La gente del Opus Dei

Los miembros del Opus Dei son, como se puede ver, personas corrientes que desean llevar una vida plenamente cristiana, buscando la santidad y ejerciendo el apostolado, en su propio estado y en su propio trabajo en medio de la sociedad civil.

En el fondo la cosa no puede ser más sencilla. Cada persona del Opus Dei se compromete en concreto a practicar las virtudes cristianas propias de su condición en el mundo, y a ejercer el apostolado en la medida de sus posibilidades y según su situación personal. Como es lógico, esa diversidad de situaciones personales trae consigo una variedad de participación en las labores apostólicas según que puedan dedicar más o menos tiempo, según que puedan desarrollar una u otra actividad, etc. La mayoría de los miembros de la Obra son personas casadas, que procuran vivir seriamente el cristianismo en el seno de su hogar. Otros, en cambio, deciden permanecer célibes, con el fin de dedicar más tiempo a las tareas de formación de los demás miembros y a las diversas actividades apostólicas. Y en correspondencia a esa dedicación de sus miembros, la Obra se compromete a su vez a darles ayuda espiritual y orientación para sostener e incrementar su vida interior, al mismo tiempo que les estimula para que en su acción apostólica puedan servir a todas las almas. Por tratarse de cristianos corrientes, en el Opus Dei se da la misma variedad de personas que en cualquier sociedad: hombres y mujeres, ,jóvenes y viejos, solteros y casados, sanos y enfermos; y hay en, la Obra personas de cualquier condición social y de cualquier profesión. "Para formar parte del Opus Dei -ha escrito Mons. Escrivá de Balaguer- se necesita sólo la buena voluntad de corresponder a la vocación divina, que invita a buscar la perfección cristiana en el propio estado y en el ejercicio de la propia profesión u oficio en el mundo, según el espíritu del Opus Dei. Precisamente por eso pertenecen a la Obra hombres y mujeres de las más diversas condiciones: porque la vocación la da Dios y... porque para Dios no hay acepción de personas".

A esa multiplicidad de situaciones personales corresponde precisamente una forma personalísima de actuar la misma vocación que cada uno ha recibido, porque, como me decía uno de ellos, "en el Opus Dei cada uno se organiza como le da la gana". Unos pocos residen en centros de la Obra con el fin de estar más disponibles para trabajar en la dirección espiritual y doctrinal de las tareas de formación, pero la mayoría viven con su familia o en aquellos lugares donde los lleva a permanecer el desempeño de su labor profesional.

Del Opus Dei forman parte además sacerdotes, que se ordenan cuando ya pertenecen a la Prelatura y se dedican principalmente -aunque no de manera exclusiva- a la atención espiritual de los demás miembros de la Obra y son, por vocación, sacerdotes seculares en cualquier diócesis donde se encuentren.

Otros, después de haber recibido las sagradas órdenes, se asocian, para mejorar su vida espiritual, en la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, Asociación inseparablemente unida a la Prelatura, sin que esto disminuya -lógicamente- en modo alguno su condición de sacerdotes diocesanos ni su plena dependencia del propio Ordinario, como ya hemos visto.

En resumen, pues, se puede decir que en el Opus Dei hay laicos y sacerdotes seculares; que entre los laicos, hay personas casadas y otras que permanecen célibes; y que, tanto entre los casados como entre los célibes, hay personas de todas las profesiones y ambientes sociales.

Y existen también Cooperadores -muchos de ellos no católicos- que, sin ser propiamente miembros de la Obra, colaboran en las actividades apostólicas con su oración, sus limosnas o su trabajo.

"He trabajado como un indio y..."

A la gente del Opus Dei hay que encontrarla en la calle, es decir, en el lugar donde trabaja o donde vive, y no es fácil que se pongan a contar su vida -vidas corrientes de personas corrientes- al primero que se acerque, sobre todo en lo que se refiere a su aspecto más íntimo, que es el espiritual. No podía ser de otro modo. Como la absoluta mayoría de los habitantes de este planeta, ninguno de ellos se siente noticia. Llegarán a serlo algunos, como cualquiera, por sus actividades, pero nunca por el hecho de pertenecer al Opus Dei. Por eso tienen verdadero mérito periodístico las entrevistas rápidas y vivas que hicieron a algunos miembros de la Obra varios periodistas, y que nos pueden ofrecer un animado mosaico de la cercana realidad del Opus Dei.

Manuel, por ejemplo, es un industrial catalán que se hizo a pulso en la vida. Tiene setenta y dos años y cuatro hijos varones.

-¿Cuándo conoció el Opus Dei?

-En 1951. Entonces mi segundo hijo, Antoni, estudiaba para ingresar en Ingenieros Industriales, aquí en Barcelona. Yo observé que todas las tardes él se marchaba, aparecía a la hora de cenar, y luego se quedaba a estudiar por la noche. "¿Dónde vas?", le pregunté. "Al Colegio Mayor Monterols, del Opus Dei", me contestó. "¿Y eso qué es?", volví a preguntar. Me dijo que allí estudiaban y me dio una explicación somera, añadiendo: "Si quieres enterarte de más, en Monterols te lo explicarán". La primera gestión que hice al día siguiente fue ir a ver a un fraile dominico, al que conocía, y le dije: "Tengo un hijo que frecuenta una residencia del Opus Dei; ¿qué le parece?, ¿qué debo hacer" Y me dijo: "Te contestaré con cuatro palabras: vale mucho más que vaya allí que a cualquier otro sitio; no te preocupes".

-¿Y se quedó usted tranquilo?

-Se lo dije a mi mujer y fui a Monterols. "Soy padre de Antoni y quisiera saber de buena tinta qué es el Opus Dei". El Director me lo explicó y me enseñó todo. Me habló del Fundador de la Obra, de que quien recibe esta vocación se guía por unas normas de vida cristiana, de que es una manera de procurar que la gente se santifique en su trabajo, donde Dios le ha puesto... Y yo pensaba mientras le oía: "He trabajado como un indio, no sé lo que son sábados, fiestas, ni vacaciones, de día y de noche... y cuántas veces me he preguntado, ¿para qué te servirá todo esto?"... Al salir de allí me dije: "Hoy he descubierto la cosa mayor de mi vida; esto me cuadra; he trabajado como un indio, desordenadamente, sin más, y resulta que trabajando puedo además santificarme. ¡Esto es fantástico! ". Luego, mi hijo mayor me invitó a un curso de retiro espiritual, y fui conociendo más a fondo el Opus Dei. Y mi hijo Antoni, muy satisfecho. El ya era de la Obra. Siguió estudiando y acabó la carrera, se consiguió él mismo una beca del gobierno americano y se fue dos años a Boston, al MIT, para estudiar. Ahora hace tres años que se fue como profesor de matemáticas a la Universidad de Ibadan, en Nigeria, pagado por la Universidad de Londres.

-¿Qué le decidió a usted a hacerse del Opus Dei?

-Conocer esta elemental base de su espiritualidad: que sin ser un anacoreta, ni un fraile, ocupándome de mi trabajo y de mi familia, podía buscar la santidad. Primero fui Cooperador del Opus Dei, y al cabo de un tiempo pedí la admisión.

-¿Qué hacía como Cooperador del Opus Dei?

-¿Qué hacía?... Rezar cada día por la Obra, ayudar con dinero a una labor apostólica y tratar de acercar a Dios a mis familiares, amigos de la profesión y a otros amigos.

-¿Y qué le da el Opus Dei?

-Me da continua formación y dirección espiritual. No sé... no me da nada más... y nada menos; me ayuda en lo espiritual, que es lo verdaderamente interesante. Como padre de un chico del Opus Dei, que dedica todo su tiempo a Dios y al apostolado, no hay que negar que recibimos, de momento, un golpe: al marcharse de casa nos pareció que le perdíamos; pero al pasar los años, vemos que le ganamos; lo hemos perdido mucho menos que a otros hijos. Nos escribe muy frecuentemente. La familia entera le admira. Cuando alguien me ha hablado de intereses, le he preguntado: " ¿Os parece que se lo pasará cañón?". Un chico que se va voluntariamente a Nigeria a empezar la labor apostólica del Opus Dei -con lo que cuesta empezar de cero cualquier cosa-, con unas temperaturas de 35 grados todo el año, con esa cantidad de mosquitos, en un medio social tan distinto... para mí esto es fenomenal, y a ver quién puede criticarlo. Lo estoy viviendo día a día con él. Podéis multiplicarlo por lo que queráis. Como él son todos los que he conocido. Nuestro hijo, esté donde esté, aparte de la frecuencia con que nos escribe, no se olvida jamás -es de una puntualidad cronométrica- de felicitarnos en todas las ocasiones..., más que los que están cerca. La distancia es sólo física. A mí y a mi mujer nos parece que le tenemos al lado... Uno de mi familia no quiere ni oír hablar del Opus Dei, y sin embargo, dice: "Ah, pero Antoni es una excepción". "¿Crees -le contesté- que se ha hecho el Opus Dei sólo para él? ¿Crees que han fabricado sólo uno a su medida? No, hombre: Antoni no es un caso, no es una excepción...".

Un libro de un historiador alemán

El Prof. Petcr Berglar enseña historia en la Universidad de Colonia desde 1971, es hijo de periodista y escritor, y ha publicado, entre otras, una monografía sobre Metternich. Le hemos preguntado sobre el Opus Dei y su Fundador.

-He escrito un libro sobre Mons. Josemaría Escrivá, aunque no le conocí personalmente. Desde luego es algo arriesgado, y quizá convendría explicar cómo llegué a conocerle: no personalmente, ni tampoco a través de sus escritos, en la teoría, sino a través de sus hijos espirituales, los miembros de la Obra. Me encontré con gente llena de buen humor, de alegría en el trabajo y derrochando amabilidad, lo que -tanto en mi impresión subjetiva como objetivamente- les distinguía con ventaja del clima de malhumor tan extendido...

Los de la Obra han sido para mí como espejos, en cada uno de los cuales se reflejaba Mons. Escrivá de Balaguer. Y al mirar en esos espejos, uno siente muy pronto ganas de volverse hacia aquel que te contempla y te habla desde el espejo.

-¿Por qué se ha interesado usted por la figura del Fundador del Opus Dei?

-El que yo, que soy historiador, me haya propuesto un trabajo así, que no entra directamente en mi campo de la historia moderna, se comprende porque Josemaría Escrivá de Balaguer es ciertamente una de las grandes figuras, no sólo de la historia del siglo XX, sino de la historia de los tiempos modernos. ¿Por qué? Porque ha sido un renovador de la vida cristiana, uno de esos renovadores que son enviados una y otra vez a la Iglesia del modo y en el momento en que le hacen falta. Y la renovación consiste en que ha liberado a los cristianos de la escisión entre sentir por una parte el anhelo de Dios y de seguir a Cristo y por otra parte el haberse acostumbrado a pensar, durante siglos, que esto no era posible para un hombre corriente, metido en la vida cotidiana. Se había abierto un foso entre cristianos de primera y de segunda clase, es decir, entre cristianos, a quienes se suponía con fuerzas para conseguirlo, porque eran sacerdotes o religiosos, y la gran mayoría de los demás, que podían ser también cristianos cumpliendo ciertas exigencias mínimas. El Fundador del Opus Dei ha salvado este foso. Lo expresa de modo gráfico al decir que hay que aprender a realizar el trabajo de Marta con el espíritu de María.

-¿Qué rasgo de su personalidad le gustaría resaltar?

-Que lo que dice Mons. Escrivá hay que tomarlo absolutamente al pie de la letra. No hablaba por hablar, no afirmaba algo para retractarse luego con un "eso no lo decía en serio". Lo que dice debe tomarse en un sentido existencial. Nosotros corremos siempre el peligro de que ciertas palabras se nos conviertan en tópicos, por ejemplo el considerar el Opus Dei como familia. El carácter familiar de la Obra, oímos decir. O la universalidad de la Obra. O cuando su Fundador dice "omnia in bonum", todo es para bien... Hay que convencerse de que cada una de estas palabras contiene una afirmación de alcance existencial. Por ejemplo, cuando habla de la Obra como familia no usa una metáfora o una alegoría; quiere significar que la Obra es, en gran escala, una familia de lazos sobrenaturales que posee exactamente las mismas estructuras y las mismas normas de vida que una pequeña familia en el sentido biológico, social. Y cuando dice yo soy, para los miembros de la Obra, padre y madre, hay que tomarlo igualmente al pie de la letra, no como una bonita metáfora. Quiere dar a entender: yo soy padre porque oriento, enseño, dirijo a mis hijos en el Opus Dei. Pero soy también madre porque les amo con la ternura de una madre y porque les he engendrado de mi propio ser con oración y sacrificio, les he dado a luz.

"La alegría no nace sola"

Margarita es una madre de familia que vive en San Fernando (España). Conoció el Opus Dei en 1952 a través de su novio, que hoy es su marido y trabaja en una fábrica.

-¿Le resulta fácil eso de santificar el trabajo?

-A mí me parece que buscar la santidad no es una tarea fácil. Es verdad que en el Opus Dei te ayudan continuamente en el terreno espiritual, y por eso no te encuentras sola, sin fuerzas... Ahora mismo tengo problemas con los hijos, con distintas enfermedades, y además problemas económicos. Lo importante es que he aprendido a darme cuenta de que Dios me busca ahí, en esas circunstancias concretas. Y me proporciona una enorme serenidad y alegría saber que Dios me busca en ese momento y que no estoy nunca sola... A veces no comprendo cómo puedo resistir tanto, pero esto no nos debía extrañar, porque es Dios quien nos da las fuerzas. Y así sale todo adelante, la casa, los niños, el matrimonio.

-Me tengo que quebrar bastante la cabeza para salir adelante... La verdad es que vivimos con bastantes dificultades. A fin de mes tengo que hacer auténticos milagritos... y me las veo y me las deseo para estar a la altura de la situación. Tengo cuatro hijos y un sobrino que vive siempre con nosotros. A veces, cuando veo los equilibrios que hay que hacer con el dinero, me entran ganas de buscarme un trabajo, lo que sea... Pero mi marido me dice: "Vamos a ver: piensa lo que tú ganas si te quedas en casa; mira todo lo que ahorramos... ". Y tiene razón. Poco a poco vamos prescindiendo hasta de lo imprescindible. Incluso del peluquero, porque ahora les corto yo el pelo a todos... Parece una tontería, pero a la larga vas ahorrando bastante. La pobreza tiene que ser algo muy personal, vivido en pequeños detalles. Los niños ayudan mucho en este aspecto..., lo aprovechan todo al máximo.

-¿Qué virtud de las que le aconsejan en el Opus Dei le parece más característica?

-Creo que una de las más características es la alegría. Esos siete años en que mi Rafa estuvo entre la vida y la muerte constantemente fueron muy penosos... Los dos estábamos destrozados y el sacerdote nos repetía que no podíamos perder la alegría... Esto no lo podía entender... Hasta que poco a poco lo fui entendiendo... Cuando mi marido regresaba de la fábrica, yo me arreglaba, le contaba todas las cosas graciosas que se me ocurrían para evitar que me hablara todo el tiempo del niño... Con la enfermedad de Rafa fuimos aprendiendo los dos a conservar la alegría en las dificultades. Los médicos no nos daban ninguna esperanza de vida... Durante años estuvimos esperando el final de un momento a otro. Y creo que puedo decir que incluso en esos momentos se puede ser cordial y tener serenidad... Nosotros tuvimos que estar años y años sin salir ni un solo día. En casa, desde luego, nos falta de todo, pero nos sobra el buen humor a toda la familia... Claro que la alegría no nace sola, ni es algo espontáneo... Pienso que es fruto de la oración personal. Es lo único que te puede mantener cuando llegan momentos en los que no se puede más. Para una persona que quiera acercarse a Dios me parece fundamental la vida de oración... ¡Fundamental!... Porque nada tendría sentido sin oración... ni el trabajo, ni nada. Además, la oración es necesaria para todo. Incluso para educar a nuestros hijos hace falta mucha oración. Llega un momento en que los niños empiezan a tener problemas, y no se les entiende... Pero si se reza por ellos y se ofrecen a Dios las mortificaciones y dificultades de cada día, ¿por qué tener miedo? Muchas veces pienso que nuestros hijos tienen derecho, sobre todo, a nuestra oración y a nuestra mortificación... Si rezáramos más y nos preocupáramos más de ellos, no pasaría lo que pasa a veces. Hay que conocer el ambiente en el que se desenvuelven, conocer sus amistades...

Un matrimonio de Lagos

Son ahora un profesional africano de Lagos (Nigeria), Mr. Biodun Sanwo, y su esposa, ambos del Opus Dei, quienes responden:

-Mr. Sanwo, ¿qué efecto ha tenido el Opus Dei en su vida?

-El Opus Dei ha cambiado completamente mi vida. Cuando conocí el Opus Dei y empecé a pensar que Dios podía decirme que me hiciera de la Obra pensé que era completamente incompatible con mi vida normal de trabajo... y pensé que era imposible. Ahora estoy muy contento al ver que estoy en el Opus Dei y que soy perfectamente feliz en mi quehacer profesional y en mi vida normal.

-¿Cómo ha reaccionado la gente a su alrededor ante su nueva vida, como usted la llama?

-Al principio, cuando me hice de la Obra la gente estaba muy sorprendida. Ahora, algunas de esas personas son ya Cooperadores del Opus Dei.

-¿En qué forma ha participado usted en la expansión del Opus Dei en Lagos?

-He tenido la suerte de haber sido una de las personas del Opus Dei en sus primerísimos momentos aquí en Lagos. Me vienen ahora a la cabeza los primeros momentos. Estábamos tratando de empezar un Club juvenil, y necesitábamos aulas pero no teníamos espacio. El único sitio disponible era un garaje. Tuvimos que reunir dinero para convertirlo en una clase decente. No sólo lo usamos como aula para los chicos sino también para reuniones con profesionales. Realmente era bueno trabajar en estas cosas. Estoy muy contento de ver que ahora usamos ya un edificio llamado Helmbridge Study Centre, y, aunque todavía tenemos que acabar de pagarlo...

-Señora Sanwo, ¿qué es lo que le ha impresionado más entre las enseñanzas del Fundador del Opus Dei?

-Una enseñanza del Padre que siempre me ha impresionado mucho es que el trabajo es un medio de santificación. Antes yo acostumbraba a ponerme nerviosa y empezaba a refunfuñar cuando trabajaba demasiado y me sentía cansada, pero ahora ofrezco mi trabajo a Dios y lo hago más contenta y más diligentemente tanto en casa como en la oficina.

-¿Ha afectado el espíritu del Opus Dei a su vida familiar?

-El espíritu de la Obra ha afectado grandemente a mi vida familiar. Antes yo me enojaba fácilmente con los niños, que siempre están causando problemas y gritando por toda la casa. Ahora tengo mucho mejor humor. Los comprendo más y no me enojo fácilmente. Como mi marido también es de la Obra, nuestro hogar es ahora más feliz y alegre de lo que acostumbraba.

-¿En qué manera piensa usted que el Opus Dei puede ayudar a la gente en Lagos y en Nigeria en general?

"Ahora noto más mis defectos"

(Manuel Armesto Garcia falleció el 11-X-1979. Publico la entrevista tal como apareció en 1976.)

Manuel es ciego desde los 17 años y tiene ahora 46. Vendió cupones, se hizo profesor mercantil y trabaja en la Organización de Ciegos. Es miembro del Opus Dei desde hace seis años. Conoció la Obra por un sacerdote.

-Me acuerdo que me impresionó mucho cuando me dijeron: "La oración se hace aunque prenda fuego la casa". Era una manera de decir, claro... para que viera la importancia de tener todos los días un rato de relación y de hablar a solas con Dios. Me impresionaba la alegría y el observar en todos cómo se vive en la presencia de Dios... Se nota mucho que llevan una vida espiritual intensa y constante. Y las virtudes humanas, que se aprecian en todos ellos. No sé qué pasa, que sin darnos cuenta, las adquirimos. Yo, que soy un ceporro y creo que soy igual que era... resulta que la gente me hace notar que no.

-¿Y no ha cambiado?

-Tenía un genio tremendo, y ahora me lo aguanto. Me dicen que tengo buen carácter. El Opus Dei tiene que salir a pesar de nosotros. Y sale...

-¿Se considera mejor que los demás?

-¡No, hombre, no! Sigo con los mismos defectos que tenía, pero tengo la alegría de saber que no importa, si lucho por tratar de dominarlos, y que el Señor está contento si lucho contra ellos. Yo tenía mi soberbia, me lo tenía muy creído. Y ahora noto más mis defectos, porque me preocupo de examinarme. Soy muy bueno si me comparo y muy malo si me examino: he aprendido a no compararme y a examinarme.

-¿Qué le da el Opus Dei?

-En lo espiritual, no lo podría medir. En lo material, al Opus Dei hay que darle todo. El Opus Dei lo que hace es pedir y no dar.

-¿Qué le da usted al Opus Dei?

-Nada. Lo que le doy no tiene valor. Pienso, y creo que nos debe pasar a muchos... o a casi todos, que lo que hago es estorbar.

-He oída decir que los ciegos tienen más vida interior...

-Tonterías. No es verdad. Somos igual que antes, pues somos las mismas personas que antes. A las dos semanas eres igual que una semana antes de quedar ciego. Se adapta uno, y espiritualmente sigues siendo el mismo.

-¿Qué virtudes considera más importantes como miembro del Opus Dei?

-Aparte de la caridad, la humildad, la fe y la esperanza, que son básicas, considero muy importante la alegría, la reciedumbre, la laboriosidad, la lealtad, la sinceridad...

-¿Qué hace usted para conseguirlas?

-Pedir ayuda a1 Señor y a Santa María, porque yo, por mí mismo, no sería capaz nunca de conseguirlas.

Taxista en Madrid

Félix es taxista en Madrid y, como todos los de esta profesión, se pasa muchas horas al volante, con frío y calor, con lluvia y con sol, con ganas o sin ellas. Una vez dos señoras que habían subido al taxi se liaron a hablar del Opus Dei para concluir que sólo le interesaba el contacto con las clases medias y dirigentes. Félix se volvió entonces con una gran sonrisa y les dijo: "Están ustedes equivocadas; yo soy del Opus Dei, y ya ven... ".

-¿Cómo conoció usted el Opus Dei?

-Por un amigo taxista, vecino de casa. Me habló de la Obra, y aunque yo pensaba ya mucho -tenía inquietudes de índole espiritual-, creía que no podría nunca ser de la Obra. Pero a medida que la fui conociendo, vi que era el camino por donde el Señor me había llamado.

-¿Qué es para usted el Opus Dei?

-Ha sido mi felicidad. Es fabuloso el cambio que mi vida ha dado en el trabajo. ¡Darme cuenta de que es el sitio donde el Señor me ha puesto para servir a los demás! Antes veía el trabajo como una cosa forzada, que no había más remedio.

-¿Y ahora?

-Como el medio de mi santificación, y de la santificación de los que me rodean.

-¿Quiénes son sus amigos?

-Hombre, pues mis amigos son los compañeros taxistas y por mi profesión anterior, que yo era vaquero, mucha gente del campo.

-¿Y saben que es usted del Opus Dei?

-Yo creo que sí, porque ellos me conocen de sobra y en diversas ocasiones hemos hablado del Opus Dei.

-¿Cómo se apunta uno al Opus Dei?

-Hombre, qué pregunta.

-¿Hay que pagar una cuota o algo así?

-Nada de eso. Lo que hace falta es querer vivir cara a Dios. Tener vocación para la Obra y pedir la admisión, y eso, "querer ser".

-¿Cómo puede usted vivir una vida de oración en medio de su trabajo?

-Desde que salgo a trabajar pienso que es un día nuevo para ofrecer al Señor. A cada viajero que sube al taxi, procuro hacer con él como haría el Señor mismo.

-¿Usted se considera al servicio de los demás?

-Sí.

-¿Al servicio del Opus Dei?

-Soy yo el que me sirvo del Opus Dei, de la doctrina que recibo.

-¿Es duro esto de ser del Opus Dei?

-Tan duro como es el tratar de ser un buen cristiano, pero si el Señor le da a uno vocación, no resulta difícil superar las dificultades.

-¿Tiene que explicar frecuentemente la Obra?

-Frecuentemente, no. Yo procuro informar a todo el mundo y, cuando es necesario, aclaro las dudas de algunos.

-¿Qué argumentos emplea?

-Pues les explico en qué consiste el Opus Dei y, si viene a cuento, que no sólo hay políticos y banqueros, como dicen algunos. Yo me muevo en un ambiente en el que no hay ninguno de esos señores. Yo mismo soy un buen argumento.

-¿Que es lo que siente usted siendo del Opus Dei?

-Una inmensa alegría. Porque sólo aspiro a hacer mejor las cosas. Tanto en el trabajo como en la vida de familia. Quizá lo que yo no sé es expresarme, porque mi cultura es poca...

-¿Sus hijos van a ser del Opus Dei?

-Mis hijos serán lo que ellos decidan ser. Yo, procuraré darles una cultura y una formación cristiana mejor que la pude recibir yo.

Una conversación en Boston

20 de agosto. Estoy en Boston con el matrimonio Freemont-Smith, Maury y Harriet. Les pregunto:

-El Fundador del Opus Dei hablaba con frecuencia sobre la vocación de llevar adelante una familia. ¿Qué consejos suyos les han ayudado de forma especial en su vida de familia?

-Bueno, yo diría -comienza él- que había muchas cosas del Fundador del Opus Dei que nos ayudaban, y siguen ayudándonos en la vida de familia. Probablemente lo más destacado es cuando decía que el mejor don que podemos dar a nuestros hijos es querernos mucho entre nosotros. Y ser muy leales y muy felices el uno con el otro. Y hay muchas cosas más. Cuando hay que corregir a los hijos, procurar hacerlo por amor, y no por impaciencia.

Otras cosas podrían parecer de poca importancia: por ejemplo, tertulias de familia y el estar apiñados en la familia, pero no lo son. Unen mucho a las personas, les dan un sentido de unidad y de lealtad.

Ahora es Harriet quien habla.

-También decía cosas muy bonitas sobre la libertad, y lo importante que es que los padres den a los hijos la libertad, aun la libertad de cometer un error. Pero de lo que más me acuerdo es que dijo: "Si el marido y la mujer discuten -y tiene que ocurrir porque somos humanos- no debe ser delante de los niños. Pero si lo hacen, entonces deben tener la delicadeza de hacer la paz también delante de los hijos".

-Harriet, ¿cómo encuentra tiempo para seguir con sus afanes profesionales, y también cuidar de sus responsabilidades familiares?

-Creo que ser madre de nueve niños es una empresa muy profesional. Es una aventura. Pero también creo que es importante que la mujer tenga otras ocupaciones fuera del hogar. Les ayuda a tener más interés en sus familias cuando están en casa. Pero estar en casa ha venido a ser para muchas mujeres una cosa que consideran poco deseable. En cuanto a mí, yo pienso que es formidable tener la influencia de educar a todas esas personas -los niños son personas-. En fin, organizarse y tener disciplina. Y el propósito de no limitarse a la casa, sino salir fuera y divertirse un poco también.

-Maury, voy a hacerle esta pregunta: ¿Cómo cree que el Opus Dei podría ayudar a los profesionales que piensan muchas veces que están demasiado ocupados, que no tienen tiempo para practicar su fe?

-En todo esto se trata de tener prioridades. Siempre conseguimos acabar lo que realmente nos interesa. Si queremos ver la televisión, encontraremos el tiempo. Si queremos estar con nuestros hijos, encontraremos el tiempo. Si queremos unas vacaciones, encontraremos el tiempo para estar en la montaña o donde sea. Ahora bien, si una persona quiere aprender a amar más a Dios, si alguien se interesa suficientemente en la vida eterna, para el que quiera aprender más, el Opus Dei le ofrece un programa de formación e información que le ayudará a realizarlo. Ajustando esta dedicación a la vida diaria, sin cambiar nada en esta vida, pero ayudándonos a dedicarnos más a ese fin, de amor a Dios, ayudando a otros, formando amistades, cosas que querernos hacer porque son importantes.

De los de arriba y de los de abajo

Salomé, navarra, es empleada del hogar en una residencia femenina y profesora de Tintorería en una Escuela de Hogar y Cultura de Pamplona. Ahora se está especializando también en Repostería...

-¿Qué es lo que más le impresionó del Opus Dei?

-Al principio me atraía la parte humana del Opus Dei... Y al mismo tiempo lo veía tan de Dios, tan de Dios... No entiendo cómo con tan pocos años podía darme cuenta de esto. Me gustaba el corazón grande que tenían, que era universal, que se preocupaban lo mismo de los de arriba que de los de abajo, de los blancos que de los negros... Me daba yo mucha cuenta de toda la gente que conocía del Opus Dei, lo unidos que estaban y el cariño que se tenían. Me daba mucha cuenta... Cuando me hablaron de apostolado me entusiasmé... Como soy muy sociable y tengo siempre muchísimas amigas, entendí muy bien que el apostolado se basara en la amistad y que había que ser amiga de verdad de la gente. Pensaba: "Justo, es lo mío... ". Y pedí la admisión en el Opus Dei. Al poco tiempo conocí a Mons. Escrivá de Balaguer y me parece a mí que desde entonces crecí más de prisa. Porque me causó una impresión enorme las cosas que dijo. Entre tanta gente, se fijó en mí, no sé si es que me vio muy pequeña, y me dijo que si quería ser fiel al Opus Dei, que fuera siempre muy sincera... No se me olvidará nunca.

Entrenando a atletas

Lázaro es profesor de Educación Física y Entrenador Nacional de Atletismo en España.

-¿Por qué se hizo del Opus Dei?

-Me movió el ambiente y la alegría que encontré. Me atraía la seriedad que se ponía en la religión, en cumplir como buenos cristianos. Por supuesto, me he hecho del Opus Dei porque Dios me ha llamado. Si no, no estaría. Luego lo que más me contagió fue la alegría, el compañerismo, los amigos de verdad.

-¿Qué significa para usted ser del Opus Dei?

-Vivir siempre alegre. Darle a la vida un sentido muy positivo, aun en momentos muy difíciles en lo profesional, en lo económico, etcétera. Pongo lo que puedo de mi parte y Dios se encarga de que salgan las cosas. En el Opus Dei he encontrado mucha alegría, una gran comprensión, y principalmente, una gran formación espiritual y humana. Y de esta formación saco ayuda, dentro de lo que cabe, para salir adelante sin que a uno le ayuden... Me han enseñado a no enquistarme, a no quedarme paralizado, a estar al día, a no anticuarme... Si tienes atletas a tu mando, a ésos los tienes que llevar al máximo de sus posibilidades: son personas que confían en ti y eso te lleva a la obligación de estar al día en todo...

-¿A qué figuras entrena usted?

-Entreno a mucha gente; no busco figuras, pero salen. Pero, a lo que iba: el Opus Dei lo que hace es dar formación doctrinal y humana. Me ha enseñado a distinguir entre lo bueno y lo malo y he elegido siempre lo que en conciencia me ha parecido justo, lo mejor, lo que he querido. Nunca me han impuesto nada. Lo único que me ha pedido el Opus Dei es lo que me pide la Iglesia. No me lo pide el Opus Dei, me lo pide la Iglesia. En mi forma de pensar y de hacer las cosas soy libre completamente. Yo ahora soy más libre, porque me siento con más formación para elegir lo que me conviene en conciencia, para elegir con más seguridad. Por eso soy más libre.

-¿Se considera mejor que los demás?

-Ni superior, ni inferior: me considero quien soy. Lo que siento es una seguridad grande al hacer las cosas, porque las procuro hacer con rectitud: si salen torcidas, mala suerte, pero he puesto toda mi buena voluntad. Lo que decía antes es que el Opus Dei sólo da espíritu, y en el sentido espiritual he recibido mucho... todo. Material, no he sacado nada, no me ha dado nada. El Opus Dei jamás me ha solucionado problemas económicos ni profesionales. Esos los he sacado adelante con mi trabajo y mi esfuerzo. Si me hubiera dado ventajas materiales me sentiría obligado, y el Opus Dei no obliga a nada. Gracias a esto soy libre.

Convertir el trabajo en oración

Mary es churrera en Alcázar de San Juan y tiene también un puesto de hilos en el mercado.

-¿Ha cambiado mucho su vida después de ser del Opus Dei?

-Hacía antes las mismas cosas que ahora; sólo que ahora procuro hacerlas mejor. Antes yo rezaba el rosario, iba a Misa, hacía oración, trabajaba...; bueno, pues sigo haciéndolo.

-¿Tienen en el Opus Dei algunas oraciones o actos en común?

-Si así fuera, yo difícilmente las podría rezar. No; somos gente corriente, no hacemos nada extraño, nada que no sea normal.

-Usted está soltera, pero ¿se puede casar?

-En el Opus Dei se puede todo. Si no me caso es porque no me da la gana. Porque Dios puede pedir a algunas personas que permanezcan más libres, con menos ataduras para servirle mejor. Y a mí me lo ha pedido.

-¿Su trabajo no le impide llevar una vida de piedad profunda?

-En la Obra aprendemos a convertir el trabajo en oración.

-¿Quiere decir que trabaja mientras reza?

-Más bien, al revés. Cuando hago oración, hago oración, y cuando trabajo, nada me impide hacer también oración. Cualquiera podría hacerlo... ¿ve? ¿Por qué no puedo ir diciendo jaculatorias cortitas mientras parto churros? Por dentro, claro, sin que nadie lo note.

Junto a los enfermos

Lleva cincuenta años de médico. Enfundado en su bata blanca ha diagnosticado miles de enfermedades mortales, ha expresado miles de veredictos finales. Sabe lo que se sufre cuando, como médico en el que se han depositado las esperanzas, se anuncia al paciente o a sus familiares un diagnóstico irreversible. Lo sabe porque, dice, nunca ha ocultado la verdad -las causas y consecuencias de la enfermedad- a sus pacientes.

Ahora, enfundado ya en su traje de calle, sin bata blanca, sabe también lo que se siente frente a los médicos, frente a quienes de él han aprendido a decir la verdad, a expresar sentencias inamovibles sin falsos respetos. Porque de médico se ha convertido en enfermo. De los de diagnóstico irreversible: enfermo de cáncer, un mal que sabe que convive con él desde agosto de 1983.

Y sabe que va a morir. Pero no como lo sabemos todos, ignorantes del cuándo y del cómo, sino que conoce su plazo. Sin embargo, dice que no sufre -"decir que no me asusta me parece una vanidad"- y que lo afronta con serenidad y con paciencia. Por eso, quizás, en su rostro no hay miedo, no hay terror ni desesperación. En el rostro de Eduardo Ortíz de Landázuri, médico de los vivos y de los moribundos durante 50 años, hay ahora, a los 73 años, tranquilidad.

La tranquilidad de un hombre que ante un final que sabe cercano ha desechado la elección del camino del miedo y ha optado por recorrer el camino de la esperanza para llegar a su muerte anunciada -"qué distinto recorrido para un mismo final"-. Un recorrido que, quizás, no sea comprensible para otros caminantes si les falta algo que en Eduardo Ortiz de Landázuri es innato, la fe -"la he tenido siempre y pido a Dios que ahora, cuando más la necesito, no me la quite"-.

Con su cáncer y su fe a cuestas, Eduardo Ortiz de Landázuri -don Eduardo, en los ambientes de la Universidad y de la Clínica Universitaria- considera ahora que la muerte, enemiga y compañera de tantos años de ejercicio de profesión, no es tan terrible cuando le toca a uno mismo. Y dice que, aunque le gustaría seguir en este mundo todavía cinco años más, acata y agradece la voluntad de Dios en quien siempre ha creído y confiado.

La vida de este hombre, catedrático de Universidad y médico internista, ha ido quedando en la Facultad de Medicina de las Universidades de Granada y Navarra, en los hospitales de San Carlos de Madrid, San Juan de Dios y San Cecilio en Granada y en la Clínica Universitaria de Navarra, de la que fue pionero. Su vida la exprimió atendiendo, recuerda, a unos quinientos mil enfermos para los cuales no supo de horarios -"a las 3 de la madrugada se puede salvar una vida y quizás a las 9 sólo puedes certificar una defunción"- y sí de atenciones y de hacer real una frase que hizo famosa en las clínicas por las que pasó -"el enfermo siempre tiene razón"- con la conciencia de que una conversación puede ayudar, más que un análisis, a establecer un diagnóstico.

Partidario de que el enfermo confíe en el médico, pide, de éstos el estudio -suficiente para merecer la confianza y la dedicación sin prisas para los pacientes -"una muerte se aceptará o dejará una espina clavada según el trato que haya dado el médico"-.

Ahora, en este otoño, cuenta que ha luchado por no dejar espinas clavadas. Por intentar ser buen médico y por intentar también santificar su trabajo, la meta de los hombres del Opus Dei, del que Eduardo Ortíz de Landázuri es miembro -"si no fuera por el Opus Dei, no sé que habría sido de mi vida"-. Y en este repaso a sus 73 años de vida, sigue Ortíz de Landázuri menos apegado al mundo y con el deseo aumentado que siempre, dice, rigió sus actuaciones -"mi único deseo ha sido y es el de ir al cielo"-.

Médico hasta que la enfermedad le apartó de los enfermos, Eduardo Ortíz de Landázuri ha contado a Inés Artajo, del Diario de Navarra, que no llegó a la Medicina por una especial vocación, sino por azar. La fama y el prestigio, sin embargo, fue tarea de miles de horas en una especialidad y no del azar.

Era 1958 cuando Ortíz de Landázuri, médico famoso, catedrático y vicerrector de la Universidad de Granada y ya miembro del Opus Dei, casado y padre de 7 hijos, cambió su forma de vida y su economía para asentarse en Pamplona -"lo que tú digas, me respondió mi mujer"-. Aquí, dice, sólo había ilusión y pocos medios para levantar una Facultad de Medicina reciéñ inaugurada y para crear un hospital universitario, la Clínica.

Al llegar a Pamplona rechazó la posibilidad de abrir una consulta en la calle Carlos III, foco seguro de fama y dinero, y pidió un pequeño consultorio en la Facultad de Medicina, después ampliado al pabellón F, antes para tuberculosos, del Hospital de Navarra.

Desde entonces mismo, un hombre enfundado en una bata blanca pasaba días y noches sentado en las camas de los enfermos -"en el borde de una cama nace el diálogo y la confianza, tan esencial para un buen diagnóstico"-. Porque Ortíz de Landázuri, durante 50 años, ha practicado la Medicina a su modo. Y ha sido la suya una forma de hacerla que rompía con los esquemas de los horarios y de las visitas exclusivamente técnicas, convencido de que la unidad de la enfermedad no es sólo física, sino que un diagnóstico y un tratamiento pasa por el conocimiento de la unidad individual de la persona.

Dicen de él que acudía dos veces diarias, como mínimo, a las habitaciones de los enfermos y que sus visitas eran de amigo. Y cuentan, él lo recuerda, que cualquier noche, con su bata blanca, acudía a revisar una cura, a plantear un "qué tal está" o a pasar consulta.

"Los enfermos necesitan atención, hay que estar pendiente de ellos. Y la misión del médico no es sólo curarlos. Hay que darles cariño, confianza y ganas de vivir, que a algunos les falta. Porque, aunque la medicina esté por encima de la voluntad de los hombres, unas ganas de vivir siempre ayudan.

Rosa Echevarría preguntó al Dr. Ortíz de Landázuri, para Nuestro Tiempo, por el nacimiento del Opus Dei junto a los enfermos.

-El Opus Dei nació en los barrios más pobres y en los ambientes más míseros de Madrid, entre los enfermos... Por eso, a mí me parece que en la mente del Fundador siempre estuvo presente la idea de que lo antes posible empezara en la Universidad de Navarra la Facultad de Medicina. Ahora, cuando se analiza cómo se llegó a ese objetivo, se queda tino verdaderamente perplejo. Vinieron varios colegas a estudiar el asunto, se habló con las autoridades y lo cierto es que las primeras impresiones no resultaban nada halagüeñas. Sin embargo, Monseñor Escrivá de Balaguer les animó a seguir adelante a pesar de todos los problemas que se presentaban.

Con una sonrisa, comenta don Eduardo el decidido empeño del primer Gran Canciller, cuando todo hacía suponer que la iniciativa de montar una Universidad constituía una locura genial. Así comenzó la íntima historia de la Universidad de Navarra, que llegó a constituir con el tiempo la prueba palpable de un inmenso y de un intenso acto de fe.

-La realidad es que se puso en marcha la Facultad de Medicina con un porvenir no muy claro. En este sentido, la Clínica Universitaria es depositaria de ese pensamiento del Fundador y por lo tanto no constituye una casual coincidencia en la marcha de la Universidad. Y en esas condiciones, cuando la Facultad de Medicina empieza su fase clínica, tuve la oportunidad de dejar de ser un observador para vivirlo desde dentro. Como por ósmosis, por decirlo de alguna manera, el espíritu del Fundador entra de raíz en la Facultad de Medicina y concretamente en la atención a los enfermos. Creo que casi antes de empezar la Universidad, ya estaba en su mente la idea de que había que acercarse a los enfermos. ¿Por qué? Porque él sabía, y esto es muy importante, que una de las fuerzas más importantes para la formación de la gente que trabajaba con él, era el contacto con los enfermos.

Por eso en opinión del Dr. Ortíz de Landázuri, la atención a los enfermos, además de constituir uno de los pilares fundamentales de la Clínica Universitaria, ha llegado a convertirse en la esencia de la propia enseñanza de la Medicina.

-¿De qué forma los enfermos han influido de una manera personal en su vida?

-Creo que habría que preguntar si alguno de los enfermos que ha pasado a mi lado no ha dejado alguna huella en mí, ¡y cuidado que han pasado! Por eso comprendo muy bien que el Fundador del Opus Dei estuviera siempre tan cercano a los enfermos. En este sentido me impresionó mucho una conversación que tuve con Sor Engracia Echevarría, una monja del Hospital del Rey. Me hablaba de aquellos años tan duros, poco antes de la guerra... La comunidad se quedó totalmente sola, puesto que no había capellanes ni tenían asistencia sacerdotal. Entonces se encontraron con Monseñor Escrivá de Balaguer. Ella me contaba cómo les ayudaba... Cada vez que le llamaban por teléfono se dirigía inmediatamente andando desde Atocha hasta Chamartín porque no había medios de comunicación. Sólo unos tranvías blancos que funcionaban a detcrminadas horas.

Aquella conversación le ayudó a don Eduardo a descubrir muchos horizontes en su propia vida personal.

-Sor Engracia, que era la Superiora, me contaba que cuando tenían a un enfermo grave le llamaban a cualquier hora del día o de la noche para que le administrara los últimos sacramentos. Muchas veces me he preguntado o he considerado lo duro que tiene que ser que después de un intenso día de trabajo te llamen para ayudar a un moribundo del hospital, puesto que por aquellas circunstancias políticas no había ningún capellán. Claro, que para salvar a una persona y ayudarle a morir bien, merece la pena recorrer lo que haga falta. Sin embargo, en esas circunstancias la ayuda a los enfermos adquiría su máxima plenitud por el sacrificio y el riesgo que suponía.

Ortiz de Landázuri, al igual que Jiménez Díaz -volvemos al relato de Inés Artajo-, ha dejado una estela de eminencia en la Medicina Interna. Cuentan que su nombre atrajo a miles de enfermos a la Clínica Universitaria. Y dicen que la gente llegaba, además de por su fama, porque de boca en boca de pacientes y de familiares de enfermos corría el trato humano que daba el médico.

Confiesa Ortíz de Landázuri que para él todos los enfermos han sido iguales y que ni el dinero ni la posición social influían en su hacer. Porque para el médico estaba claro que a un rey no podía atendérsele mejor que a un enfermo pobre y porque él mismo atendía a los pobres enfermos como a reyes.

-La enfermedad no sabe de horarios ni de dinero, al igual que los buenos médicos. Qué me importaba a mí no cobrar a quien necesitaba curación. El dinero lo dejé cuando renuncié a hacerme rico en Granada. A quien no me ha podido pagar no he cobrado, y han sido muchos. Estoy contento por eso mismo.

Dice que no se ha hecho rico y que el poco dinero que tenía lo invirtió en pisos para sus hijos. Ahora, cuenta, guarda una pequeña cuantía para que su familia -"si los impuestos le dejan"- haga frente a la vida cuando le llegue la muerte.

De números, lo único que le importa ahora a Ortiz de Landázuri es conseguir dinero para la Universidad -"voy pidiéndolo a casas y empresas. Pedir es bonito, no me avergüenza, porque ves que la generosidad humana es grande"- y dice que tiene gracia para sacarlo.

Confiesa que éste es el encargo más bonito que le ha hecho el Opus Dei, a donde Ortíz de Landázuri llegó en 1952 a vivir el cristianismo mediante la santificación diaria en el trabajo.

-Ciertamente no soy más que un cristiano corriente que ha tratado de santificar su trabajo y que de no haber sido del Opus Dei ahora no daría dos duros por lo que hubiera podido ser mi vida.

Consciente de que hay santos de todas clases -"claro que se puede ir al cielo sin ser de la Obra, dice que a él le ha mejorado humana y espiritualmente -"quizá yo hubiera sido ahora un agnóstico"-. Comenta también que el Opus Dei cuenta con el reconocimiento de la gente y dice que él no ha visto odios hacia la Obra, que la gente la respeta y que, si acaso, se ha encontrado con gente recelosa por puro desconocimiento de lo que es -"algunos recelan porque piensan que quieres catequizarlos"-.

Añade el médico que para él ni la política ni la religión -"creo en la libertad"- le han sido impedimentos para curar a cualquier enfermo.

-Soy religioso y apolítico, pero respeto a los que son distintos. Me conformo con ser un hombre de orden y no digo que los que piensen distinto a mí sean gentes de desorden. Sólo que miran la vida de distinta forma.

Eduardo Ortíz de Landázuri reconoce que se encuentra relativamente bien -"aunque no soy lo que era hace cuatro meses, que estaba hecho un jabato"-, aunque las piernas, a las que, cuenta, en la vida cansó más que a la cabeza -"ahora se resienten más por el mal trato que les di"- no le obedezcan como antes.

-Tengo una afectación nerviosa, pero he procurado acostumbrarme a ellas, para aguantarlas el tiempo que Dios me conceda de vida.

Con esa serenidad que nace de sus palabras, apaciblemente y sin ninguna desesperación, y aún con la alegría de ver cumplida la voluntad de Dios, Ortíz de Landázuri prepara también a su familia para cuando él no esté -"me gustaría que no le faltara nada cuando yo me vaya"-. Y ahora como si todo estuviese lejos, les habla del lugar a donde irá. Primero a la tierra -"me da igual una sepultura, un nicho o la fosa común; no tengo dinero ni vanidad para ocupar un panteón"- y después al lugar al que, cuenta Eduardo Ortiz de Landázuri, siempre ha querido ir.

-Eso es lo único que de verdad me preocupa. Quiero ir al cielo. Sí, creo en el cielo. El lugar donde gozaré de la presencia de Dios. ¿Cómo? Mi mente es demasiado limitada para entenderlo y explicarlo. Pero allí quiera ir.

Y Ortíz de Landázuri, que cree también en el infierno y en el purgatorio -"desgraciadamente existen"espera, dice, que en la balanza final pesen más sus trabajos buenos, la santificación que buscó atendiendo y curando enfermos, que los errores humanos y profesionales que pudo tener.

-He intentado pasar por la vida haciendo el bien que he podido. Lo he intentado, pero no quiero que me digan que lo he conseguido, porque me asusta mi posible vanidad. Quiero ir al cielo y allí no hay sitio para los vanidosos.

Don Eduardo falleció en la mañana del 20 de mayo de 1985. Dos días después, Diario de Navarra publicaba una carta que se había recibido en el periódico bastantes meses antes. La firmaba un enfermo de cáncer y la dirigía al Dr. Ortiz de Landázuri. Los responsables del periódico tuvieron la delicadeza de publicarla cuando ninguno de los dos enfermos estaba ya en la tierra. El texto de la carta decía así:

"Zaragoza, 8 de diciembre, 1983.

Amigo Eduardo Ortiz: le llamo amigo aunque no nos conocemos. No soy del Opus Dei, ni sé lo que es. No tengo fe, aunque dice el cura que tengo la esperanza de tenerla. No tengo caridad y me gustaría haberla tenido.

Le escribo diciendo que no nos conocemos porque sólo nos hemos visto una vez, hace casi 20 años; soy uno de los 500.000 enfermos que usted dice que ha visitado.

Me llamo Antonio Fernández, era funcionario de una ciudad pequeña. Ahora no soy nada, un jubilado por el cáncer que, como usted, espera la muerte: en mi caso, con miedo.

Entre los dos hay grandes diferencias: usted es "religioso y apolítico", yo "político y arreligioso"; usted habla de la muerte sin tristeza, yo, con miedo; usted dice que ha intentado pasar por la vida haciendo el bien que ha podido, yo he intentado pasar por la vida olvidando que se puede hacer el bien; usted cree en el cielo, a mí, ahora, me gustaría creer. Antes consideré que no era cuestión mía.

¿Por qué le escribo esta carta? Una hermana mía, monja que vive en Pamplona, me mandó el Diario y pude leer su "mensaje a los que se mueren". Después de leerlo, pensando en su cáncer y en el mío (en esto nos parecemos) me entró un deseo grande de ir también a un cielo, en el que no creo.

Me he confesado. Hacía unos veinte años que no lo hacía. La última vez, después de la visita al Doctor Eduardo Ortíz. Entre las medicinas que me recetó estaba el que me confesara. Como enfermo y miedoso lo hice; pero me puse bueno y me olvidé de todo.

Hace una semana, después de darle vueltas a su mensaje, llamé al cura. Me ha dicho que estoy perdonado. Yo le he dicho que me arrepiento para siempre (posiblemente porque no volveré a estar bueno). ¿Oué me pasa que ya no puedo escribir a mano y muy mal a máquina? También le he dicho que no tengo fe, ni creo en el cielo. Y el cura me dice que tenga paciencia y que rece a un sacerdote que está en el cielo, y que fue muy amigo del doctor Eduardo Ortíz.

Usted tiene 73 años, yo 37. La edad no importa: a los dos nos queda muy poco para ir al otro mundo: a usted se lo han dicho "con claridad y caridad", a mí de "modo confuso y sin caridad".

Le escribo esta carta porque me parece que con ella hago el "primer bien de mi vida a un amigo". Si yo recibiese de un enfermo esta carta me alegraría al saber que realmente a alguien "he hecho bien"... seguramente porque no soy como usted: soy vanidoso.

Doctor, si el cielo existe y usted va al cielo no deje que yo no vaya aunque, aún entonces, no crea.

Gracias, doctor, por su mensaje. Antonio Fernández."

Sin mentalidad de selectos

Si pudiésemos seguir estas conversaciones con los miles de personas del Opus Dei, hombres y mujeres, que viven y trabajan en los distintos países, seguiríamos encontrando una infinidad de talantes, de estilos y de situaciones -tantas como las que puede ofrecer el mundo de hoy a imaginación suelta- y un mismo espíritu: el de los cristianos corrientes que se sienten comprometidos integralmente por el Bautismo, que tratan de llevar hasta sus últimas consecuencias sin coartadas intelectuales.

El panorama lo reflejó en Pamplona el Fundador del Opus Dei el 8 de octubre de 1967:

"Quienes han seguido a Jesucristo -conmigo, pobre pecador- son: un pequeño tanto por ciento de sacerdotes, que antes han ejercido una profesión o un oficio laical; un gran número de sacerdotes seculares de muchas diócesis del mundo -que así confirman su obediencia a sus respectivos Obispos y su amor y la eficacia de su trabajo diocesano-, siempre con los brazos abiertos en cruz para que todas las almas quepan en sus corazones, y que están como yo en medio de la calle, en el mundo, y lo aman; y la gran muchedumbre formada por hombres y por mujeres -de diversas naciones, de diversas lenguas, de diversas razas- que viven de su trabajo profesional, casados la mayor parte, solteros muchos otros, que participan con sus conciudadanos en la grave tarea de hacer más humana y más justa la sociedad temporal; en la noble lid de los afanes diarios, con personal responsabilidad -repito-, experimentando con los demás hombres, codo con codo, éxitos y fracasos, ti-atando de cumplir sus deberes y de ejercitar sus derechos sociales y cívicos. Y todo con naturalidad, como cualquier cristiano consciente, sin mentalidad de selectos, fundidos en la masa de sus colegas, mientras procuran detcctar los brillos divinos que reverberan en las realidades más vulgares".

El denominador común de esta muchedumbre desperdigada por el planeta y en la que cada uno vive a su aire su propia historia de cara a Dios, ofrece unas notas características que apenas pueden agotarse -dada la gran variedad con que se manifiestan en la vida ordinaria de cada cual- con una mera enumeración: la consideración del trabajo como realidad santificable y santificadora, el empeño por vivir con alma contemplativa en medio del mundo, el sentido de la filiación divina como fundamento de toda la vida espiritual, el hacer de la Santa Misa el centro de la vida interior, el amor a la libertad y a la responsabilidad personal, el espíritu de comprensión y de convivencia, etc.

"Es como hacer un viaje..."

Desde 1928, son ya muchos los hombres y las mujeres del Opus Dei que han comprobado la realidad del dolor y de la muerte. Sus historias, como las de otras muchas gentes desconocidas, sólo las conoce a fondo Dios. Me consta, sin embargo, que los enfermos son un "tesoro" para el Opus Dei y que es realidad esa afirmación de su Fundador cuando recordaba que la Obra es un buen sitio para vivir y para morir, aunque estas páginas pertenezcan, como tantas otras de otros siglos y del presente, a ese torrente oculto, no descrito por nadie, que es la verdadera historia de la humanidad.

Isidoro Zorzano, argentino, ingeniero industrial, miembro del Opus Dei desde 1930, murió el 15 de julio de 1943, cuando su vida parecía más necesaria. Sus últimas palabras fueron: "Conviene obedecer al Señor, dejar todo e irse a los cuarenta años, cuando habría aún tanto que hacer. Es como hacer un viaje, cambiar de casa, ser trasladado de un sitio a otro. Aunque sólo fuera para obtener esta paz en la última hora, vale la pena hacer lo poco que hacemos por el Señor". Montserrat Grases, 17 años, un año en el Opus Dei, vivió con prisa para morir el día de Jueves Santo de 1959 agotada por el dolor. Segundos antes, trata de incorporarse para ver la imagen de la Virgen, que tiene frente a la cama, y susurra: " ¡Cuánto te quiero! ¿Cuándo vendrás a buscarme?". Las causas de beatificación de Isidoro y de Montse están iniciadas.

"No tengas miedo a la muerte. Acéptala, desde ahora, generosamente..., cuando Dios quiera..., como Dios quiera..., donde Dios quiera. -No lo dudes: vendrá en el tiempo, en el lugar y del modo que más convenga..., enviada por tu Padre-Dios. -¡Bienvenida sea nuestra hermana la muerte! ". Estas son unas palabras que he vuelto a releer en Camino después de conocer el fallecimiento del Fundador del Opus Dei. Había pedido al Señor irse sin "dar la lata" a los que estaban a su lado. El Señor escuchó su oración. Y partió humildemente, silenciosamente, como siempre había deseado vivir.

Casi tres meses antes, el 28 de marzo de 1975, se cumplieron los cincuenta años de su ordenación sacerdotal.. Al acercarse aquella ocasión, escribía en una carta dirigida a sus hijos: "No quiero que se prepare ninguna solemnidad, porque deseo pasar este jubileo de acuerdo con la norma ordinaria de mi conducta de siempre: ocultarme y desaparecer es lo mío, que sólo Jesús se luzca".

Parece como si el Señor hubiera querido que su muerte fuese un fiel. reflejo de su vida. Le gustaba decir que su vocación era agotarse en el servicio de Dios, y morir como un limón bien exprimido, que ha dado de sí hasta la última gota. Y el 26 de junio de 1975 llegó con admirable naturalidad su "dies natalis", el día de su nacimiento, como lo celebraban los primeros cristianos. Era una mañana de una jornada más en la vida ordinaria de un sacerdote que sólo hablaba de Dios.

Después de celebrar temprano la Santa Misa, fue a un centro internacional de postgraduadas en Castelgandolfo, una obra apostólica del Opus Dei. "Vosotras, por ser cristianas -les decía a las profesoras y a las alumnas-, tenéis alma sacerdotal, os diré como siempre que vengo aquí. Podéis y debéis ayudar con esa alma sacerdotal y, con la gracia de Dios, al ministerio sacerdotal de nosotros, los sacerdotes. Entre todos, haremos una labor eficaz. Sacad motivo de todo para tratar a Dios y a su Madre Bendita, Nuestra Madre, y a San José, nuestro Padre y Señor, y a nuestros Angeles Custodios, para ayudar a esta Santa Iglesia, nuestra Madre, que está tan necesitada, que lo está pasando tan mal en estos momentos. Hemos de amar mucho a la Iglesia y al Papa. Pedid al Señor que sea eficaz nuestro servicio a la Iglesia y al Santo Padre". Casi tres horas más tarde, ya en el despacho donde habitualmente trabajaba, Dios quiso llevárselo a su lado.

No padecía ninguna enfermedad que hiciera presagiar su próximo fin. Había ofrecido su vida repetidas veces, por la Iglesia y por el Romano Pontífice. Tal vez la clave de su súbita muerte esté en unas palabras dichas por un cardenal romano ante el cuerpo sin vida de Monseñor Escrivá de Balaguer: "El Padre ha muerto de amor a la Iglesia". Quizá sea ésta la pura verdad: el dolor de la Iglesia le rompió el corazón.

"La beatitud se ve -decía Eugenio Montes el 28 de junio al describir el sepelio del Fundador del Opus Dei en una crónica de ABC-. La trascendencia se presiente. Y no sólo la he vista yo cuando estuve recogido en oración en la capilla, pues, a la salida, le oí susurrar a Mons. Deskour: "Espero ser uno de los primeros obispos que postule su beatificación. He ofrecido la Misa por su glorificación". Idéntico deseo manifestaron 69 Cardenales y cerca de 1.300 Obispos -más de un tercio del episcopado mundial-, pidiendo a la Santa Sede la apertura de su Proceso de Beatificación y Canonización, que comenzó en Roma el 12 de mayo de 1981.

Conozco otras muertes de personas del Opus Dei -algunas de ellas muy recientes- que han pasado ocultas como las vidas, pero ¿para qué contarlas?... ¿Quién se acuerda, después de todo, de las vidas y de las muertes de aquellas generaciones de primeros cristianos, que nos transmitieron intacto el depósito de la fe a golpe de testimonio oculto?... Las conoce Dios de punta a cabo... y nosotros las conocemos por sus frutos.


La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer
Luis Ignacio Seco

 

Prólogo
El Opus Dei en el mundo
Algo de historia
¿Qué es el Opus Dei?
Gobierno del Opus Dei
La gente del Opus Dei
El apostolado: Un mar sin orillas
Iniciativas apostólicas de los miembros del Opus Dei
Epílogo: Por todos los rincones de la tierra