El Padre, en Diego de León

 El Fundador de la Obra residió en Diego de León hasta 1946, año en que se trasladó a Roma. Durante esa etapa, continuó creciendo el número de fieles del Opus Dei -mujeres y hombres- y los centros se multiplicaron. En espera del fin de la guerra mundial, se preparaba también el inicio de la labor apostólica en otros países.

Yo conocí al Padre con aspecto de hombre alto y vigoroso, de buena salud, a pesar de que durante los últimos años veinte y en la década de los treinta se había sometido a tremendos ayunos, dedicando al sueño muy escasas horas. El tiempo de guerra civil, en Madrid o en Burgos, había sido en ese sentido severísimo. Sin embargo, cuando yo le vi por vez primera en octubre de 1939, su apariencia era normal y de gran vitalidad.

Pero su estado físico era menos saludable de lo que parecía y de lo que cabía esperar de un hombre en torno a los cuarenta años. Durante el tiempo que coincidimos en Diego de León, el Padre sufrió un fuerte ataque reumático en octubre de 1941; volvió a estar muy fastidiado de la pierna a finales de marzo y primeros de abril del año siguiente, sin que eso fuese obstáculo para que predicara un curso de retiro en Jenner por aquellos mismos días, y se desplazase a León para dar otro. Seguía con fuertes dolores de espalda a finales de abril de ese año 1942. Los dolores reumáticos reaparecían de cuando en cuando y recuerdo que a primeros de mayo de 1944 le molestaba tanto una pierna que casi no podía andar.

Otras veces le sobrevenían catarros muy fuertes y gripes, con temperaturas altas. En enero de 1944, al Padre le operaron de amígdalas. Le prohibieron hablar y pasaba el día en su habitación, trabajando. Como eran vacaciones y estaban muy pocos en la casa, hacían la tertulia en su cuarto, donde se valía de una pequeña pizarra para gastar bromas. No pudo estar en la fiesta de Reyes, pero el día 7 se forzó y estuvo ya charlando un buen rato con los que había en la casa: la consecuencia fue pasar una noche malísima con agudos dolores. Comentó al día siguiente que había comprendido lo que don Casimiro Morcillo, entonces obispo auxiliar de Madrid, le había dicho la víspera al visitarle: "Son dolores de suicidio".

También padeció el Padre una fuerte forunculosis en mayo de 1944: se tuvo que acostar con fiebre alta varios días, aunque se levantaba a ratos. Eran unos forúnculos tremendos en el cuello, con una fuerte inflamación que se extendía a la cara. También por aquel tiempo, nos comentaba a veces que tenía la boca reseca, con mucha sed, que sentía su lengua como si fuera de trapo o de esparto, con dificultades para articular las palabras. A pesar de eso, predicaba, hablaba y animaba a todos como siempre.

Aquella forunculosis, la sed y otros signos clínicos, hicieron pensar a los médicos en alguna dolencia más seria. El 3 de julio de 1944 le visitó un internista, me parece que fue el Dr. Bermejillo, que prescribió la práctica de una curva de glucemia que le realizaron el 6. En una nueva visita el día 17 le comunicó el diagnóstico -una diabetes-, con la pauta clínica que debería seguir, aunque el Padre continuó con la intensa actividad y vida de trabajo de siempre. Había días en aquel verano en que se encontraba muy agotado, sin poder aguantarse en pie.

Otra fuerte formación de forúnculos, acompañada de fiebre muy alta, le sobrevino en octubre de 1944, coincidiendo con unos ejercicios espirituales que predicó en El Escorial a los frailes agustinos. Tuvo que hacer uso de toda su energía para sobreponerse y no suspender aquellos ejercicios, a pesar de encontrarse en una situación física muy difícil. Era un nuevo signo que confirmó el diagnóstico de diabetes mellitus.

Muchas razones había, además de las estrictamente biológicas, que incidieron de forma negativa en su salud: las duras penitencias y ayunos a que se sometía con aprobación de su confesor, el trabajo intenso y sin descanso, el poco sueño que se concedía, y los fuertes disgustos debidos a las violentas contradicciones levantadas contra la Obra. Sin embargo, la recia voluntad del Padre, su fe gigantesca y su elevado sentido de responsabilidad ante la misión que Dios le había confiado, le llevaban a superar cualquier debilidad física, la extrema fatiga o aun el agotamiento, hasta que ya no podía más. Para él, la enfermedad era una "caricia de Dios".

Los viajes

El Padre continuó viajando desde Madrid a diversas ciudades. Ávila, Barcelona, Bilbao, Burgos, León, Lérida, Pamplona, Salamanca, San Sebastián, Segovia, Sevilla, Valencia, Valladolid, Vitoria, Zaragoza y probablemente algunas más, fueron visitadas en esos años por el Padre, en bastantes casos varias veces. El promedio de salidas del Padre para pasar varios días fuera de Madrid debía de ser de unas dos mensuales.

Tuve la suerte de acompañar al Padre en un viaje a Valencia en diciembre de 1941. Le había pedido quedarme a pasar la Navidad en Diego de León, pero me dijo que, aun cuando comprendía ese deseo, era preferible que fuera con mi familia a Huesca. Como él tenía que dar un curso de retiro a mujeres jóvenes en Valencia, me invitó a acompañarle en tren hasta esa ciudad, para seguir yo mi viaje dos o tres días después. Me encantó la idea de ir con el Padre, conocer la residencia de estudiantes de la calle de Samaniego y estar con los de allí. Como mi padre era médico de Ferrocarriles, el aumento de recorrido no me suponía mayor coste.

El 13 por la noche tomamos el tren en la estación de Atocha, y fuimos solos en el compartimento. Yo dormí bastante bien, así que no sé cómo dormiría el Padre. Al hacerse de día, después de asearnos, hicimos la oración, con algunos puntos de meditación que me ofreció el Padre. Al terminar estábamos ya próximos a Valencia y el Padre me fue mostrando el paisaje, los naranjales, y me explicó algunas características y costumbres de la región. Al llegar, nos esperaban en la estación y fuimos a la Residencia, donde el Padre celebró la misa. Estaba entonces allí de director Justo Martí, y pude conocer a algunos del Opus Dei que aún no había visto por Madrid. Eran ya prácticamente vacaciones, por lo que no quedaba casi ningún residente. Todos estaban contentísimos con la visita del Padre. Habló con algunos y levantó el corazón de todos con su simpatía, buen humor y sentido sobrenatural.

Uno de esos días, acompañé al Padre hasta el lugar donde estaba predicando el curso de retiro a universitarias de Acción Católica. Caminábamos por la calle solos, el paseo se prestaba a la confidencia, y le dije que yo me veía muy feliz en el Opus Dei, pero que no sentía especial ilusión o entusiasmo en el cumplimiento de las normas de piedad. "Mira, Paco -me dijo enseguida-, yo llevo muchos años haciendo prácticamente todo a contrapelo. No hay que hacer las cosas por entusiasmo, sino por Amor". Sobra decir que la respuesta me consoló mucho.

Relaciones con eclesiásticos

El Padre sentía gran veneración y cariño por todos los obispos y nos inculcaba ese mismo afecto. Debíamos mantener con ellos un trato lleno de respeto y delicadeza, aunque también muy confiado, sencillo. Solía visitarles en sus viajes para contar con su conformidad antes de iniciar allí la labor o para hablarles de las actividades que se hacían. En bastantes ocasiones ellos le invitaban a almorzar e incluso a que se alojara en su casa, y él trataba de corresponderles animándoles a que vinieran a conocer Diego de León y almorzaran con él. Ese trato fa miliar se extendía a otros eclesiásticos, diocesanos o religiosos. Era frecuente, durante mis años de residencia en aquella casa, que el Padre recibiera muchas de esas visitas, que atendía siempre con cordialidad, aunque a veces se encontrara agotado o enfermo. Con su fe firme, su sentido sobrenatural, su gracejo humano y su habitual alegría, hacía pasar a sus invitados horas muy agradables, les explicaba el espíritu del Opus Dei y quedaban reafirmados en su amor a la Iglesia y en su esperanza, al contemplar los horizontes de santidad y apostolado en el mundo que el Padre ponía ante sus ojos.

Bien sabía el Padre que el contacto vivo con la realidad del Opus Dei enseña a comprender su espíritu más que muchas palabras. Por eso invitaba a estos eclesiásticos a que nos celebraran la misa y a que estuvieran algún rato de tertulia con todos o con algunos de los que allí vivíamos. El Padre nos hacía ver que al obispo sólo le suelen llegar los problemas, las quejas y las malas noticias, y que lo nuestro debía ser contarles cosas positivas, esperanzadoras o divertidas, procurando que pasaran un buen rato. Además, ante las calumnias desatadas por entonces, muchos de ellos querían expresar con su presencia el cariño que sentían por el Padre, la confianza que tenían en el Opus Dei y su cordial apoyo.

Entre los Prelados que vinieron por Diego de León, recuerdo al obispo de Madrid y a su Vicario General y luego obispo Auxiliar; a los obispos de Astorga, Ávila, Burgos, Cuenca, Granada, León, Palencia, Pamplona, Tuy-Vigo, Valencia, Valladolid, Vitoria; pero en ocasiones venían varios a la vez, lo que nos dificultaba saber de dónde eran. El Nuncio, Mons. Cicognani, estuvo varias veces. Don Casimiro Morcillo vino con bastante frecuencia, antes y después de su ordenación episcopal, que tuvo lugar en 1943. Un día en que estuvieron almorzando los obispos de Madrid y de Vitoria, al despedirse quisieron darnos su bendición a la vez, para expresar de ese modo su cariño: "Esto es lo mejor que tenemos", comentaron.

También muchos sacerdotes y religiosos visitaban al Padre y pasaban horas o días en Diego de León. De algunos guardo particular recuerdo. Avanzado mayo de 1942 estuvo Fray Justo Pérez de Urbel, que quiso dejar su autógrafo en una fotografía que representaba el claustro del Monasterio de Silos con el ciprés al que había dedicado un poema. Y comentó: "Hasta ahora mi corazón estaba encerrado entre las cuatro paredes de mi claustro; desde ahora está encerrado allí y también dentro de esta casa". Don Sebastián Cirac, sacerdote de Caspe y catedrático de Latín en la Universidad de Barcelona, venía a Jenner y a Diego de León con bastante frecuencia, celebraba la misa en nuestros centros, asistía a tertulias y tenía gran confianza con el Padre.

Mantenía con el Padre una antigua y profunda amistad el religioso agustino Fray José López Ortiz, catedrático de Historia del Derecho en la Universidad de Madrid, que en 1944 fue designado obispo de Tuy-Vigo; era además uno de los que venían casi todas las semanas para confesar, y con él me estuve confesando yo bastante tiempo. Nuestro trato con él era muy confiado y cariñoso.

En varias ocasiones estuvieron en Diego de León el Padre Manuel Suárez, Rector del Angelicum, de Roma, que fue después Maestro General de la Orden de Predicadores; otros dominicos, como el Padre Maximiliano Canal, profesor de Teología en El Laterano de Roma, y el Padre Severino, profesor de Derecho Canónico del Angelicum de Roma. El Padre Canal pasó unos días de septiembre de 1943, con su hermano Alejandro, viviendo en Diego de León. Al despedirse el día 10, nos decía que si antes sólo nos conocía por los documentos que sobre el Opus Dei había tenido ocasión de estudiar en Roma, desde entonces sabía de la Obra y de nuestra vida por experiencia personal. También venían con frecuencia otro dominico, el Padre Sancho, Rector de la Universidad de Santo Tomás de Manila, y don Pedro Altabella, que era canónigo de San Pedro de Roma, y había atendido allí con mucho afecto a José Orlandis y a Salvador Canals.

Recuerdo la visita del Abad Coadjutor de Montserrat, Aurelio María Escarré. Don Josemaría había mantenido relación con él, a propósito sobre todo de su defensa de la Obra ante los fuertes ataques contra el Opus Dei que desde finales de 1940 habían surgido en algunos ambientes religiosos de Barcelona.

Impulso de la labor del Opus Dei

En 1944, el curso de la guerra mundial presagiaba un fin próximo, y con él llegaba la hora de la expansión del Opus Dei por otros países. A primeros de marzo, el Padre nos pidió que rezáramos mucho por esa expansión. Nos hablaba de comenzar enseguida en Portugal y en Suiza; de intensificar la presencia en Roma con un sacerdote y algunos seglares más. Contaba también que en España todos los Prelados de diócesis en que no se había comenzado la labor deseaban que se empezara cuanto antes. La labor apostólica se había extendido a Sevilla en 1942 y a Santiago en el año siguiente.

En octubre de 1941 había ya en Madrid cuatro centros del Opus Dei para varones. Además de Jenner y Diego de León, estaba el centro de la calle Villanueva -allí vivían Álvaro, Ricardo, Isidoro y Juan Jiménez Vargas- y otro centro en Núñez de Balboa 115, al que fueron a vivir otros también antiguos en la Obra, como Francisco Botella, José María González Barredo, Vicente Rodríguez Casado y Rafael Calvo, y algunos que ya habían terminado la carrera, como Amadeo de Fuenmayor, José Orlandis y Ángel López Amo.

Esos centros fueron suficientes para absorber el crecimiento en Madrid durante un par de años, gracias sobre todo a la elasticidad que permitían las residencias de Jenner y Diego de León. Hacia el final de la primavera de 1943, se hizo perentorio el abandono de los pisos alquilados en Jenner por exigencias del propietario del inmueble. Después de insistente búsqueda y de rezar mucho, se localizaron dos edificios en la Avenida de la Moncloa, los números 3 y 4, uno a cada lado de la calle, que se habilitaron a lo largo del verano para un centenar de residentes. A comienzos del curso 1943-44 llegaron los primeros estudiantes, sin que hubieran terminado las obras. En el mismo verano de 1943, se hizo también preciso otro centro en Madrid para personas con la carrera acabada. Se montó en Españoleto 24. Poco más tarde, en enero de 1944, se cerró por inadecuado el de Núñez de Balboa.

El desarrollo de la labor con mujeres reclamaba una sede física para ellas. Ya en el otoño de 1940, se dispuso de un piso en la calle de Castelló, próximo a Diego de León, pero se dejó pronto porque no resultó apropiado. En abril o mayo de 1942 se alquiló un hotelito en la calle de Jorge Manrique. El 2 de agosto celebró el Padre la primera misa allí y dejó al Señor en el Sagrario. Más adelante, ya en el verano de 1944, se encontró en Villaviciosa de Odón, cerca de Madrid, una casa con amplio jardín, que se dispuso para formación, trabajo, cursos de retiro, convivencias y también descanso de las mujeres del Opus Dei. El Padre la llamó Los Rosales, y se celebró por primera vez la misa en diciembre.

En Barcelona, el Señor quedó reservado en el sagrario del oratorio de El Palau desde mayo de 1943. Habían llegado allí en el verano anterior, como catedráticos de la Universidad, Francisco Botella y Juan Jiménez Vargas, por lo que meses después se puso en Barcelona un segundo centro en la calle de Muntaner 444, para los "menos jóvenes". Por aquellos mismos años, en Zaragoza vivían algunos de la Obra, pero no contaban con locales para el centro; ya en 1944, José Manuel Casas Torres fue como catedrático a la Universidad de Zaragoza, y una zona del piso en que pasó a vivir con su madre, en la calle de Baltasar Gracián, se acondicionó para tener allí los medios de formación.

El comienzo en otras ciudades tuvo relación en parte con motivos de índole profesional. Así, al obtener Vicente Rodríguez Casado una cátedra de Historia en la Universidad de Sevilla en 1942, en octubre del año siguiente Andrés Vázquez de Prada, Javier Ayala, Ismael Sánchez Bella y algunos otros fueron allí por razones de estudio. La labor apostólica se desarrolló en torno a una pequeña residencia que dirigía Vicente, Casa Seras, en relación con la Escuela de Estudios Hispano-Americanos, y hubo varias peticiones de admisión en la Obra. Algo similar ocurrió en Santiago al obtener Amadeo de Fuenmayor en abril de 1943 la cátedra de Derecho Civil; enseguida comenzó allí el trabajo apostólico. Para el curso 1945-46 se abrieron nuevas residencias de estudiantes: Guadaira en Sevilla, Abando en Bilbao y Albayzin en Granada.

Una casa de retiros

El Padre nos hacía ver que lo esencial para la expansión de la Obra en España y en otros países era nuestra lucha por la santidad personal. Pero eran convenientes algunos nuevos instrumentos materiales para la formación espiritual de las personas de la Obra y de las que frecuentaban los centros. Recuerdo que en la primavera de 1943 nos pedía que encomendáramos al Señor conseguir una casa en el campo donde se desarrollaran numerosos cursos de retiro y sirviera en verano para la formación y descanso de los de la Obra.

Pocos meses más tarde, hacia noviembre, fue posible contar con una finca, La Pililla, cerca de Piedralaves (Avila), que parecía reunir condiciones para construir la deseada casa de retiros. De forma muy provisional, La Pililla se utilizó ocasionalmente al menos desde marzo de 1944. Y de manera regular durante el siguiente verano, en el que grupos sucesivos poco numerosos pasamos periodos de un par de semanas. Inconvenientes urbanísticos obligaron a retrasar unos años la construcción de los edificios previstos. Surgió, entre tanto, otra solución para casa de retiros: Molinoviejo, una finca entre San Rafael y Segovia, que se comenzó a utilizar en el verano de 1945.

Publicaciones de Don Josemaría

El Padre había publicado en 1934 dos libros de espiritualidad: Consideraciones espirituales y Santo Rosario. Durante su estancia en Burgos preparó Camino, que ampliaba las Consideraciones y se publicó en Valencia, en septiembre de 1939. Continuó apuntando en fichas consideraciones de carácter espiritual, similares a las de Camino. Mientras estuve yo viviendo en Diego de León, nos habló algunas veces en las tertulias de ese material que iba acumulando: serviría para dos nuevos libros, Surco y Forja. Uno de esos días nos invitó a los pocos que entonces estábamos a pasar a su habitación, y nos leyó algunas de esas fichas, que nos gustaron mucho. A comienzos de 1944, justo después de Reyes, nos contó que el material para Forja estaba ya ordenado y casi a punto, y que quizá podría enviarlo a la imprenta antes de san José. A pesar de esos deseos, las responsabilidades que cargaban sobre sus espaldas le impidieron disponer del tiempo y sosiego precisos para realizar la revisión definitiva de esos dos libros, que se publicaron como obras póstumas muchos años después.

En febrero de 1944 nos anunció que se había agotado la primera edición de Camino y que la segunda saldría a la calle muy pronto. Como esta encontró muy buena acogida, la editorial le pidió que autorizara enseguida la tercera. En abril nos habló de otra posible publicación, que podría titularse Devociones Litúrgicas, un libro breve que recogería salmos del Breviario, para ayudar a amar y a hacer la oración sobre textos litúrgicos; apuntaba la posibilidad de que pudiera estar listo para el año siguiente. Por parecidos motivos de trabajo, no desarrolló esa obra.

Don Josemaría había obtenido el doctorado en Derecho en la Universidad de Madrid a finales del año 1939, con una tesis doctoral sobre la peculiar figura jurídico-canónica de la Abadesa de las Huelgas Reales de Burgos, que pensó publicar. En abril de 1944 nos leyó un día el prólogo que había preparado. Pocos días después nos enseñó un sello dibujado por Luis Borobio para la portada. El 15 de julio pudimos ver los primeros ejemplares impresos, con el título de La Abadesa de las Huelgas.

También en julio nos dijo el Padre que preparaba una segunda edición de Santo Rosario. La primera, con 22 páginas, se había hecho con un papel de calidad muy deficiente, mientras que la nueva, sin ser en absoluto lujosa, sería más digna, con ligera ampliación del texto y mejor gusto editorial, e incluiría simpáticas ilustraciones de Luis Borobio sobre cada misterio.

En el mismo verano, el Padre indicó que se fuera preparando una colección de las publicaciones científicas y culturales de personas de la Obra, para ofrecérsela al Santo Padre Pío XII. Sería un modo de expresar al Papa nuestra veneración y cariño filial, y de que conociera la diversidad de dedicaciones profesionales y científicas que ya entonces tenían los miembros del Opus Dei, y su libertad de criterio en los asuntos temporales.

Labor de gobierno

El Padre sentía sobre sí la honda responsabilidad de hacer y extender el Opus Dei como Dios lo quería. A eso dedicaba su vida y su tarea de gobierno. Muy directa era la responsabilidad del Fundador en la elaboración de nuevos documentos, sobre todo Instrucciones y Cartas, en las que desarrolló diversos aspectos del espíritu del Opus Dei y de las labores apostólicas. El Señor bendijo su fidelidad con un continuo crecimiento del Opus Dei, lo que llevó a instaurar el gobierno central y los gobiernos locales, a precisar las indispensables relaciones entre ellos, y a generalizar la colegialidad como característica esencial de la función de gobierno.

Para estas funciones de gobierno el Padre encontró especial apoyo en Álvaro del Portillo, que era el Secretario General del Opus Dei. Trabajaban casi siempre juntos. Álvaro, que desde 1941 vivía en el centro de Villanueva, venía con mucha frecuencia a Diego de León para trabajar con el Padre, y en ocasiones incluso se quedaba a vivir allí durante algunos días. Y el Padre iba también a menudo a Villanueva para trabajar con Álvaro.

Junto a Álvaro, aunque con mucha menor dedicación, ayudaban al Padre en las funciones de gobierno durante esos años otros hijos suyos mayores, como Isidoro Zorzano mientras se lo permitió su salud, Ricardo Fernández Vallespín, José María Hernández Garnica, Pedro Casciaro, Paco Botella, José Luis Múzquiz y alguno más. El Padre contaba con la ayuda de un Consejo General que él presidía, con Álvaro como Secretario General, Isidoro como Administrador General, y otros con diferentes funciones. Como es fácil comprender, su condición de Fundador le confería atribuciones únicas, pero su humildad y su afán de predicar con el ejemplo la colegialidad le llevaban a someter sus proyectos y deseos a sus colaboradores en el gobierno de la Obra.

El Padre era el Buen Pastor de todas sus hijas e hijos, velaba por ellos con oración, mortificación e inmenso cariño. De modo muy particular les atendía cuando caían enfermos o pasaban por alguna circunstancia comprometida. Una vez, estando los dos solos, el Padre me habló de esa atención y ayuda a los demás en sus dificultades espirituales, desánimos o vacilaciones en el camino emprendido. Me contó que él había hecho algunos viajes a lugares alejados para estar con hijos suyos que lo pasaban mal. Decía que era preciso tener mucha paciencia con las almas, como Dios la tiene con cada uno, porque el Señor permite a veces oscuridades que duran más o menos tiempo; y que se ha de extremar el cariño y la comprensión con quienes se encuentran en esas situaciones. Se les debía ayudar para que les volviera la luz, o para que entendieran al menos la necesidad de ser dóciles y dejarse llevar. Me contó que una vez fue a ver a uno que se hallaba en una situación así, que supo ser leal y dócil en su oscuridad: volvió a gozar de la luz y la felicidad, sirviendo muy bien al Señor y a la Obra. El Padre estaba persuadido de que ese hijo suyo perseveraría fiel hasta el fin.

No pocas veces, el Padre nos advertía acerca de aspectos del espíritu del Opus Dei que debíamos aprender o vivir mejor. Lo hacía con mucha serenidad y paciencia, cargado de razón, y delicadamente. En ocasiones, ponía gran energía en su voz para que se nos grabaran bien las cosas, aunque jamás hería ni molestaba, siempre quedaba patente el gran amor que nos tenía. Y cuando, a pesar de esto, pensaba que alguno podía haber quedado un tanto apesadumbrado, se hacía más tarde el encontradizo con él y le mostraba su afecto paternal de algún modo. Nos decía que, cuando debía corregir, lo pasaba mal antes, durante y después, pero que tenía obligación de hacerlo por el Opus Dei y por nosotros mismos.

La primera Semana de Trabajo

Con frecuencia nos comentaba el Padre que primero es la vida y luego la norma, por lo que sólo después de suficiente experiencia se podían establecer los modos de proceder. Con ese fin, él tomaba notas breves, a propósito de hechos de la vida diaria. Esas notas podrían servir para elaborar más adelante criterios o normas de gobierno. Y nos aconsejaba que escribiéramos también nosotros fichas de experiencia de carácter espiritual o sobre detalles materiales, para que, valoradas a su tiempo, facilitasen el trabajo a quienes nos sucedieran.

En el verano de 1943, nos convocó a un buen grupo de hijos suyos para celebrar entre el 29 de julio y el 7 de agosto en Diego de León la Primera Semana de Trabajo, actividad que desde entonces se realiza en la Obra periódicamente. En esa Semana se revisaron muchas fichas de experiencia y se añadieron otras que, sistematizadas, quedaron como valioso material de trabajo a disposición del Padre y del gobierno central.


Presentación
De Huesca a Madrid. La guerra civil
Mi encuentro con el Opus Dei
Con el Padre, en la residencia de Jenner
El curso académico 1940-1941
El primer centro de estudios del Opus Dei
El Padre, en Diego de León
La santidad del fundador del Opus Dei
Mis estudios en Suiza y Barcelona
De nuevo con el Padre, en Madrid
Cristo presente en los quehaceres del mundo
Epílogo. El brazo de Dios no se ha empequeñecido