Mis estudios en Suiza y Barcelona

 

Un verano en Zurich

El avance en mi tesis doctoral en el curso 1941-42 permitía prever su presentación para principios del verano. Era el momento de ampliar estudios en el extranjero. Decidido ya por la Fisiología, busqué un centro prestigioso de investigación en ese campo. Por causa de la guerra, elegí Suiza como país neutral, y gestioné una beca para trabajar un par de meses en el Instituto de Nutrición Animal de la Escuela Superior Politécnica Federal, que dirigía el Prof. Crassemann, en Zurich. Deposité en la Facultad de Ciencias la tesis ya comenzado el verano, pero la lectura habría de esperar a que se reanudase el curso.

Por primera vez desde mi petición de admisión en el Opus Dei iba a pasar una temporada lejos de un centro de la Obra, pero parte de ese tiempo coincidiría en Zurich con Juan Jiménez Vargas. En la segunda quincena de julio viajé en tren a Barcelona y allí tomé otro que, atravesando la zona de Francia dependiente del gobierno de Vichy, me condujo a Ginebra para seguir luego a Zurich. Otros universitarios españoles de áreas científicas próximas andaban ese verano por allí: además de Juan, recuerdo a Alfredo Carrato -al que conocía de Jenner y del Instituto Cajal de Madrid y me había orientado en la parte histológica de mi tesis- y a Cruz Rodríguez Muñoz, que se dedicaba a Fisiología Vegetal. Me alojé primero con Juan en el Hotel Limmathoff, junto al Lago, pero me cambié pronto a una casa de huéspedes para estudiantes.

En el par de meses que trabajé con el Prof. Crassemann, conocí las técnicas de análisis de forrajes y otros problemas de Nutrición Animal, me familiaricé con las tareas de laboratorio de un Instituto de alto rigor analítico y me fui haciendo con el idioma alemán. Trabajaba con intensidad para aprovechar aquella corta estancia, y algunos días festivos iba con Juan a remar al lago. Escribíamos a Diego de León para que supieran de nosotros. Yo me quedé más tiempo que Juan, hasta el 18 ó 19 de septiembre. Antes de regresar a Madrid, fui a conocer la Universidad del cantón católico de Friburgo. Visité allí el Instituto de Fisiología, dirigido por el Prof. Alloys Müller, en el que investigaba el Prof. L. Laszt en cuestiones de absorción intestinal relacionadas con la función endocrina, tema que me gustó. También estuve con el Prof. Kälin, de Anatomía Comparada, campo del que yo tenía poca experiencia y que me interesaba cultivar con vistas a presentarme a una cátedra de Organografía y Fisiología Animal, la única fisiológica que existía entonces en las Facultades de Ciencias españolas.

La etapa de Friburgo.

Ya en Madrid, leí por fin la tesis el 9 de octubre. Los miembros del tribunal me concedieron el título de doctor un tanto a regañadientes. No les gustaba que hubiera hecho la licenciatura y el doctorado en tan poco tiempo, ni que el director de la tesis fuese el profesor de Bioquímica de la Facultad de Farmacia, Ángel Santos Ruiz, en lugar de uno de ellos. Sin embargo, la única observación que me hicieron fue que no hablara de cobayos sino de conejillos de Indias, por ser este nombre más apropiado en castellano. Entre tanto, había planteado la posibilidad de volver a Suiza, para investigar en Friburgo con Laszt y con Kälin y me prorrogaron la beca por varios meses más.

En mi ingenuidad, no era consciente de que mi vocación al Opus Dei pudiera correr riesgo por pasar a los veintitrés años una temporada larga en un país lejano, sin nadie de la Obra próximo, y en pleno curso de la guerra mundial. Tampoco caía en la cuenta de que la contienda podía provocar en cualquier momento mi aislamiento indefinido. Quizás por eso Álvaro charló un día conmigo, por encargo del Padre, y me advirtió de las dificultades en que me podía encontrar, y sobre el cuidado que debía tener para mantenerme fiel. Me aconsejó poner mucho empeño en cumplir el plan de vida espiritual, que me esforzara por estar muy unido al Padre y a sus intenciones, y que procurara escribirles todas las semanas. Si quería, podría confesarme allí con el Padre Ramírez, un fraile dominico español que conocía algo la Obra y que era profesor de Teología Moral en la Universidad de Friburgo. Como por entonces no iba a comenzar la labor estable del Opus Dei en Suiza, no era razonable plantear allí a nadie el tema de su posible entrega.

Esa conversación con Álvaro me abrió los ojos ante la situación en que me iba a encontrar. Pensé en algunos propósitos para mi vida espiritual durante mi estancia en Suiza y se los consulté al Padre. Uno era hacer todos los días el ofrecimiento de obras con la oración de la ceremonia de la incorporación definitiva, como modo de renovar mi entrega. Otro, rezar por la noche, mientras estuviera en aquella situación, el Salmo "Miserere", como él hacía a diario, para estar mucho más unido a su persona e intenciones. El Padre me contestó que le parecía muy bien el primer propósito y que me contestaría en otro momento acerca del segundo. Al día siguiente me dio también su conformidad. Y me recomendó vivamente, como había hecho Álvaro, cumplir las normas de piedad.

A mediados de octubre de 1942 salí de Madrid hacia Barcelona y de ahí a Friburgo, en tren como la vez anterior. Me alojé en la residencia Villa García, que atendían unas monjas. Tenía una capilla en la que se celebraba misa a diario. Estaba cerca de las Facultades de Ciencias y de Medicina. A pesar de que la residencia tenía nombre español, nadie conocía allí este idioma: sólo se hablaba alemán o francés.

Tomé contacto con los profesores que iban a dirigir mi trabajo. Pasaba las mañanas en el Instituto de Anatomía Comparada, investigando el desarrollo embrionario de la cintura pélvica del ajolote mejicano. Por las tardes trabajaba en el Instituto de Fisiología para ver la influencia de las hormonas de la corteza suprarrenal sobre la absorción intestinal de una vitamina, la riboflavina. El resto del tiempo y los días festivos me dedicaba a estudiar Fisiología y Anatomía Comparada, para preparar el programa de la cátedra a la que pensaba presentarme algún día. Todas las semanas visitaba al Padre Ramírez en su celda del convento, vecino a la Facultad de Teología de la Universidad, charlábamos amigablemente y me confesaba. Profesor de prestigio y excelente religioso, conocía mi entrega al Opus Dei, me atendía con afecto y confianza, y hasta me contaba las posturas de sus compañeros de claustro, discrepantes de las suyas, sobre la guerra mundial y la situación política española. Fuera de esto y de algún corto paseo con algún compañero, mi vida transcurría con intenso trabajo. No olvidaba los consejos de Álvaro y del Padre. Escribía semanalmente a Madrid y me llegaba de Diego de León correspondencia frecuente.

Los periódicos de Friburgo anunciaban a diario en destacados titulares la marcha de la guerra. Como ya había podido advertir en Zurich durante el verano, la prensa suiza ofrecía una imagen del conflicto mundial bastante distinta de la que reflejaba la española, sesgada esta en favor de Alemania. El régimen de Franco se sentía en cierto grado deudor de Alemania por la ayuda prestada durante la guerra civil; además, un excesivo distanciamiento y frialdad podía incitar a Hitler a ordenar la invasión de nuestro país por sus tropas. Suiza era un país claramente neutral, mientras que España era entonces no beligerante.

El 9 de noviembre de 1942, los medios informativos anunciaron con grandes titulares el desembarco aliado en el Norte de África, primera gran acción de los Estados Unidos en las proximidades de Europa. Esto tuvo como inmediata consecuencia la extinción de la Francia de Vichy, el territorio francés que había quedado al cuidado del gobierno del Mariscal Petain, ya que Hitler dispuso la ocupación militar completa de Francia, situando a su ejército en los Pirineos a lo largo de la frontera con España. Como medida de prudencia, España decretó la movilización de seis reemplazos militares, los de 1938 a 1943, entre los que figuraba el mío, que era el de 1940. Temí que la movilización me obligara a regresar a España, pero muy pronto me aclararon en la embajada en Berna que podía continuar en Suiza. El cambio de la situación militar en Francia supuso, no obstante, que las comunicaciones con España fueran más complejas: Suiza se había convertido en una isla neutral rodeada de países en guerra, todos del eje germano-italiano.

Navidades en guerra, sin correo

Me acordaba mucho del Padre y de los demás de Madrid. Continué escribiendo a Álvaro todas las semanas contándole lo que hacía, y esperaba con anhelo sus noticias. Sin embargo, desde mediados de noviembre dejaron de llegar cartas. Pensé en algún explicable retraso, pero a medida que se acercaba la Navidad el hecho me resultaba más extraño, porque yo procuraba no faltar a la periodicidad convenida. Tampoco recibía cartas de mi familia, desde Huesca. Noté que esta situación anómala de falta de cartas de Diego de León venía acompañada, paradójicamente, de una presencia espiritual del Padre mucho más viva. Me había llevado entre otros libros Camino, que utilizaba de ordinario para hacer la oración, y al leer sus puntos me parecía escuchar la voz del Padre con su modulación característica, vigorosa, alentadora, paternal, como si estuviera junto a mí. La Nochebuena, sin carta alguna de Madrid ni de mis padres, fue particularmente rica en sentimientos. Con algunos de la residencia en que vivía, fuimos caminando a oír la misa de Gallo en un santuario de las afueras de Friburgo.

Pasaron los días y llegó la Nochevieja sin recibir noticias. Me decidí entonces a llamar por teléfono. Conseguir en aquellas circunstancias una conferencia telefónica era algo muy complejo, casi condenado al fracaso y sólo justificable por graves motivos. Los motivos me parecían suficientes después de mes y medio sin saber de nadie, pero la dificultad era indudable: si en tiempo de paz había que solicitar la conferencia a la central telefónica y esperar horas hasta que la daban, durante la guerra las comunicaciones civiles eran postergadas y sometidas a grandes retrasos, quedaban muchas veces suprimidas durante días, e implicaban la escucha de la censura militar. Al llegar al modesto restaurante en que cené, me decidí a probar suerte y pedí a la telefonista que me consiguiera el número de Diego de León. Asombrosamente me la dieron en poco más de hora y media: quizá porque los ejércitos festejaran la Nochevieja, y porque los Ángeles Custodios me echaron una eficacísima mano. Al otro lado del teléfono se puso Álvaro, que se alegró mucho de oír mi voz y me preguntó enseguida cómo estaba y por qué no les escribía; tenía al Padre y a los demás intranquilos sin noticias mías. Al decirle que había seguido escribiéndoles sin recibir ninguna línea de ellos, me contestó muy extrañado que me habían escrito varias cartas. Nos felicitamos las Navidades y el Año Nuevo y me sugirió que acelerara mi trabajo, de forma que pudiera terminarlo pronto, para regresar a España en uno o dos meses.

La conversación telefónica con Álvaro me dejó muy tranquilo. Ajusté a partir de entonces mi trabajo científico para terminarlo dentro del mes de febrero. Era cosa de estudiar cada mañana mayor número de cortes histológicos de la pelvis del ajolote en desarrollo, y de que por la tarde las ratas se portaran bien en los experimentos, dejando para mi regreso a España ultimar la redacción de los trabajos. En aquellos meses la nieve cubría con frecuencia las calles de la ciudad y el paisaje adquiría coloridos y matices pintorescos. También hacía bastante frío. La guerra comenzó a afectar en diversos aspectos a Suiza, con restricciones de energía eléctrica y de alimentos. Los tranvías llevaban carteles invitando al ahorro de su calefacción, cuando los de Madrid aún no la tenían instalada. Algunos parterres de parques y jardines se utilizaban para el cultivo de patatas y hortalizas.

A finales de enero, me llegó un grupo de cartas. El enigma de la correspondencia quedaba resuelto: los sobres habían sido abiertos, examinados y cerrados de nuevo con una tira de papel que indicaba su revisión por la censura de guerra del III Reich. Como desde noviembre el correo entre España y Suiza atravesaba Francia bajo ocupación alemana, la correspondencia quedó detenida y se acumuló hasta que fue digerida por los servicios militares. También en Madrid recibieron mis cartas de golpe, con similar retraso. Las cartas de Madrid solían estar escritas por alguno de los que vivían en Diego de León, con unas líneas de Álvaro, y con frecuencia también con una frase cariñosa del Padre, con su recia e inconfundible letra. Las leí y releí, compensando con creces el largo tiempo de interrupción postal. En una de esas cartas, de comienzos de año, José Ramón Madurga me hacía saber que Isidoro Zorzano se hallaba gravemente enfermo, y me pedía que rezara por él. En adelante, las cartas fueron llegando con la cadencia prevista, previo exámen por los servicios de la censura militar.

El regreso a Madrid

El 26 de febrero de 1943 inicié el regreso. Tomé en Zurich un avión -fue mi bautismo de aire-, que cambié en Stuttgart por otro, un viejo aparato Junker, de la Lufthansa, entre civil y militar, que no fue inquietado en ningún momento del vuelo y me dejó por la tarde en Barcelona. Me fui al Palau, el centro del Opus Dei. Me abrió la puerta Jaime Termes, al que no conocía, y pensando que sería un estudiante de la Universidad que llegaba tarde, me invitó con insistencia a asistir a la clase de formación que acababa de comenzar. Mientras procuraba deshacer la confusión junto a mis maletas, llegó Rafael Escolá y se aclaró todo. Rafa me puso al día de las novedades. Cené con Juan Jiménez Vargas, a quien conté mi trabajo en Friburgo, y volví al Palau para charlar con Rafael Termes, director del centro. Al día siguiente, continué en avión a Madrid y llegué esa misma mañana a Diego de León. Era ya el sábado 27 de febrero de 1943. Mi llegada fue muy festejada. El Padre estaba fuera de Madrid y regresó de Vitoria el 1 de marzo.

Además de dos artículos de investigación, me traje de Suiza abundante bibliografía de mi campo científico, una sustancial mejora en mis conocimientos del alemán y un objeto muy importante que me habían encargado los del Centro de Estudios: un diapasón metálico de lengüeta para facilitar dar el tono al coro, lo que causó extraordinaria alegría a Jesús Arellano.

Unos meses de trabajo en Barcelona: El viaje del Padre en abril de 1943

A primeros de marzo de 1943 me presenté en Madrid al órgano militar que daba destino a los soldados que, por estar en el extranjero, no nos habíamos incorporado con la movilización de unos meses antes. Al saber a qué me había dedicado en Suiza, pensaron que podría ser útil en el Parque Central de Farmacia Militar de Madrid. Como me interesaba pasar una temporada en el Laboratorio de Fisiología que dirigía Juan Jiménez Vargas en la Facultad de Medicina de Barcelona, para realizar allí nuevos trabajos científicos en la línea iniciada en Suiza, lo planteé a las autoridades militares y autorizaron el retraso de mi incorporación efectiva hasta junio. Así que, después de estar unos días en Huesca con mi familia a mediados de marzo y de pasar la fiesta de san José en Madrid, el día 23 por la noche salí en tren hacia Barcelona, donde permanecí hasta bien entrado junio.

En la Ciudad Condal yo estaba adscrito al Palau, aunque por las condiciones del piso dormía en una casa próxima y comía en una pensión cercana. Pasaba todo mi tiempo útil en la Facultad de Medicina, mañana y tarde. Por entonces, residían ya en Barcelona como catedráticos de la Universidad Francisco Botella, matemático, que vivía con una o dos hermanas suyas, y había salido días antes para Roma para hacer estudios de su especialidad; y Juan Jiménez Vargas, médico, que se alojaba en un pequeño hotel por la zona de Tres Torres. En el Palau se disponía de un par de camas turcas por si hacían falta para algún viajero, como había sido mi caso al regresar de Suiza. En aquel pequeño piso no se podía cocinar y sólo alguna vez nos preparábamos el desayuno. El director del Palau, Rafael Termes, y los demás del centro eran estudiantes, salvo Alfonso Balcells, que trabajaba como médico en el Hospital Clínico y había solicitado la admisión en la Obra en enero de ese año, después de una larga estancia de estudios en Alemania.

A final de marzo, Álvaro pasó unos días con nosotros. Nos trajo noticias de la labor en Madrid y de su paso por Valencia, de donde venía. Dijo que el Padre quería tener pronto al Señor reservado en el oratorio del Palau y nos anunció una próxima visita del Padre. También nos urgió a encontrar un lugar para montar una residencia de estudiantes en Barcelona. Además de charlar con algunos de la Obra y con estudiantes que acudían al centro, hizo diversas gestiones y visitas a eclesiásticos, entre ellos a don Sebastián Cirac y al Padre Torrent. También vio posibles lugares para la futura residencia, seleccionados en los recorridos exploratorios que se solían hacer los domingos con ese fin. El 2 de abril Álvaro, acompañado por Rafael Termes, visitó a don Gregorio Modrego Casaus, obispo de la diócesis, y se volvió a Madrid al día siguiente.

Se confirmó el anunciado viaje del Padre y que le gustaría celebrar la misa en el Palau. El sábado 10 ultimamos la preparación del altar provisional y conseguimos todo lo necesario para la misa. El domingo por la mañana, mientras estábamos haciendo la oración, oímos los pitidos del tren en el que llegaba el Padre con Ricardo -la vía del ferrocarril discurría por la zanja de la calle de Aragón entonces no cubierta, a muy pocos metros de donde estábamos-. Les recibió Rafael en la estación de esa calle y, después de acomodarse en un hotel, vinieron al Palau. El Padre nos bendijo y dio un cariñoso tirón de orejas de felicitación a los más recientes; uno muy especial fue para Alfonso Balcells, por cuya intención dijo que iba a celebrar la misa. Algunos oíamos por primera vez misa en el Palau, y otros no habían asistido antes a una misa celebrada por el Padre. No es fácil describir la emoción que nos invadía a todos ante aquel acontecimiento tan significativo, máxime por las contradicciones que el Padre y sus hijos de Barcelona habían tenido que sufrir -y seguían sufriendo- en aquella ciudad.

Era el Domingo de Pasión. El Padre nos dijo entre otras cosas que pidiéramos al Señor para nosotros y para todos "fidelidad, fidelidad y fidelidad" y que encomendáramos que pronto pudiera haber en Barcelona dos sagrarios, uno en el Palau y otro en la residencia de estudiantes que se buscaba, con lo que se ampliaría mucho la labor apostólica. Nos instó a rezar para que el Señor enviara muchas vocaciones al Opus Dei. Sus palabras anunciaban un nuevo y potente despegue de toda la labor apostólica en Barcelona. El tema de la residencia estaba candente, como algo que habría que resolver pronto. El propio Padre nos había traído -esas fueron sus palabras- "la primera piedra": una imagen de Nuestra Señora que se veneraría en el Palau hasta que se llevase a su destino.

Al terminar la acción de gracias de la misa, pasamos a la sala de estudio para desayunar con el Padre. Nos contó muchas cosas y nos abrió amplios horizontes apostólicos en Cataluña, España y el mundo. Después de rezar el Angelus, salió con Rafael, Ricardo y algún otro para ver posibles lugares para la residencia. Pasó luego la tarde en el Palau, en tertulia con todos o en conversaciones personales. Tuvimos merienda de fiesta, y al final Juan Bautista Torelló, que estudiaba entonces Medicina, nos dio un excelente recital poético y una admirable exhibición de juegos de manos, especialidades en las que tenía -y supongo que sigue teniendo- gran dominio: fue todo un éxito.

El 12, lunes, el Padre visitó a don Gregorio Modrego, y regresó con la importante noticia de que el obispo le había dado permiso para tener los dos Sagrarios previstos, uno en el Palau y el otro en la residencia. Era una fecha memorable para la historia del Opus Dei en Barcelona. Después de todo lo que allí había sucedido, eran auténticos regalos del Señor y de la Virgen. Por la tarde, algunos que habían ido a ver posibles sagrarios volvieron asustados de lo elevado de sus precios en relación con nuestras posibilidades. El Padre comentó que habría que comprar por el momento un sagrario sencillo para el Palau y que para la residencia enviaría otro de mejor calidad desde Madrid. Avanzada la tarde, fue a visitar al Rector del Seminario Diocesano.

Volvió a celebrar misa en el Palau el día siguiente. En la segunda parte de la mañana, el Padre salió con Ricardo y otros en un coche prestado, para dar un paseo por el Parque de Monjuich. Después de comer en el hotel, regresaron a Madrid.

El Palau volvió a su vida ordinaria, con sus actividades de formación espiritual y de estudio. Alegraba conocer las caras de los que se iban incorporando a esos medios de formación. Nos había dejado el Padre dos encargos muy concretos: preparar con urgencia la instalación del oratorio, incluido el sagrario; y seguir con las gestiones para la residencia de estudiantes. Desde entonces, después de hablarlo con Rafael, me hice yo residente fijo del Palau y pasé a dormir allí durante los casi dos meses más que continué en Barcelona.

Nuevo viaje del Padre: el Sagrario del Palau

El domingo 25 de abril, Pascua de Resurrección, tuvimos una nueva visita de Álvaro. Nos traía unos regalos del Abad Coadjutor de Montserrat. De acuerdo con la festividad del día y con las tradiciones catalanas, tomamos para merendar con Álvaro una mona de Pascua, mientras nos contaba las novedades más recientes sobre el Padre y la labor en Madrid.

Durante la semana de Pascua, los preparativos del oratorio se aceleraron. Instalado el altar, colocamos ya un dosel bajo el techo para cubrirlo, según las indicaciones litúrgicas de entonces al haber vecinos en el piso superior. Se dispusieron los candeleros, los manteles, la cruz de altar y otros objetos de culto, y se colocó de nuevo en la pared la cruz de palo que dos años y medio antes se había retirado para sustituirla por otra minúscula. Quedó también ultimada la instalación eléctrica. El sagrario, de madera, llegó el 3 de mayo, entonces fiesta de la Invención de la Santa Cruz. La cruz de palo se adornó ese día con una guirnalda de claveles rojos. En ese mes, se intensficó el estudio en la biblioteca ante la proximidad de los exámenes y creció la asistencia a los círculos y otras actividades de formación. Rafael Escolá dio los últimos toques de pintura al frontal del altar. El Padre Torrent vino a conocer el Palau y el oratorio y a charlar con algunos, para contar sus impresiones al Padre, a quien iba a visitar en Madrid. Una carta del Padre, recibida el 11, confirmaba sus grandes deseos de venir antes de terminar el mes, para dejar al Señor en el sagrario.

Llegó así por fin el 25 de mayo, y con él una nueva estancia del Padre en Barcelona. En Madrid, el domingo 23, antes de dar la comunión en la misa a los del Centro de Estudios de Diego de León, y el mismo 25, antes de salir para el aeropuerto y emprender con Álvaro y Pedro Casciaro el viaje a Barcelona, les había pedido que rezasen por algunos asuntos de la Obra: el viaje de Álvaro a Roma, con las gestiones que debía realizar ante la Santa Sede, y el suyo con Pedro a la Ciudad Condal. Llegaron en avión al aeropuerto del Prat esa mañana, y Álvaro, sin entrar en Barcelona, siguió viaje a Roma, con el importante encargo del Padre de dar a conocer en la Curia Romana la documentación para la venia pontificia a la erección en Madrid de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, unida al Opus Dei. Rafael Termes y Juan Masiá recogieron en el aeropuerto al Padre y a Pedro.

El Padre dedicó ese día 25 a resolver algunas dificultades burocráticas que, por simple confusión, habían surgido en la curia diocesana de Barcelona para dar por escrito el permiso de oratorio con reserva del Santísimo Sacramento, a pesar de que el obispo ya lo había concedido verbalmente en abril. Consiguió que desaparecieran aquellas barreras, en las que sin duda algo tenía que ver el demonio. Los demás no nos enteramos de que el Padre se encontraba en Barcelona hasta el día siguiente, el 26 por la mañana en que, una vez todo arreglado, llamó por teléfono al Palau desde el Obispado, para avisar que iba a llegar con el Maestro de Ceremonias de la Catedral. Ya en el Palau, el Maestro de Ceremonias procedió a oficiar la bendición del oratorio. Para festejarlo, el Padre propuso que tomáramos unos dulces. Por la tarde, el Padre y Pedro Casciaro estuvieron de nuevo entre nosotros, charlando de muchas cosas y precisando diversos detalles para la Misa del día siguiente.

Llegó por fin el jueves 27 de mayo, el día largamente esperado en que iba a quedar reservado el Señor en el Sagrario del oratorio del Palau. el primero de un centro del Opus Dei en Cataluña. El Padre celebró la Santa Misa, ayudado por Jaime Termes. Jorge Brosa, que se había traído una nueva y excelente cámara fotográfica para dejar un recuerdo gráfico del acontecimiento, no acertó a tomar fotos a pesar de su acreditada pericia, debido sin duda a la emoción. Antes de la Comunión, el Padre nos dirigió unas palabras: aludió a lo que se había tenido que esperar para llegar a aquel momento, a las duras contradicciones sufridas en esa ciudad; y nos transmitió su convicción de que esa Cruz que había permitido el Señor era signo del gran desarrollo que iba a tener el Opus Dei en Barcelona y en toda Cataluña: "A este primer Sagrario -nos dijo- le seguirán pronto unos cuantos más en Barcelona". Añadió que el Señor, que nos mimaba a cada uno con amor de predilección, se quedaba verdadera y realmente presente en aquel Sagrario, para que acudiéramos a Él y le abriéramos nuestro corazón con entera confianza, seguros de encontrar su ayuda.

Por la tarde volvió el Padre y nos obsequió en la merienda con unos helados para celebrar el acontecimiento. Él mismo ofició la primera Bendición con el Santísimo en el Palau para casi todos los que habíamos estado por la mañana. Jorge se había hecho ya con la técnica de la nueva cámara fotográfica y sacó bastantes fotos. Todo tuvo que hacerse con rapidez, porque el Abad Escarré, de Montserrat, había invitado al Padre a regresar con él en coche hacia Madrid: el Padre aceptó por hacerle compañía y por las dificultades que había para encontrar plaza en el tren. Mientras de charla con el Padre esperábamos al Abad, llegó Pedro satisfecho por haber conseguido después de muchos esfuerzos dos billetes de tren para el día siguiente. El Padre le dijo que ya no podía eludir el compromiso con el Abad, por lo que se tendría que ir él solo, con la carabela que había comprado en Barcelona para un centro de Madrid.

Acompañé a Pedro a cenar en un lugar próximo, dormimos en el Palau -el Señor no se debe quedar nunca solo en la casa, nos había dicho el Padre-, y a primera hora del viernes 28, Jorge acercó a Pedro, con la decorativa carabela, a tomar el tren en la estación, donde motivó discusiones entre el público acerca de cuál de las tres utilizadas por Colón debía representar. La puntualidad de Jorge evitó el drama anunciado por Pedro, al que le gustaba disponer de amplios márgenes de tiempo para sus viajes: de no llegar a recogerle a la hora convenida -había asegurado- "expiraré como un pajarito".

Siguieron días de trabajo intenso en la preparación de los exámenes, con gran concurrencia en la sala de estudio del Palau, mientras yo trataba de sacar el mayor provecho científico a mi tiempo de permanencia en Barcelona. El permiso militar de que gozaba no se podía prolongar más. Así que el 9 de junio regresé a Madrid.


Presentación
De Huesca a Madrid. La guerra civil
Mi encuentro con el Opus Dei
Con el Padre, en la residencia de Jenner
El curso académico 1940-1941
El primer centro de estudios del Opus Dei
El Padre, en Diego de León
La santidad del fundador del Opus Dei
Mis estudios en Suiza y Barcelona
De nuevo con el Padre, en Madrid
Cristo presente en los quehaceres del mundo
Epílogo. El brazo de Dios no se ha empequeñecido