sino continuas "ganas de dar", buena voluntad en una palabra, porque la razón más sobrenatural de esta vida cristiana de nuestros días es la "realísima gana" y porque la más reciente vocación al Opus Dei -el hombre o la mujer que, en cualquier lugar del mundo, acaba de solicitar la admisión- se siente tan responsable como quien lleva cuarenta años en el Opus Dei.

He dicho ya en alguna parte que la única verdadera historia del Opus Dei es la suma de biografías completas y personales de sus miembros, de todos, porque ninguna es igual, aunque todas lleven esa impronta del mismo espíritu evangélico, siempre viejo y siempre nuevo. Biografías de oración y de acción, de vida contemplativa en las más inverosímiles circunstancias de este mundo, de vida oculta en el actual torbellino de los medios de comunicación. Porque es la médula del mundo la que Dios observa y es sobre esa médula sobre la que Dios actúa, sirviéndose de los cristianos que se empeñan en realizar con decisión su Voluntad sin olvidar nunca que son de arcilla.

Calcular la eficacia del apostolado personal de las personas del Opus Dei sería tanto como descubrir de pronto el fondo de los hombres y de las cosas. A lo largo de mi vida profesional me he encontrado en distintos países con hombres y mujeres del Opus Dei y, aunque he podido apreciar el mismo espíritu en todos ellos, me he convencido también, por la riquísima variedad individual, de que la única explicación del Opus Dei es la sobrenatural, pues no se puede entender de otro modo el hecho de que hombres de tan distintas razas y de tan variada condición puedan entregarse a un ideal con la fuerza, la alegría y la decisión con que lo hacen; ni se podría entender tampoco su rapidísima difusión por el mundo desde una fecha tan cercana a nosotros como 1928.

Y viene bien recordar, por último, por su especial limpidez, en este panorama apostólico el capítulo, sin puertas como el campo, de los Cooperadores del Opus Dei que se acercan a Dios en todo el mundo -no con teorías, sino arrimando el hombro y dando una mano para hacerlo más habitable-, algunos sin disfrutar siquiera de la fe católica al comienzo de su colaboración. ¿Quién conoce a estos millares de personas corrientes que descubren lo inesperado -y del modo más inesperado- en cualquier lugar de los cinco continentes y que, con frecuencia, dan lecciones de generosidad a los mismos católicos?... Joseph, publicitario nigeriano, y su amigo Gabriel, profesor universitario en Lagos; Cees, catedrático de Utrecllt; Paco, conductor de autobús en Sevilla; Carolina, escritora anglicana, convertida en 1971 al catolicismo, en Londres; Maite, ama de casa española; Pascale, investigadora del Departamento de Genética de la Facultad de Medicina de la Universidad de Paris; George, comerciante egipcio de Sidney, de religión copta ortodoxa; Nicoletta, campesina de Brescia (Italia); Marcela, enfermera que trabaja en el Departamento de Pediatría de la Universidad de Ibadán; Herminio, mecánico portugués; Ana María, catedrático de Historia en un Instituto de enseñanza media de Madrid; Eberle, industrial alemán; Anne, madre de familia, casada con un minero de Glasgow; Kawada, matemático de la Universidad de Kioto; etc.

Éste es el apostolado de los miembros del Opus Dei. Hombres y mujeres que viven el compromiso del bautismo y que "pasan la bola" del Evangelio a lo largo y a lo ancho del mundo, con conciencia de que no es sólo para ellos, porque Jesucristo vino a redimir a todos, y a cada uno en particular, y quiere indudablemente que el fuego se propague sin acepción de personas.

La forma de este apostolado, si no lo hemos comprendido ya, es la de una gran catequesis, a escala mundial pero siempre de un modo personal Y directo, que lleve a los hombres y a las mujeres "a hablar con Dios y a hablar de Dios", lo más importante indudablemente de esta vida y de la otra. Es lo que hizo, con una entrega admirable, Mons. Escrivá de Balaguer. Y es lo que tratan de hacer, cada uno en su sitio, con su profesión y con su trabajo, los miembros del Opus Dei, para que el "depósito de la fe", que los cristianos hemos recibido sin ningún mérito por nuestra parte, llegue a más gente y se transmita, limpio, íntegro v vivido, con la misma lealtad con que lo hicieron los cristianos de la primera hora que conocieron físicamente a Jesucristo, el Dios hecho hombre para quedarse con nosotros hasta el final de los siglos. Se trata de la aventura -profunda y siempre poco conocida- de Dios en la Tierra. De la aventura del cristianismo vivido.

En unión con la Jerarquía

En esta divina aventura, los miembros del Opus Dei, igual que los demás fieles, secundan todas las directrices de los legítimos Pastores de la Iglesia. Omnes cum Petro ad Iesunt per Mariam, gustaba de repetir Mons. Escrivá de Balaguer. Y en 1934 escribió: Cristo.María. El Papa. ¿No acabamos de indicaren tres palabras, los arnore.s que compendian toda la /e católica

Son estas tres palabras las que componen el programa que ha guiado su vida entera, la de todos los miembros del Opus Dei y la de cientos de miles de personas en todo el mundo.

Junto con este amor al Papa, forma parte muy importante del espíritu de la Obra -como ya he dichola veneración a los respectivos Obispos y la oración generosa y constante por su persona e intenciones. El apostolado personal de cada miembro del Opus Dei con sus amigos y compañeros lleva a que haya muchos más católicos activos que frecuentan los templos, y colaboran generosamente en las diversas iniciativas apostólicas que hay en las diócesis.

En el Decreto de Introducción de la Causa de Beatificación y Canonización de Mons. Escrivá de Balaguer, el Cardenal Poletti, Vicario del Papa para la diócesis de Roma, señalaba que "Mons. Escrivá vivió el propio ministerio como servicio desinteresado a la Iglesia, y enseñó a sus hijos, repartidos por el mundo, a actuar en firme unión con la Jerarquía ordinaria y en absoluta fidelidad al Magisterio, de modo que, en todas las diócesis donde trabaja el Opus Dei, la fidelidad al Romano Pontífice y la lealtad a la Jerarquía son inconfundibles características suyas". Esta unión con la Jerarquía, siempre vivida, ha sido, si cabe, reforzada con la erección del Opus Dei como Prelatura personal.

Por ejemplo, los Obispos de las diócesis donde hay Centros saben bien que la Obra, antes de erigirlos, solicita la venia del Obispo del lugar. y que le mantiene puntualmente informado de las actividades apostólicas que vaya desarrollando. En cada diócesis, el Opus Dei desea única y exclusivamente servir a las necesidades pastorales de las Iglesias locales.

En conclusión, se puede decir que los miembros del Opus Dei están y viven desperdigados, cada uno en el sitio en que le buscó el Señor: ahí deben esforzarse diariamente por santificar el trabajo -que es medio de subsistencia para sí y para los suyos-, por santificarse en el trabajo, y por convertirlo en ocasión de apostolado. Y el Opus Dei, según sus fines y modos apostólicos, se limitará a proporcionarles la asistencia espiritual necesaria para su vida de piedad, y una adecuada formación espiritual y doctrinal.

Como consecuencia de esta formación, en la que se inculca el amor y la veneración a la Iglesia y a sus legí-timos Pastores, los fieles de la Prelatura pueden participar -si les corresponde y libre y responsablemente lo desean- en los organismos diocesanos. Pero nunca lo hacen representando a la Obra, sino a título exclusivamente personal. Porque el Opus Dei no es ni puede actuar como grupo, ni en esto ni en cualquier actividad humana por noble y generosa que sea.


La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer
Luis Ignacio Seco

 

Prólogo
El Opus Dei en el mundo
Algo de historia
¿Qué es el Opus Dei?
Gobierno del Opus Dei
La gente del Opus Dei
El apostolado: Un mar sin orillas
Iniciativas apostólicas de los miembros del Opus Dei
Epílogo: Por todos los rincones de la tierra