El primer centro de estudios del Opus Dei

 El Fundador del Opus Dei vio desde el principio a sus hijas e hijos dispersos por el mundo, cada uno en su trabajo. Nuestra vida de entrega a Dios se debía desenvolver en medio de la calle, entre nuestros compañeros. Los primeros que siguieron al Padre antes de la guerra civil española, lo hicieron en celibato apostólico, como numerarios, con la más amplia disponibilidad para servir al Opus Dei y a la Iglesia. Si tenían a su familia en Madrid, continuaban viviendo con ella. Si eran de otras procedencias, se alojaban en pensiones. Al comenzar en 1934 la residencia de Ferraz, los que se ocupaban de la dirección y algunos otros se fueron a vivir allí; los demás pasaban el tiempo que podían en la casa. Lo mismo sucedió en Madrid al acabar la guerra civil y en otras ciudades españolas. La formación de los que el Señor enviaba al Opus Dei se hacía en la residencia de estudiantes cuando la había, en los locales disponibles para las actividades apostólicas, culturales y educativas, o en cualquier otro lugar, a veces por el sistema peripatético, paseando.

Sin embargo, el Padre quería que sus hijos numerarios, que con el tiempo se habrían de ocupar de modo especial de la formación de los demás miembros de la Obra y de la dirección de los centros y labores apostólicas, recibieran en cuanto fuese posible una formación más intensa. Y también vio conveniente que al terminar sus estudios e iniciar su actividad profesional, vivieran de ordinario -aunque no necesariamente- en centros de la Obra. Estas casas debían ser un hogar de familia cristiana. jamás se parecerían a una pensión ni a un colegio, asilo o cuartel; mucho menos a un convento, por la sencilla razón de que cuantos pertenecen a la Obra son ciudadanos y fieles corrientes.

El Padre consideró en 1941 que había llegado el momento de disponer en el edificio de Diego de León de una zona apta para lo que se denominó Centro de Estudios, que facilitara una formación más intensa de sus hijos. El Centro de Estudios de Diego de León adquiría la forma de una residencia de estudiantes. Las habitaciones de los residentes, con dos, tres o más camas, una sala de estudio y la sala de estar estaban en la última planta. Es de imaginar nuestra alegría al saber que lo íbamos a estrenar y pasar allí cierto tiempo junto al Padre. Además de continuar nuestros estudios universitarios, recibiríamos clases y charlas para profundizar en el conocimiento de la doctrina católica y del espíritu del Opus Dei, aprendiendo este espíritu directamente del Fundador.

Los comienzos

En el primer curso, 1941-1942, el director del Centro de Estudios fue Pedro Casciaro. Había dieciséis camas, que se ocuparon por completo. El número fue aumentando en años sucesivos. Durante ese curso hice los estudios del doctorado en Ciencias Naturales, asistiendo a clases en el Jardín Botánico, la Facultad de Farmacia, el Museo Etnológico y el caserón de San Bernardo, aunque me dediqué sobre todo a trabajar en mi tesis doctoral en el Instituto Cajal, entonces al Sur del Parque del Retiro, próximo al Observatorio Astronómico.

Al llegar a Diego de León me enteré de que el Padre contaba conmigo para ayudar a Pedro Casciaro en las tareas de dirección, aunque mi colaboración fue muy escasa y por poco tiempo: andaba yo muy ocupado con el doctorado, pues trataba de presentar la tesis dentro de ese curso académico. En el curso 1942-43, José María Hernández Garnica sustituyó como director a Pedro Casciaro.

El Padre era sin duda el alma y el corazón del Centro de Estudios, de toda la tarea formativa que allí se desarrollaba. Su predicación frecuente, sus charlas, los ratos de tertulia, los comentarios que nos hacía de algunos de sus escritos, tenían para nosotros un valor único. El director y otros mayores colaboraban con el Padre en las tareas de formación espiritual.

La formación que recibíamos incluía clases de Filosofía, Teología, Latín... Recuerdo como profesores en aquellos años a don José María Bueno Monreal, años más tarde Arzobispo y Cardenal de Sevilla, que nos dio un curso de Propedéutica Teológica; a don Abundio García Román, que nos enseñaba Perfeccionamiento de Lengua Latina, materia de la que se ocupó después Antonio Fontán; al P. Rodríguez-Permuy, claretiano, que explicaba Filosofía. Venía también a enseñarnos canto gregoriano otro sacerdote, don Enrique Massó, del que se fue haciendo "ayudante" Jesús Arellano. Se organizaron también clases de idiomas.

Enamorado del canto litúrgico, el Padre nos animaba a aprenderlo bien y a que, al cantar, atentos a lo que decíamos, hiciéramos oración. Y don Enrique, sacerdote muy bueno y piadoso, apasionado por el gregoriano, ponía entusiasmo al enseñarnos y se hacía eco de esos deseos del Padre. Poco a poco fuimos aumentando el repertorio. Celebraba de ordinario la misa algún capellán que venía de fuera -durante mucho tiempo, un religioso escolapio del colegio que tenían en Diego de León, junto a nuestra casa- y algunas veces lo hacía el Padre. Al oírnos cantar y observar nuestros progresos, el Padre nos felicitaba.

Como en años anteriores, el Padre prefería que no nos confesáramos con él y nos dejaba en entera libertad para hacerlo con quien nos pareciese. No obstante, la experiencia mostraba que no era raro que al acusarnos de nuestras faltas e imperfecciones, los confesores fueran poco exigentes y nos despacharan sin apenas consejos de mejoramiento espiritual. En algún caso, trataban de orientarnos hacia la vida religiosa, camino muy distinto del nuestro. Por estos motivos, y sin reducir lo más mínimo nuestra libertad, buscó el Padre a algunos sacerdotes que, por ser conocedores de la Obra y de nuestra entrega, podían exigirnos y aconsejarnos de forma más apropiada. Solían venir por la casa Fray José López Ortiz, agustino; el Padre Aguilar, dominico; don José María Bulart, sacerdote diocesano, y algún otro que no recuerdo.

El ambiente de intimidad de Diego de León era propicio para conocer algunos hechos de los comienzos de la Obra. El Padre era muy reacio a tratar de esos temas -sobre todo si se referían a su persona-, por humildad y para que no nos forjáramos de él una imagen fuera de lo normal, o pensáramos que la santidad requería fenómenos sobrenaturales extraordinarios, cuando lo nuestro era buscar la santidad en lo ordinario. Por eso, sólo con ocasión de alguna fiesta, o en conversaciones de unos pocos con alguno de los más antiguos -mucho más excepcionalmente con el mismo Padre-, nos íbamos enterando de algunas de esas circunstancias históricas.

Mencionaré sólo una de estas confidencias, de la que fui testigo, porque permite hacerse idea del tipo de relación que existía entre el Fundador y Álvaro del Portillo. Iban a salir los dos de Diego de León hacia el centro para mujeres de la Obra de la calle Jorge Manrique, y me invitaron a acompañarles. Acepté encantado y fuimos caminando despacio por Diego de León y Serrano. Álvaro, con respeto y delicadeza, pero también con confianza, le empezó a preguntar al Padre por sus antiguas relaciones con los carmelitas descalzos, y sobre si le había ocurrido algo especial en el convento de carmelitas de Segovia en el que se veneran los restos de san Juan de la Cruz. El Padre se defendía con evasivas, pero la hábil insistencia de Álvaro logró vencer poco a poco su resistencia, de modo que me enteré entonces de la influencia que habían tenido en el Padre las huellas en la nieve de un carmelita en Logroño. También supe de las luces divinas recibidas en octubre de 1932 en aquel convento de Segovia, junto a la tumba del santo, por las que los Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael, y los Apóstoles Pedro, Pablo y Juan se convirtieron en Patronos de las distintas labores apostólicas de los miembros de la Obra. Me conmovía palpar la humildad del Padre, al que no gustaba tratar de esas cosas delante de mí, y ver cómo se las arreglaba Álvaro, para lograr que yo las conociera.

La vida en familia

Para las Navidades se instaló un Nacimiento en la galería inmediata al comedor. Al Padre le gustaba ver cómo se iban componiendo las montañas y se colocaban las ingenuas figuras de barro alrededor del Portal. El Nacimiento centraba la vida familiar en el tiempo de Navidad. Allí, en la galería, se solía hacer la oración de la tarde, se tenían las tertulias, se cantaban villancicos. La víspera de la Nochebuena de 1942, trajeron al Padre una preciosa talla del Niño Jesús en madera de caoba: la tenía gozoso entre sus manos y la mostraba con inmenso cariño. Quizás le recordaba la imagen del Niño que gustaba besar y mecer entre sus brazos, años atrás, en la iglesia del Real Patronato de Santa Isabel.

Todos queríamos quedarnos a pasar las Navidades en Diego de León con el Padre, y así se lo pedíamos; pero a los más jóvenes nos decía que fuéramos con nuestras familias. No podía quejarme del ambiente en casa de mi familia, pero cuando estaba en Huesca echaba de menos la vida en Diego de León. En 1942, regresé de Huesca hacia la medianoche del 2 al 3 de enero. El 4, cuando estábamos en el postre, al partir yo el turrón, partí el turrón y también el plato, con la consiguiente broma fácil de los demás: en adelante, no podría decir que no había roto un plato. Muy poco después nos trajo el Padre a cada uno una copita de malvasía de Sitges, que le habían regalado, y pasamos con él una encantadora sobremesa; quizás quiso, de ese modo, que no me apurara por el pequeño percance. Ese año, el Padre, con dos que le acompañaron, se ocupó de los regalos de Reyes, y yo hice de paje. El 9 de enero de ese año el Padre cumplió cuarenta años: le felicitamos y nos acompañó en la tertulia después del almuerzo, pero no recuerdo que le agasajáramos de modo especial.

Carácter muy particular tenía la fiesta del 19 de marzo, san José, Patrono de la Iglesia y de la Obra, santo del Padre y fecha vinculada a nuestra personal entrega al Opus Dei. Como es frecuente en España llevar el nombre de José, siempre había algunos Pepes que celebraban su santo. Después de la misa, felicitábamos al Padre y a los Pepes y se desbordaba el buen humor de todos. Muchas personas venían por san José a Diego de León para felicitar al Padre y otras llamaban por teléfono, con el mismo fin. En 1943 y 1944, estuvo el Nuncio de Su Santidad en Madrid, Monseñor Cicognani, que nos celebró la misa. El Padre estaba conmovido por esa muestra de afecto del más directo representante del Papa.

La circunstancia de vivir en la misma casa facilitaba que el Padre nos acompañara muchas veces en las tertulias. Nos solía decir que no debía venir con nosotros, para que no nos sintiéramos cohibidos por su presencia y charlásemos con más espontaneidad. Confesaba que después de estar con nosotros en la tertulia solía proponerse no volver en un tiempo, pero que, al oírnos subir del comedor o escuchar nuestras voces jóvenes, su corazón le hacía traición -constituíamos lo que él llamaba su "ocasión próxima"- y fallaba a su propósito. Nosotros, que teníamos muchas ganas de que viniera, le asegurábamos que su presencia no disminuía en absoluto nuestra libertad; al contrario, estimulaba nuestra desenvoltura, porque solía pedirnos que le contáramos anécdotas, chistes, o que cantáramos.

Cualquier tema corriente servía al Padre para darnos criterio cristiano, para formamos o para contarnos cosas interesantes o divertidas de sus viajes por diversas ciudades y el desarrollo de las labores apostólicas. Impulsaba nuestro proselitismo personal y nos movía a encomendar al Señor a personas que podían pedir la admisión en el Opus Dei. Mientras nuestros ojos se abrían como platos ante los espléndidos horizontes de expansión que nos trazaba, nos repetía: "Soñad y os quedaréis cortos". Y también: "Que se os meta bien en la cabeza y en el corazón que no haremos nada si no somos santos". El tiempo de tertulia pasaba volando cuando estaba el Padre, y solía terminar con las campanadas del reloj. En ocasiones buscábamos con la mirada la complicidad del director y acudíamos al truco de cantar algo con suficiente potencia para que no se oyeran, y así alargar la tertulia. El Padre se daba cuenta de la maniobra, y a veces seguía la broma y continuaba la tertulia algo más.

Puede ser una simpleza mía, pero no me importa decir que aquellas tertulias con el Padre me han servido para atisbar lo que debe ser el Cielo: la contemplación de la Santísima Trinidad, la amigable conversación con el Señor, con la Virgen, con los ángeles, con tantas personas con las que se ha tenido un particular trato en esta tierra; para intuir, salvadas infinitas distancias, lo que debe ser ese vivir intenso en el que el tiempo no corre, en el que todo es Amor. El Cielo debe ser algo muy parecido a una tertulia sin fin y sin posible cansancio, en la que todos contemplan a Dios, se miran, se comprenden y se aman.

Las canciones surgían con frecuencia, sin acompañamiento musical casi siempre, más rara vez con el apoyo del piano o la guitarra. El Padre se unía muchas veces a los cantores y nos animaba a cantar refiriendo al Señor, a la Virgen, a la Obra, tantas expresiones bellas, llenas de poesía, que han brotado del corazón enamorado de los hombres. Muy pronto se dispuso de un piano pequeño para acompañar las canciones o para que algún entendido practicara con él y nos diera un concierto. En el otoño de 1941 llegó una radiogramola que, aunque antigua, se consiguió poner en uso y se instaló en la zona de estar. Los discos se fueron obteniendo como regalo de nuestras familias.

En la primavera de 1942, Pedro Casciaro se hizo con un viejo armonium que, una vez arreglado y ajustado, hizo las delicias de Jesús Arellano, como importante apoyo para el canto en el oratorio. Más adelante, hacia el verano del mismo año, nos regalaron una antigua pianola. Se encontró a un experto que la puso a punto. En septiembre se recibió de Valencia un buen lote de rollos para la pianola y comprobamos que sonaba de modo aceptable. El día de san Francisco de Asís, los Pacos fuimos obsequiados con un excelente concierto de pianola. También hubo violines: el que Jesús Larralde se trajo de Pamplona -conseguía arrancarle notas que recordaban un conocido minué- y el que tocaba Jesús Alberto Cagigal. Aunque había un reducido grupo un tanto negado para la música, el nivel medio era más que aceptable.

En su predicación, al Padre le gustaba comentar el texto del Evangelio de san Juan (15, 16): No me habéis elegido vosotros, sino que yo os he elegido, y os he puesto, para que vayáis, y deis fruto, y vuestro fruto permanezca, para considerar la elección divina, la fidelidad que debíamos guardar a la llamada y su sentido apostólico universal. Nos decía que el Opus Dei habría de extenderse por tierras y mares, de polo a polo. En alguna tertulia había comentado que nos vendría bien tener como objeto decorativo un barco, que recordara esos afanes universales. Y en el verano de 1943, Gonzalo Ortiz de Zárate, un alavés que estudiaba ingeniería naval, aprovechó sus vacaciones en Villarreal de Álava para emprender la construcción de un barco bautizado como Ut eatis, de 1,75 metros de eslora, que quedó terminado para las Navidades de ese año.

Noticias de otros países

Las noticias de quienes por motivo de estudios o trabajo salían de España se recibían en Diego de León con gran alegría. Eran años de guerra mundial, con indudables riesgos para los viajeros y dificultades de comunicación. El Padre, que confiaba mucho en sus hijos, se llenaba de contento con sus cartas, telegramas, o muy raramente llamadas telefónicas, y se apresuraba a transmitirnos lo que contaban. Recuerdo que José Luis Múzquiz pasó un tiempo en Portugal en 1941. En el verano de 1942, Juan Jiménez Vargas y yo fuimos a pasar un par de meses a Zurich, y Javier Silió viajó a Grenoble. También José María González Barredo pasó un tiempo por Alemania, Suiza, Austria e Italia, viaje que contó a su regreso en una tertulia hacia el 10 de septiembre. A mediados de octubre salí yo de nuevo para Suiza, esta vez para pasar cerca de cinco meses en Friburgo. En el verano de 1943, Juan Jiménez Vargas y Rafael Calvo estuvieron en Suiza. En el de 1944 vivieron unos meses en Portugal Laureano López Rodó y Ángel López Amo.

Esos viajes fuera de España no implicaban el inicio de la expansión de la Obra por Europa, que debería esperar al término de la guerra mundial. Pero la presencia de miembros del Opus Dei en esos países, además de servir a la finalidad profesional específica que los motivaba, mejoraba el conocimiento de los idiomas y sembraba oraciones, relaciones personales y esperanzas para cuando se pudiera comenzar.

Más importancia tuvo para el Padre y para el Opus Dei la estancia de José Orlandis y Salvador Canals en Roma. Aunque estaba también motivada por sus estudios, permitió establecer relaciones y amistades con eclesiásticos de la Curia romana. Llegaron allí el 1 de noviembre de 1942. Una semana más tarde tuvo lugar el desembarco americano en el Norte de África, de tanta trascendencia para el curso de la guerra. Las dificultades de comunicación con España crecieron, pero, de un modo u otro, llegaban a Madrid noticias suyas. El día de la Purificación de Nuestra Señora de 1943, Álvaro, por encargo del Padre, entró feliz en el comedor del Centro de Estudios con una fotografía de los dos "romanos" junto a José María González Barredo en las calles de Roma, y un recorte de L'Osservatore Romano que refería la Audiencia Pontificia del Papa Pío XII a los dos miembros de la Obra, que había tenido lugar el 15 de enero anterior. Por la noche, el propio Padre amplió la información dando detalles de esa audiencia, primera de carácter privado que el Papa concedía a miembros del Opus Dei. Desde marzo, acompañó a los romanos unos meses Paco Botella, que trabajó junto a los profesores Fantappiè y Severi, prestigiosos matemáticos.

Del 25 de mayo al 21 de junio de 1943, Álvaro estuvo también en Roma para iniciar en la Santa Sede las gestiones para obtener la autorización -el nihil obstat- de la erección de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Roma sufrió el primer bombardeo de la aviación aliada el 19 de julio, y al día siguiente José Orlandis informó por cable que estaban bien, lo que alegró mucho al Padre. Esa acción militar aérea fue motivo de anulación de muchas reservas en los vuelos a Roma, lo que hizo posible a Juan Jiménez Vargas, que desde primeros de ese mes no conseguía plaza, viajar el 21 a la capital de la cristiandad con noticias del Padre, y continuar luego a Zurich. Tras la caída de Mussolini, las tropas alemanas ocuparon Roma durante nueve meses y se interrumpieron las comunicaciones con España. No obstante, el 17 de septiembre nos hizo saber otro telegrama que seguían bien. Y en octubre llegó a España la importante noticia de la concesión del nihil obstat de la Santa Sede.

Al aproximarse los ejércitos aliados a la Ciudad Eterna, se hicieron más frecuentes los bombardeos. Recuerdo que a mediados de febrero, ya de 1944, el Padre nos hacía participar de su dolor por los daños personales y por las destrucciones materiales que se podían producir. Hacia el 19 de abril recibió una carta con buenas noticias de los de Roma. Y al ser ocupada la ciudad por los aliados, telegrafiaron de nuevo el 5 de junio. Desde entonces, las noticias llegaron con mayor frecuencia, aunque persistían las dificultades. El Padre nos habló muy satisfecho el 22 de julio de otro telegrama que daba cuenta de los buenos resultados obtenidos por nuestros dos romanos en sus exámenes en los Ateneos Pontificios. Al año siguiente, ya en agosto de 1945, en los días en que terminaba la guerra en Europa, Pío XII les concedió una nueva audiencia, y meses más tarde, en el otoño, regresaron a España.

Carmen y Santiago

Cuando el Señor se llevó consigo a doña Dolores en abril de 1941, la hermana del Fundador, Carmen, quedó sola al tanto de las tareas domésticas de Diego de León. Su hermano Santiago la acompañaba a comer y cenar y pasaba con ella los ratos que permitían las muy distintas ocupaciones de una y otro. Carmen, que tenía unos veinte años más que yo, me tenía como paisano suyo, ya que era de Barbastro y yo de Huesca. Por ser hijos de su hermano, ella tenía pleno derecho a considerarnos sobrinos, y nos trataba en consecuencia. En realidad, nos tenía mucho más como hijos que como sobrinos, y éramos objeto de muchas atenciones suyas.

El comienzo del Centro de Estudios añadió al trabajo de cuidar una casa de tan amplias dimensiones, la atención de la comida y repaso de ropa de bastantes más personas. Era un tiempo en que se carecía de la mecanización hoy disponible. La limpieza de las cuatro plantas de Diego de León requería de Carmen gran dedicación. Era además la sede central del Opus Dei, y el esmero en los aspectos materiales de la casa debía ayudar a que la mentalidad laical de la Obra entrara por los ojos a muchas personas que acudían allí para visitar al Fundador.

Por propia decisión, Carmen no daba a su vida otro sentido que el de ayudar a su hermano Josemaría en su misión de sacar adelante el Opus Dei. Y ayuda muy importante y eficaz en aquellos años fue ocuparse directamente de la casa de Diego de León, a la vez que orientaba las tareas domésticas de la residencia de Jenner y de otros centros de Madrid, mientras se hacían cargo de ellas las mujeres de la Obra. Carmen no pertenecía al Opus Dei, pero entendía que era el Señor quien le pedía su colaboración; y con total libertad asumía gustosa la responsabilidad de esas ocupaciones. Recuerdo haberle visto en alguna ocasión excepcional con la cara seria y disgustada por justo motivo; si tratábamos de decirle algo para que desarrugara el ceño, nos contestaba con un "¡no estoy para bromas!". Pero esa actitud cedía enseguida: en cuanto veía el menor signo de pesar por nuestra parte, se olvidaba de todo, recuperaba su habitual buen humor y nos ganaba con su afecto.

Alguna vez, a través de amistades, conseguía algún suministro extraordinario de aceite, legumbres, arroz, harina, patatas, para varias semanas, y, contentísima, nos lo venía a contar enseguida. Esto ocurrió con una importante partida de higos secos, de calidad muy modesta: los tuvimos en la merienda durante varios meses y, cocidos en su almíbar, en el desayuno. En otra temporada, ante la imposibilidad de disponer de patatas, obtuvo de tierras levantinas varios sacos de boniatos -tubérculos poco utilizados en Madrid para la mesa en situaciones normales- que, cocinados con ingenio por Carmen de formas variadas, fueron bien acogidos. Grande fue su alegría cuando Justo Martí le envió desde Valencia una receta para preparar pastel de boniato, que nos pareció suculento. Fue también motivo de gozo para Carmen recibir un saco de harina de Corella (Navarra), una larga ristra de longaniza que se trajo José Ramón Madurga de Valtierra (Navarra) o un importante suministro de arroz que facilitó un conocido de Lérida. A finales de la primavera del 1944, se obtuvo a buen precio un cargamento de patatas que debían consumirse con urgencia, lo que obligó a servirlas a diario de distintas formas, hasta el punto de que uno comentó en broma, con las risas consiguientes, que empezaba a encontrarse "apatatado".

Cuando la animábamos a descansar, Carmen nos decía que no sabía estar cruzada de brazos, que el trabajo la distraía. Muy pocas veces salía de casa a dar algún paseo, con Santiago, o con alguna amiga; o a estar con las mujeres de la Obra. Una vez la encontré en el vestíbulo de la primera planta, realmente agotada. A modo de explicación -no de queja, ni para que la consolara- me dijo: "Si supieras, Paco, cuántas veces he subido y bajado hoy esas escaleras...". Pero enseguida se venció y recuperó su buen humor.

Santiago pasaba muchas horas trabajando en su habitación y comía con Carmen. Su extremada delicadeza le llevaba a mantener esa independencia. Permaneció un tiempo en La Coruña con motivo de su servicio militar, de donde regresó a mediados de marzo de 1942. Hacia el 25 de noviembre del siguiente año, estuvo muy grave por una severa hemorragia digestiva, que requirió transfusiones de sangre. Algunos nos turnamos para velarle durante las tres o cuatro noches de mayor riesgo. El 8 de diciembre se dio a Santiago como fuera de peligro, aunque siguió con vigilancia médica bastante tiempo.

El traslado a Madrid de los restos de don José Escrivá

Don José Escrivá y Corzán, padre de don Josemaría, falleció de forma repentina en Logroño el 27 de noviembre de 1924, pocas semanas antes de que su hijo fuera ordenado diácono en Zaragoza. Sus restos recibieron sepultura en la capital de La Rioja. Antes de irme a vivir a Diego de León, había oído pocas cosas de él: sabía que había sufrido en Barbastro algunos duros reveses económicos, por lo que la familia se había trasladado a Logroño; que al morir tenía unos cincuenta años; y poco más. Ya en Lagasca fui conociendo más datos de la familia del Fundador, aunque por entonces él nos contaba muy poco de ella: nuestro interés por su familia chocaba con su humildad y delicadeza.

El 22 de abril de 1942, primer aniversario del fallecimiento de la Abuela, se celebraron en Diego de León tres misas en su sufragio: una la dijo don Arturo -un sacerdote amigo-, otra el Padre y la tercera Fray José López Ortiz. Cantamos además un responso por su alma. En la noche de ese día estuvo el Padre con nosotros en la tertulia y nos habló de sus padres. Después de unos días en que guardó cama por fuertes dolores de espalda, el Padre salió el 27 para Logroño en coche, con Ricardo Fernández Vallespín, y regresó el 29. El motivo de ese viaje fue recoger los restos de su padre, don José, y trasladarlos a Madrid. Velamos esos restos en el oratorio de Diego de León. Al día siguiente, el Padre celebró la misa en sufragio por su padre, a la que asistió Carmen con nosotros. Por la tarde, se llevaron los restos mortales de don José al cementerio, donde se inhumaron junto a los de doña Dolores. Años más tarde, el 31 de marzo de 1969, los restos de don José y doña Dolores fueron trasladados desde el cementerio de La Almudena a la cripta que se construyó en Diego de León al reformar la casa.


Presentación
De Huesca a Madrid. La guerra civil
Mi encuentro con el Opus Dei
Con el Padre, en la residencia de Jenner
El curso académico 1940-1941
El primer centro de estudios del Opus Dei
El Padre, en Diego de León
La santidad del fundador del Opus Dei
Mis estudios en Suiza y Barcelona
De nuevo con el Padre, en Madrid
Cristo presente en los quehaceres del mundo
Epílogo. El brazo de Dios no se ha empequeñecido