Cristo presente en los quehaceres del mundo

 En los comienzos de los años cuarenta, como consecuencia natural del paso del tiempo y del aumento de fieles del Opus Dei, creció también el número de los que, al terminar los estudios, empezábamos a ejercer nuestra profesión en la sociedad. Era el momento de realizar en nuestras vidas el ideal que desde el principio difundía el Padre: ser personas de toda clase, condición y tipo de trabajo, que ejercen en la sociedad cualquier profesión honesta, tratan de cumplir lo mejor posible sus deberes profesionales, familiares y sociales, se esfuerzan por llevar una vida coherentemente cristiana, y procuran que otros compartan esos mismos afanes; que dejando de lado cualquier ambición personal terrena, se interesan por lo que sucede en el mundo y luchan también para que la sociedad se desenvuelva en conformidad con los principios cristianos.

Una expresiva imagen utilizaba el Padre para ilustrar lo que el Señor quería de los fieles del Opus Dei: debíamos ser "como una inyección intravenosa en el torrente circulatorio de la sociedad: llevando la luz de Dios a las tinieblas de la ignorancia; el amor divino, a las relaciones entre los hombres; la sal de Jesucristo, que inmunizará de corrupción la vida; el óleo de paz, que aplacará las olas embravecidas por el odio, en este pobre mar de nuestro mundo".

No se trataba, en absoluto, de sacralizar lo que es de suyo temporal: como el Fundador del Opus Dei nos decía, las cuestiones temporales tienen su propia autonomía conforme a la naturaleza que Dios ha dado a las cosas. Pero esas cuestiones y cosas tampoco deben ser consideradas al margen de Dios. Los cristianos, si se ajustan en su trabajo a las enseñanzas de Jesucristo, santificarán las actividades humanas, convertirán los quehaceres del mundo en cosa santa y en medio de santificación propia y ajena; y contribuirán a reconciliar y llevar esas actividades -en una palabra, todo el mundo creado- a Dios, su Creador.

Presencia de fieles del Opus Dei en la vida profesional y social

Desde los comienzos, el Padre veía a sus hijas e hijos de toda raza, lengua, oficio o profesión, de cualquier edad, en todas las encrucijadas del mundo, en todas las actividades honestas de los hombres, luchando por ser personalmente cristianos consecuentes. Aunque por entonces el número de sus hijas e hijos era aún pequeño, tanto en Jenner como en Diego de León nos hablaba el Padre de que habría en el Opus Dei una gran variedad de personas de toda condición y estado: verduleras como las del mercado de la Plaza de la Cebada de Madrid, mujeres dedicadas a las tareas domésticas, obreros de distintas especialidades, campesinos, intelectuales, universitarios, militares, escritores, gentes del mundo del arte o la cultura, cooperando todos, cada uno a su manera, en los frutos de la Redención.

Dios espera, nos decía el Padre, que el fiel del Opus Dei se distinga por un merecido prestigio en su trabajo y adquiera una buena formación espiritual e intelectual, porque de ese modo tendrá más posibilidades de dar sentido cristiano a su vida, a su profesión, a las instituciones o asociaciones de que forme parte. No se entenderá bien al Fundador -ni al Opus Dei- si no se comprende que la contribución a la inspiración cristiana de las actividades temporales se ha de conseguir con pleno respeto a la autonomía que les corresponde, y por medio de una actuación personal libre y responsable. Jamás reciben los fieles del Opus Dei indicación alguna de sus directores acerca de cómo se han de comportar en el terreno profesional, político, social y económico, porque todo eso incumbe al criterio y responsabilidad de cada uno. Tampoco constituyen grupo alguno de presión en cuestiones temporales.

Grande era la insistencia del Padre en inculcarnos que los miembros del Opus Dei, en todo lo que se refiere a su profesión, a las posturas que adoptan en una asociación artística, recreativa o deportiva, a las ideas políticas que propugnan, han sido, son y serán siempre libérrimos; no tienen otros condicionamientos que los de otros cristianos de recta conciencia. Y jamás deben escudarse en la Iglesia o en el Opus Dei para defender su punto de vista personal en esos asuntos temporales.

Valor de todas las almas y conciencia social

Aunque la mayor parte de los miembros del Opus Dei éramos muy jóvenes entonces, el Padre sembraba afanes de servicio a las almas en y desde nuestra actividad profesional y social, vigorizaba nuestra responsabilidad e iniciativa, y despertaba en nosotros de muy diversas formas una honda conciencia social y apostólica.

Nos hablaba de la elevada dignidad de la persona humana. Cristo entregó su vida por todos: por tanto, hay que tratar a todos con el respeto que merece esa dignidad, y a todos hay que ayudar a que se acerquen a Dios: al compañero de estudios o de trabajo, al cobrador del tranvía, al cartero, al peluquero, al taxista, al vendedor de mueble viejo, al intelectual, a la vendedora ambulante, al aristócrata, a cualquiera que encontremos en nuestro camino. Debíamos ocuparnos de todos, sin discriminación alguna.

Un medio de formar en ese espíritu de caridad y solidaridad consistía en que quienes acudían a los cursos de formación espiritual hicieran visitas a personas pobres, atendieran catequesis en barriadas suburbiales para niños de familias muy necesitadas, o prestaran ayuda a enfermos medio abandonados por los hospitales. Además del valor sobrenatural de esas obras de misericordia, el Padre quería que conociéramos de un modo muy directo la miserable situación de tantas personas, y que pusiéramos en ejercicio la virtud de la caridad. Bien sabía que poco podíamos hacer entonces para remediarlas. Al visitar a un pobre en una de aquellas numerosas chabolas de las afueras de Madrid, cubiertas con chapa de bidones asfálticos, íbamos a llevarle afecto: conversar unos minutos, prestarle algún pequeño servicio, hacer que pasara un rato agradable, y entregarle unos dulces o algún otro detalle de que carecía, algo de lo que sólo comían los ricos. En esas visitas comprendíamos lo injustificado de tantas quejas nuestras. Aquellas crudas vivencias se grababan para siempre y habrían de influir en nuestra responsabilidad social cuando, a la vuelta de pocos años nos desenvolviéramos como profesionales y ciudadanos.

El fiel cumplimiento de las obligaciones profesionales y sociales, por amor a Dios y a las almas y por justicia, era otra enseñanza viva del Padre. Poner intensidad en el estudio y formarnos bien era un modo de corresponder como estudiantes a los sacrificios de nuestras familias, al esfuerzo de los profesores, a las facilidades ofrecidas por la sociedad; también permitía que en el futuro prestáramos un buen servicio a los demás con el trabajo profesional bien hecho, de la mejor calidad que fuésemos capaces. En el desempeño de la profesión, se ha de amar el trabajo, aprovechar el tiempo, evitar que por pereza, desidia o comodidad resulte alguien defraudado; se debe guardar lealtad a la institución o empresa en que se trabaja, a los compañeros, a los destinatarios del servicio que se presta; y tener con todos, superiores, iguales o subordinados, un trato lleno de respeto, consideración y afecto.

La educación y las tareas científicas

Cualquier actividad profesional y oficio honesto, enseñaba don Josemaría, es apropiada para que una hija o hijo suyo siga a Jesucristo. Por eso, las ocupaciones a que se dedican los fieles del Opus Dei son de hecho variadísimas. Eso no era obstáculo para que el Padre señalara el valor apostólico de algunas tareas que, por sus características, ejercen amplio impacto en la sociedad. Entre ellas figuran las tareas educativas, científicas y culturales, que tanto contribuyen al desarrollo de la personalidad de la juventud, a configurar el pensamiento y las relaciones entre los hombres, al progreso espiritual y material de los pueblos. Mostraba cómo cristianos con vocación profesional para esas actividades pueden prestar a la Iglesia, a las almas y a la entera sociedad, un gran servicio.

Hay que servir a Dios con la inteligencia, nos decía el Padre (cfr. Camino, n. 336). Con profunda convicción aseguraba que jamás podía haber conflicto entre las verdades de la fe y las científicas. Recordaba que Dios era el creador de toda la verdad que las cosas encierran. Por eso, los descubrimientos que realizan los hombres gracias a su inteligencia, creada también por Dios, no pueden sino desentrañar esa verdad puesta por Dios en las cosas. Las supuestas incompatibilidades entre las verdades de la fe y las científicas sólo pueden ser aparentes. Y concluía: "No podemos admitir el miedo a la ciencia, porque cualquier labor, si es verdaderamente científica, tiende a la verdad" (Es Cristo que pasa, n. 10).

Aclaraba el Fundador del Opus Dei que inspirar cristianamente las tareas educativas y científicas no significa que la Teología pueda invadir el terreno propio de las ciencias humanas, sociales o naturales. Protestaba con energía ante cualquier intromisión de ese tipo, ante el intento de reducir la legítima autonomía y la dinámica propia de lo temporal, en este caso de las ciencias cultivadas por los hombres; aunque sin duda la fe contribuye a darles su más pleno sentido.

Amor de don Josemaría a la Universidad

El Fundador del Opus Dei era un universitario. Había realizado en Zaragoza, además de sus estudios eclesiásticos, la Licenciatura en Derecho; y fue luego a Madrid para hacer el doctorado, que entonces sólo podía obtenerse en esa Universidad. Cuando Dios le hizo ver el Opus Dei, pospuso la tesis doctoral a ese querer divino, pero no la abandonó. Reemprendió esa tarea con un nuevo tema en Burgos, en 1938, y a finales de 1939 obtuvo en Madrid el grado de doctor. Dio clases a universitarios en Zaragoza y en Madrid y mantenía relación personal con buen número de profesores universitarios. Poseía una amplia cultura y una privilegiada inteligencia, que aplicaba de modo especial a las ciencias jurídicas y teológicas y a enriquecer con imágenes y anécdotas su predicación. Alguna vez le sugirieron que se presentara a oposiciones a cátedras universitarias, pero siempre tuvo muy claro su deber de dedicarse por entero al Opus Dei.

Con su experiencia y esa formación universitaria, advertía con aguda sensibilidad la huella que un educador deja en sus alumnos, el bien o el daño que puede hacer un profesor desde su cátedra, el influjo del escritor en sus lectores, o el del pensador o comentarista con sus artículos. Era urgente hacer presente a Cristo en esos campos, mediante profesionales que fuesen buenos cristianos.

Las primeras labores apostólicas corporativas del Opus Dei fueron abiertamente civiles y educativas: la Residencia DYA, para estudiantes de Arquitectura y de Derecho, y la residencia de Estudiantes de la calle de Ferraz, para universitarios. A partir de 1939, primero en Madrid y luego en otras ciudades (Valencia, Granada, Santiago, Bilbao, Barcelona, Zaragoza), se multiplicaron las residencias universitarias, que se configuraron después en España como Colegios Mayores. Más tarde, en 1952, fundó la Universidad de Navarra y promovió otras en diversos países.

Persuadido del bien que podían hacer los cristianos con su trabajo académico bien hecho, el Padre entendía que la dedicación a la Universidad debía estar muy presente en el horizonte profesional de los católicos. Y cuando en las personas que trataba descubría condiciones e inclinación hacia esas tareas, les alentaba por ese camino, les hacía ver el hondo contenido humano y cristiano de la misión del profesor, como educador e investigador. Si sentían esa vocación profesional, les animaba a no posponerla ante mejores perspectivas económicas o de más alta consideración social. Quería que entendieran el elevado servicio que implica el buen magisterio universitario.

Algunos del Opus Dei, catedráticos de Universidad

Varios miembros de la Obra -entre los que me encontraba- nos encaminamos hacia la enseñanza universitaria. José María González Barredo, cuando pidió la admisión en la Obra, era catedrático de Física y Química del Instituto de Linares (Jaén), a la vez que se preparaba para una cátedra universitaria. Continuó en esa línea, desarrolló una acreditada labor científica en el Instituto Rockefeller de Madrid y obtuvo la Cátedra de Química Física de la Universidad de Zaragoza en abril de 1942. Años más tarde, después de estancias largas en centros de investigación europeos, se trasladó a los Estados Unidos, donde fue profesor de varias Universidades.

Muy relevante fue el caso de José María Albareda. Al tomar contacto en Madrid en 1935 con el Padre, era ya un científico muy acreditado, catedrático del Instituto Velázquez y profesor de Ciencia del Suelo en la Cátedra Conde de Cartagena de la Academia de Ciencias. Al terminar la guerra civil española, fue nombrado director del nuevo Instituto Ramiro de Maeztu, en Madrid, al que dio su ímpetu y organización inicial, a la vez que continuaba con su trabajo científico. Su fama de investigador serio y riguroso, de hombre generoso y desapasionado, llevó a que el Ministro Ibáñez Martín buscara en la inmediata postguerra su colaboración para impulsar y organizar la investigación científica española. En noviembre de 1939 se creó el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (C.S.I.C.), con Albareda como Secretario General. En el otoño de 1940, Albareda obtuvo por oposición una cátedra de la Facultad de Farmacia en la Universidad de Madrid. Desde entonces se dedicó a sus tareas de profesor en esa Facultad, a las de Secretario General del C.S.I.C., y a la investigación científica en su especialidad, la Edafología. Fue académico de número de las Reales Academias de Ciencias, de Farmacia y de Medicina. Llamado al sacerdocio por el Fundador del Opus Dei y ordenado en 1959, fue nombrado ese mismo año Rector de la Universidad de Navarra, cargo que ejerció hasta su fallecimiento en 1966, durante una etapa de organización y desarrollo intenso. Además, continuó esos años con sus funciones de Secretario General del C.S.I.C.

También otros miembros de la Obra se sintieron atraídos por la profesión universitaria. Alguno desde antes de la guerra civil y otros a su término, hicieron los estudios de doctorado y se iniciaron en la Investigación y en las tareas académicas. Durante el tiempo que viví en Madrid, obtuvieron cátedra: Juan Jiménez Vargas, de Fisiología de Medicina, en la Universidad de Barcelona, donde fundó en 1945 la Revista Española de Fisiología; Francisco Botella, de Geometría Analítica y Topología, de la Facultad de Ciencias de la misma Universidad; Vicente Rodríguez Casado, de Historia Moderna, en la de Sevilla, donde creó enseguida la Escuela de Estudios Hispanoamericanos y luego la Universidad de Verano de La Rábida; Rafael Calvo Serer, también de Historia, en la de Valencia, iniciador en 1944 de la revista Arbor, del CSIC; José Orlandis Rovira, de Historia del Derecho, en la de Murcia, aunque pasó muy pronto a Zaragoza; Amadeo de Fuenmayor, de Derecho Civil en Santiago de Compostela; y José Manuel Casas Torres, de Geografía, en Zaragoza. Todos ellos eran jóvenes, tenían gran amor al trabajo universitario, se ocupaban de preparar bien a sus alumnos, querían hacer una seria investigación científica en su campo y formar buenos discípulos. Desplegaron una intensa actividad académica, siguieron trayectorias científicas y culturales relevantes, y se convirtieron en poco tiempo en destacadas figuras universitarias.

Mi inclinación al profesorado universitario

También surgió en mí el atractivo por la dedicación universitaria. Con una edad algo inferior a la de los que acabo de mencionar, emprendí ese mismo camino y preparé las oposiciones a la cátedra de Organografía y Fisiología Animal de la Facultad de Ciencias de Barcelona.

Yo sabía que al Fundador del Opus Dei le parecía bien mi orientación profesional, aunque nunca me impulsó a ella. Se alegraba con los pasos que daba en mi preparación académica, pero lo que sobre todo quería de mí era que fuese fiel al Señor y luchara para mejorar mi vida cristiana. Por otra parte, teníamos que ganarnos la vida y no resultar económicamente gravosos. No podíamos pensar en una dedicación exclusiva a la preparación de las oposiciones, como si fuésemos señoritos hijos de familia rica, porque formábamos parte de una familia "numerosa y pobre", como él decía, que había que sacar adelante entre todos.

En conversaciones informales, el Padre nos ponía en guardia, con anécdotas expresivas, contra defectos en que suelen caer algunos profesores universitarios: la soberbia, que lleva a considerarse centro del universo y a mirar a los demás con aire de suficiencia o menosprecio; la vanidad que se complace en el brillo y el aplauso; el egoísmo de buscarse a sí mismo, de apropiarse del trabajo de los discípulos o de ocultar determinadas fuentes para evitar competencias. Por contraste, el Padre enaltecía la honradez científica, el trabajo intenso y ordenado, y la generosa entrega a los demás, de tantos buenos universitarios. Nos animaba a ser cristianos consecuentes, que en el ejercicio de la profesión universitaria se muestran, con naturalidad, hombres de fe. En la Universidad, como en cualquier otro trabajo -nos decía-, no se debe prescindir de la fe como si se tratase de un sombrero que al entrar se deja colgado en la puerta (cfr. Camino, n. 533). Pero también rechazaba la actitud de algunos, casi siempre mal conceptuados profesionalmente, que hacían de manera postiza manifestaciones exteriores de religiosidad. Ante ellos, se sentían ganas de decirles al oído: "Por favor, tengan la bondad de ser menos católicos" (Camino, n. 37l).

Avanzado noviembre de 1943, fue convocada la cátedra a oposición libre y, justo antes de Navidad, presenté la documentación precisa. Debía dar el empujón final a la preparación de los seis duros ejercicios de esas oposiciones. Aún pude hacer unos días de retiro espiritual a finales de febrero y, al terminar, el Padre me animó a pasar una semana de estudio intenso en La Pililla, con sus hermanos Carmen y Santiago, y con José Luis Múzquiz, que aprovechó para avanzar en su tesis doctoral en Historia. Hizo un tiempo espléndido, hasta el punto de que trabajábamos al aire libre: Santiago y yo volvimos muy morenos.

Al llegar abril, el Padre, advirtiendo mis apuros, hizo que me sustituyeran en algunos encargos del Centro de Estudios. Realicé los seis ejercicios de la oposición en la semana del 24 al 29 de ese mes, y ese último día, que era sábado, el tribunal me votó por unanimidad para la cátedra. Cuando el Padre conoció el resultado favorable, se alegró mucho, pero tampoco hizo especiales manifestaciones de entusiasmo, ni dio al tema particular trascendencia. Después de cenar, el Padre estuvo con nosotros en la tertulia en el jardín y tomamos unos modestos dulces para celebrar el éxito.

El bulo de la conquista de las cátedras

La presencia en la Universidad de algunos catedráticos miembros del Opus Dei produjo cierto impacto en los ambientes universitarios. Constituíamos una proporción muy pequeña del total de los que obtuvieron cátedras por entonces. En algunos sectores, sin embargo, esa presencia provocó alarma. Empezó a correr el bulo de que el Opus Dei iba a la conquista de las cátedras universitarias. Lo que era un proceso natural de acceso legítimo de unos universitarios al trabajo en la Universidad, fue interpretado por unos pocos -eran los años de la guerra mundial- como fruto de una especie de estrategia militar.

Esa alarma era del todo infundada, como se comprueba si se examinan los datos con objetividad. De 1939 a 1945 se cubrieron en España más de doscientas cátedras, de las que sólo una docena fueron ocupadas por personas del Opus Dei. Estas últimas eran a su vez minoría respecto de los miembros de la Obra que por esos mismos años terminaron la carrera, ya que muchos optaron por otras profesiones. Era por otra parte imposible que en los tribunales de esas oposiciones hubiera miembros del Opus Dei. Y, como es usual, no todos ganaron la cátedra en la primera oposición a la que se presentaron.

Ese bulo era una de las falsas acusaciones que circulaban contra el Opus Dei, en el marco de la contradicción de "los buenos", y también de la de los "menos buenos": laicistas o monopolistas de diversos signos que temían perder su posición dominante al ver que accedía a la cátedra alguno que no pensaba como ellos. Bastaba que alguien pareciera ser católico practicante para que aseguraran que era del Opus Dei. También se comprende que el opositor que no lograba plaza tendiera a ver fantasmas para justificarse. Algunos no entendían que una persona del Opus Dei es un ciudadano normal, que para comer ha de ganarse la vida con su trabajo. Este tipo de ignorancia explica que más tarde provocara también extrañeza que personas del Opus Dei trabajaran en posiciones directivas de empresas, en medios de comunicación social o en la banca; o que unos pocos tomaran parte activa en la vida pública.

No me importa repetir que los fieles del Opus Dei hemos actuado siempre en los asuntos profesionales con plena libertad. Jamás he recibido en el Opus Dei -ni yo ni nadie en la Obra lo hubiéramos tolerado- la menor indicación acerca de cómo debía dar mis clases, seleccionar y desarrollar mis temas de investigación, calificar a un alumno, publicar una revista científica o afrontar cualquier otro aspecto de mi trabajo universitario. Sí que he aprendido, en cambio, que debía ofrecer a Dios ese trabajo, intentar realizarlo bien y con sentido cristiano, ser leal con todos, y ver en los demás a personas a las que se ha de ayudar y servir.

Presencia en la vida política

La juventud de quienes éramos del Opus Dei en los comienzos de los años cuarenta, la necesidad de atender a la formación espiritual y doctrinal y a la expansión apostólica, y las peculiares circunstancias políticas de nuestra inmediata postguerra explican la ausencia de fieles de la Obra en cargos y tareas relevantes de carácter político. Esto no significa, en absoluto, que hubiera desinterés por la política, sino sólo que había muchas otras cosas que hacer. José María Albareda, que en 1939 tenía treinta y siete años, era, como ya se ha dicho, Secretario General del C.S.I.C., pero esa función no tenía carácter político en el sentido usual del término, sino científico, y consistía en organizar e impulsar por todo el país la labor de investigación. Justo Martí era alcalde de Oliva (Valencia) cuando pidió la admisión en el Opus Dei, pero dejó muy pronto ese puesto para hacerse cargo de la dirección de la residencia de Jenner en Madrid.

Cada uno de nosotros tenía, como es natural, un criterio político más o menos firme y definido. No obstante, habíamos aprendido del Padre a no preguntar por las ideas políticas de los demás y a respetar sus pareceres personales, y evitábamos entrar en discusiones sobre esos temas. No era difícil, sin embargo, adivinar los modos de pensar de las personas del Opus Dei en esa materia y comprobar que abarcaban todas las posibilidades del abanico político compatible con la fe cristiana: las posiciones que podían considerarse integradas en el régimen imperante, las que lo aceptaban sin que les gustase, y también las que lo rechazaban. Uno fue Secretario Nacional de la Delegación del SEU (Sindicato de estudiantes universitarios, único autorizado) para Escuelas Especiales; otros estaban en relación con grupos tradicionalistas; algunos eran demócratas monárquicos de don Juan de Borbón y le visitaron en Lausana; había algún demócrata republicano; algunos habían perdido a sus padres o los tenían en el exilio por ser opuestos al régimen. Diferentes eran asimismo los pareceres sobre la guerra mundial en curso: unos se mostraban germanófilos, mientras otros simpatizaban con los aliados y frecuentaban sus centros culturales.

Recuerdo que un día, durante el desayuno en Diego de León, el director contó un comentario oído en la peluquería, que me pareció algo irónico y peyorativo para una opción política. No sé por qué me encontraba yo particularmente sensible e intervine de forma un tanto abrupta y poco delicada con el director. Al charlar con él por la tarde, entre otros asuntos que tratamos, me hizo ver el tono impropio de aquella intervención mía: era natural que tuviéramos criterios políticos diferentes, pero esa actitud de enfado podía ser mal interpretada por los presentes. Comprendí que tenía razón, agradecí su comentario y me apené tanto que hasta se me saltaron las lágrimas. Al verme así, el director contó lo sucedido al Padre, que con gran comprensión y cariño me tranquilizó, quitó importancia a lo ocurrido, y me reiteró que cada uno era completamente libre para pensar en política como quisiera. Me explicó el Padre, una vez más, la libertad que todos teníamos para formar nuestro criterio y orientar nuestra actuación en esas materias profesionales, políticas, sociales, económicas, dentro de lo que es compatible con la doctrina de la Iglesia, y que no debía extrañar que esos criterios fueran distintos. Ninguno podía sentirse tan seguro de su propio parecer en esos temas como para desdeñar los modos de pensar de los demás, ni debía dar importancia, aún menos enfadarse, a bromas o comentarios que surgieran alguna vez en el ambiente familiar.

Estas ideas tan claras acerca de la libertad de los miembros del Opus Dei en materia política y en todas las demás cuestiones temporales, me resultaron sumamente ilustrativas cuando con el paso del tiempo gran número de fieles de la Obra han desempeñado las más variadas profesiones y actividades en la sociedad, a la vez que se esforzaban por ser cristianos consecuentes.


Presentación
De Huesca a Madrid. La guerra civil
Mi encuentro con el Opus Dei
Con el Padre, en la residencia de Jenner
El curso académico 1940-1941
El primer centro de estudios del Opus Dei
El Padre, en Diego de León
La santidad del fundador del Opus Dei
Mis estudios en Suiza y Barcelona
De nuevo con el Padre, en Madrid
Cristo presente en los quehaceres del mundo
Epílogo. El brazo de Dios no se ha empequeñecido