Epílogo. El brazo de Dios no se ha empequeñecido

 

Por providencia de Dios conocí al Fundador del Opus Dei en 1939 y estuve junto a él en Madrid durante casi un lustro. Luego nos encontramos en numerosas ocasiones. Muchas gracias debo dar a Dios por haber estado tanto tiempo cerca de un santo, contemplando su vida y el panorama espléndido de seguimiento a Cristo que con él se ha abierto a los hombres. Y no oculto que siento por eso una grave responsabilidad, aunque también una firme esperanza.

Un mes después de pedir yo la admisión en el Opus Dei, escribía el Padre: "Espera el Señor de vosotros y de mí que, gozosamente agradecidos por la vocación que su infinita bondad ha puesto en nuestra alma, formemos un gran ejército de sembradores de paz y de alegría en los caminos de los hombres, de manera que pronto sean innumerables las almas que puedan repetir con nosotros: cantate Domino canticum novum; cantate Domino omnis terra (Salmo XCV, 1); cantad al Señor un cántico nuevo; sea toda la tierra un cántico de alabanza a Dios". Hacer esto realidad se halla en las manos de Dios, es cosa suya. Pero es bueno recordar lo que don Josemaría nos escribió con palabras de Isaías (59, 1) en Camino (n. 586): "-Ecce non est abbreviata manus Domini -¡El brazo de Dios, su poder, no se ha empequeñecido!".

En los más de sesenta años transcurridos desde nuestro primer encuentro, a pesar de tantas miserias personales, infinidad de realidades mueven a alzar el corazón al Señor en acción de gracias, porque ha querido hacer mediante el Fundador del Opus Dei incontables maravillas: un río de paz (Isai. 66, 12), de aguas abundantes (Esth. X, 6), vivas, divinas, fluye de la Iglesia y fecunda al mundo.

(Texto completo, corregido para la 3ª edición, en 5 de marzo de 2001)


Presentación
De Huesca a Madrid. La guerra civil
Mi encuentro con el Opus Dei
Con el Padre, en la residencia de Jenner
El curso académico 1940-1941
El primer centro de estudios del Opus Dei
El Padre, en Diego de León
La santidad del fundador del Opus Dei
Mis estudios en Suiza y Barcelona
De nuevo con el Padre, en Madrid
Cristo presente en los quehaceres del mundo
Epílogo. El brazo de Dios no se ha empequeñecido