El curso académico 1940-1941

 

En el lado sur de la calle de Diego de León, entre las de Lagasca y Velázquez, había entonces tres edificios del mismo estilo arquitectónico. Se alquiló uno de ellos, el número 14, que hacía esquina con Lagasca y pertenecía a los herederos de los Marqueses de Donadío. Iba a ser la sede central del Opus Dei y residencia de estudiantes. Era el verano de 1940. La casa contaba con un semisótano con las cocinas y servicios centrales; una planta baja con amplio vestíbulo, el comedor y varios salones; la primera planta, con habitaciones amplias, en la que se instaló el oratorio; y una planta alta o ático, destinada antes para el servicio doméstico. Un pequeño jardín detrás de la casa, con algunos árboles y entonces casi libre de vistas, servía como lugar de esparcimiento.

La instalación de Diego de León

Por el largo tiempo que llevaba sin habitar y su nuevo destino, fue indispensable hacer arreglos, adecentar la casa e instalar nuevo mobiliario. La escasez de dinero obligó a que el acondicionamiento se realizara poco a poco, mirando mucho el gasto. El 31 de octubre hicieron ya noche allí la Abuela, Carmen y Santiago, junto con Álvaro e Isidoro. Muy poco después se incorporó el Padre, que estaba fuera de Madrid, así como Vicente Rodríguez Casado, Juan Antonio Galarraga, José Orlandis y Teodoro Ruiz. Durante aquel curso 1940-41, Álvaro fue el director del centro de Diego de León, al que ayudaba Isidoro en los asuntos económicos y materiales. Estaban también adscritos algunos de la Obra que vivían con sus familias.

La entrada desde Diego de León por el portón principal, difícil de atender, sólo se utilizaba para algunas visitas. Todo el movimiento ordinario se hacía por la pequeña puerta de servicio, en Lagasca 116, por lo que llamábamos a ese centro Lagasca, costumbre que duró bastantes años. Desde esta puerta se alcanzaba la cancela del edificio a través del jardín.

En el amueblamiento y decoración de la casa tomó parte principa1 el Padre, ayudado por Álvaro, Ricardo, Pedro Casciaro y algún otro. En cambio, de las instalaciones técnicas de fontanería, electricidad, carpintería, se ocupó Isidoro. Además de acudir a la colaboración de familias de algunos de la Obra, empezando por la del propio don Josemaría, el resto del mobiliario se adquirió mientras corrían los meses. El Padre, acompañado de alguno, recorría tiendas de muebles de ocasión y puestos del Rastro madrileño. En esas visitas descubría utilidades insospechadas a objetos por los que nadie se interesaba, veía la posibilidad de restaurar con poco gasto un mueble destartalado y avejentado o de recomponer un cuadro medio roto y sucio. Con su simpatía y buen humor, conseguía precios más asequibles, se granjeaba la amistad de los vendedores y se ocupaba de sus almas. Por aquellos años, Don Josemaría era muy conocido y querido por quienes se dedicaban al mueble de ocasión; si tardaba en visitarles, le echaban de menos porque, con independencia de que comprara o no, pasaban con él un buen rato con su conversación animosa y cordial.

Aunque se utilizó de forma provisional muy pronto, la instalación del oratorio fue también progresiva. El obispo Administrador Apostólico de Vitoria don Javier Lauzurica, invitado por el Padre, celebró el 23 de febrero de 1941 la Santa Misa y dejó reservado al Señor en el sagrario de modo estable. El oratorio se conserva hoy sustancialmente igual que en aquellos primeros años. El Fundador del Opus Dei hizo allí muchas horas de oración y celebró con frecuencia la misa. A aquel sagrario acudía también cuando le apesadumbraban las duras contradicciones, o cuando su corazón rompía en acciones de gracias al ver la mano de Dios en el desarrollo de la Obra. Allí nos convocaba a sus hijos para darnos las buenas noticias, para hacernos partícipes de sus afanes y también de algunas dificultades.

El invierno 1940-41 fue en Madrid particularmente duro. En Diego de León no se utilizó la calefacción porque su instalación no estaba en condiciones y no había dinero para arreglarla. Con la excusa de que vivían pocos para las dimensiones de la casa, los únicos elementos para reducir el frío eran un brasero en la mesa camilla de la Abuela y alguna pequeña estufa para el oratorio o lugar de trabajo. Con los altos techos de las plantas nobles, los suelos de mármol o baldosa desnudos en su mayor parte, y los espacios medio vacíos, el frío y la humedad calaban y provocaban con frecuencia tiritonas. Tampoco se disponía de agua caliente para baños, duchas ni lavabos.

Aunque durante todo ese curso 1940-1941 seguí residiendo en Jenner, los de la Obra acudíamos a menudo a Diego de León. En esas visitas descubríamos los avances en la decoración -un nuevo mueble, unos apliques recién instalados, una alfombra-, que contribuían a hacer la casa más acogedora.

La vida en la residencia de Jenner

Con la marcha del Padre y su familia a Lagasca, y con el paso de casi todos los mayores a ese centro y al nuevo piso de Martínez Campos, la fisonomía de Jenner cambió. El director era Justo Martí que, venciendo las dificultades que puso el Gobernador Civil de Valencia, consiguió librarse de sus responsabilidades como alcalde de Oliva. Con la rara excepción de alguno con la carrera recién terminada, todos los demás éramos estudiantes. Se hicieron obras de adaptación en el primer piso durante la primera quincena de noviembre: quedó el comedor más amplio y próximo a las cocinas, y se ganaron plazas para residentes.

Gravitaba sobre la residencia la muy penosa situación económica en que se encontraba España después de los tremendos destrozos de la guerra civil; además, la guerra mundial complicaba el comercio exterior. Resultaba muy difícil disponer de suficientes alimentos y adquirir bienes de equipo para la reconstrucción del país y la recuperación de su capacidad de producción agrícola e industrial. Apretaba el hambre, y los destartalados tranvías circulaban atestados, con gente colgada en los estribos. Los continuos apretujones fomentaban la multiplicación de "descuideros" y carteristas, de los que fui fácil víctima en una ocasión en la estación de metro de Atocha, al regresar de un viaje a Huesca.

Continuaban los racionamientos, incluso con mayor severidad. Era casi imposible en una residencia de estudiantes encontrar suministros que complementaran los permitidos por los cupos de las cartillas personales. No olvidaré nunca el reducido tamaño, la consistencia y el fuerte color amarillo de maíz, de la porción de pan que nos tocaba para cada comida. Sin embargo, no hubo quejas, porque ni aquello era culpa de la dirección de la residencia, ni nadie podía remediar la situación. No era pequeña mortificación evitar dirigir la mirada hacia los escaparates de las tiendas de comestibles. Recuerdo la alegría con que se recibió el refuerzo del sobrio y escueto desayuno que tomábamos, con higos secos que se habían conseguido.

La penuria económica y la dificultad de obtener carbón obligaba a restringir mucho el uso de la calefacción. Se encendía pocas horas y no durante las vacaciones. No era raro ver al director en las Navidades corriendo por el pasillo para entrar un poco en calor. Algunos estudiaban en casa con guantes de lana. La llegada de una carga de carbón de Trubia a finales de enero se convirtió en jubiloso acontecimiento.

Por si fuera poco, se propagó por entonces en Madrid una plaga de piojo verde, transmisor de una Ritkettsia productora del contagioso y grave tifus exantemático, que suele aparecer cuando hay hacinamiento, miseria y suciedad. No se dio ningún caso en la residencia, gracias entre otras cosas a que se insistía en el cuidado de la higiene y en el uso frecuente de la ducha, que sólo disponía de agua fría. Pero a pesar de todas estas dificultades, el ambiente de la residencia de Jenner continuaba siendo estupendo.

Con la instalación de centros del Opus Dei en otras ciudades no fueron precisos viajes tan frecuentes desde Madrid. Continuaron llegando las vocaciones a lo largo del curso. En Valencia pidieron la admisión en la Obra Manuel Botas, Juan Castelló, Vicente Garín, Angel López Amo, José López Navarro y José Montañés, entre otros. En Barcelona, Juan Masiá, Juan Bautista Torelló, Jorge Brosa, Laureano López Rodó y Jaime Termes. También hubo vocaciones a la Obra en Valladolid y en Zaragoza.

El Padre y algunos mayores seguían haciendo viajes, y a veces íbamos también algunos de Jenner. Recuerdo haber viajado en enero y febrero de 1941 a Salamanca, en otra ocasión a Zaragoza, y en mayo, con Ricardo Fernández Vallespín, a San Sebastián y a Valladolid. En San Sebastián estuvimos con Ignacio Echeverría paseando por la ciudad y por Igueldo. Después, en Valladolid, en El Rincón, charlamos con los que allí había del Opus Dei, y con algunos que acudían a los medios de formación. Hicimos la oración en el centro, aunque no había oratorio; era frecuente que nos ayudásemos de la lectura en voz alta de puntos de Camino.

Las visitas del Padre a Jenner

Durante aquel curso 1940-41, la Residencia de Jenner siguió siendo el único lugar disponible en Madrid para las actividades de formación espiritual de universitarios, y don Josemaría el único sacerdote del Opus Dei. Tratábamos a nuestros amigos y compañeros en la Universidad, en la academia, en la calle, haciendo deporte, donde fuera; pero los cursos de formación y los retiros se tenían en la residencia. El Padre atendía a la gente en Jenner o en Diego de León.

A pesar de su intenso trabajo en Madrid y de sus viajes, el Padre sabía encontrar tiempo para venir a Jenner con cierta frecuencia, para celebrar algún día misa, dirigir la oración y oficiar la Bendición con el Santísimo. En especiales ocasiones comía con nosotros y se quedaba en la tertulia. Como se tardó en contar con un capellán que celebrase a diario la misa en Jenner, muy a menudo íbamos a oírla fuera. El Padre procuraba venir al menos una vez por semana. A veces invitaba a sacerdotes amigos suyos que estaban de paso por Madrid a que nos celebraran la misa.

Desde comienzos de diciembre hubo ya capellán fijo y teníamos la misa en casa, aunque de cuando en cuando, en algunas fiestas importantes venía el Padre. Así ocurrió en la fiesta de la Inmaculada Concepción de ese año 1940. Al terminar la misa nos animó a vivir la fraternidad cristiana, a querernos todos de veras, a que no se formaran camarillas o grupos cerrados en la residencia. Habló también de su gran amor a la libertad: debíamos actuar por propia convicción, de modo que nuestra conducta fuese consecuencia de elegir libremente lo que es bueno. Nos animó a ser reciamente piadosos, sin caer en la falsa piedad de la beatería, y anunció asimismo que después de las vacaciones de Navidad comenzarían los cursos de formación, que ese curso todavía no se habían iniciado. Después de desayunar, algunos tuvimos la suerte de salir un rato de paseo con él, en un coche que conducía Ricardo.

El 12 de enero, vino el Padre por la tarde para dar una plática y la Bendición con el Santísimo. A pesar de la competencia de los cines, asistieron casi todos los residentes. Se refirió a la reciente fiesta de la Epifanía y recordó que aún era tiempo de ofrecer al Niño Jesús, como los Magos, algún regalo: quizás más horas de estudio, cortar con compañeros que apartaran del trabajo, visitar más al Señor en el oratorio, comulgar con mayor frecuencia. Al referirse a la hipotética situación de alguno que no tuviera ganas de estudiar, decía: "¿No tienes ganas de estudiar? ¡Tienes toda la Castellana para ti! Pero no vayas a estorbar a otros. Has de contribuir a que haya en la residencia ambiente de trabajo, por Él -por el Señor- y por ti".

También se ocupaba el Padre de dirigir el retiro espiritual que se tenía cada mes en la mañana de un domingo. El de febrero -llevaba yo un año en el Opus Dei- contó con cerca de cuarenta asistentes: el oratorio estaba abarrotado, con bastantes sillas supletorias. Nos animó a luchar contra nuestras inclinaciones desviadas y a vencernos con la ayuda de Dios; a combatir los respetos humanos que obstaculizan el comportamiento cristiano y frenan el apostolado; a rechazar una falsa y ñoña vida de piedad, la comodonería y la pereza para estudiar. Insistió en que libráramos esa lucha, no con ánimo encogido, ni por miedo a nada ni a nadie, sino libremente, por amor al Señor. Al tratar de la entrega de todas las cosas al Señor, aun cuando fueran buenas, contó la anécdota del niño al que gustaba muchísimo un jarabe, el Ceregumil, al que sabía renunciar ofreciéndoselo al Niño Jesús todas las noches: al rezar la oración infantil "Jesusito de mi vida", la terminaba diciendo: "Yo te doy mi Ceregumil", en lugar de "mi corazón". La anécdota provocó risas y también dio mucho que pensar.

A primeros de marzo, vino por la tarde el Padre para dirigir la meditación. La asistencia fue escasa ese día, y para estimularnos al apostolado nos habló de la parábola del pastor que teniendo cien ovejas deja las noventa y nueve y va en busca de la extraviada. Nos decía que debíamos ocuparnos unos de otros para que mejorara la vida cristiana de todos. Otra vez, el último domingo de abril, celebró la misa y nos dirigió después unas palabras para recordarnos, como él sabía hacerlo, con mucho cariño, la necesidad de estudiar mucho y de ayudar a los demás a hacer lo mismo -se iban acercando los exámenes-, facilitando el ambiente de trabajo.

En ese año 1941 los cursos de formación se extendieron de enero a finales de mayo. Se organizaron también visitas a barrios extremos de Madrid, de la zona de Carabanchel, Cuatro Caminos o Vallecas, donde vivía gente hacinada en chabolas o tugurios, desasistida de la sociedad. Con esas visitas se les proporcionaba consuelo espiritual y humano, junto a algunos dulces que se compraban con el dinero que se recogía al pasar una bolsa en las clases de formación. Contemplar aquellas situaciones de extrema pobreza y desamparo provocaba reacciones generosas.

El Señor movía los corazones y, con el avance del curso, hubo en Jenner nuevas vocaciones al Opus Dei En casi todos los casos, los que querían ser admitidos habían hablado alguna vez con el Padre, que más bien les ponía dificultades: "yo no barro para adentro", nos comentaba. Admiraba ver el cambio que experimentaba quien pedía la admisión en la Obra. Uno me hacía notar: "Sólo por el hecho de decidirse a seguir el llamamiento divino, se adquieren de repente unas gracias y un espíritu que hacen sentir y obrar en pleno acuerdo con el espíritu de la Obra".

Amor a la libertad

Sabíamos bien que don Josemaría amaba la libertad de todos. En la residencia, los temas políticos salían con naturalidad en las conversaciones, pero se evitaba discutir sobre ellos, así como propugnar un modo concreto de entender y hacer política. Vicente Mortes, que residía en Jenner y se preparaba para el ingreso en la Escueta de Ingenieros de Caminos, se tomaba muy en serio el SEU (Sindicato Español Universitario, de origen falangista, único y obligatorio sindicato estudiantil entonces) y tuvo la idea -que comentó al director en busca de algún apoyo- de animar a otros residentes a participar activamente en ese sindicato. Pero el director le dijo que no contase con ninguna colaboración suya para ese fin, porque ni debía ni quería interferir lo más mínimo en el modo libérrimo de pensar que cualquier residente tuviera en materia política.

Oír hablar al Padre de su apasionado amor a la libertad, no dejaba de resultar entonces llamativo. Aunque no se refería al campo político, sino al espíritu de libertad esencial al cristianismo, su defensa de la libertad humana podía ser entendida como crítica a la situación política de entonces. Del mismo modo, portarse bien en la residencia no debía ser fruto del miedo a una reconvención, y menos a una denuncia a los padres que nunca se haría. Allí no existía ningún sistema de vigilancia o de control: la residencia estaba en el polo opuesto a un correccional dedicado a enderezar coactivamente conductas desviadas. El Padre nos decía, con voz no pocas veces enérgica, que en la residencia no hay vigilantes ni gendarmes, no hay nadie dedicado a controlarnos. La razón suprema para hacer bien las cosas debía ser que nos diera la gana.

Actividad agotadora del Padre

Durante aquel curso 1940-41, el Padre desplegó una actividad sacerdotal muy intensa en Madrid y en muchos otros lugares de España. Además de atender a sus hijos, extendidos por diversas ciudades, y de impulsar la labor del Opus Dei con mujeres, continuó la dirección espiritual con toda clase de personas, a las que encauzaba por caminos de santidad. Los obispos de muchas diócesis, conocedores de que la predicación de don Josemaría producía gran bien en sacerdotes y seminaristas, le invitaban a dar a los suyos ejercicios espirituales. No era raro que los mismos obispos asistieran a esos ejercicios. El Padre dirigió también retiros para religiosos y, por supuesto, para muchos laicos, hombres o mujeres, sobre todo jóvenes. Viajaba en trenes y autobuses o en algún viejo coche que solía conducir Ricardo. A veces le coincidían dos tandas de ejercicios a la vez, y tenía que ir de un lado a otro para predicar en el mismo día un buen número de meditaciones.

Nos contaba que le daba gran vergüenza dirigir cursos de retiro a sacerdotes, muchos de ellos de mayor edad que él. Y les decía que tenía la sensación de ir a vender miel al colmenero, pues era él quien quería aprender. En alguno de esos años llegó a dar curso de retiro de siete días de duración a muchos centenares de sacerdotes. Esto le suponía intenso trabajo y prolongadas ausencias de Madrid, pero entendía que al atender esas peticiones de los obispos prestaba un servicio a la Iglesia. Por otra parte, era fiel al propósito que se había hecho tiempo antes -a pesar de las grandes dificultades económicas- de no aceptar nunca dinero por su predicación, ni estipendio alguno por las misas que celebraba. Ni siquiera dejaba que le abonaran los viajes.

Ninguna ocupación o dificultad apartaba al Padre de su firme convicción, fruto de la fe, de que el principal servicio que él podía y debía prestar a la Iglesia consistía en hacer realidad el Opus Dei y extenderlo lo más posible. Y en esa misión reclamaban su atención muchos frentes: la formación y atención espiritual de sus hijas e hijos, el impulso de la expansión por España, la redacción de nuevos documentos sobre la Obra y las labores apostólicas, la tarea de explicar en los ámbitos eclesiásticos la naturaleza del Opus Dei y la secularidad de sus miembros. Nada de eso resultaba sencillo. Pero como el Padre nos solía recordar, del Salmo 103, las aguas pasarán a través de los montes. Nada le detenía: ni la extrema penuria económica, ni los problemas de la vida española, ni la incomprensión de quienes no acertaban a entender la novedad de la Obra.

Aunque contara con cierta ayuda de sus hijos mayores, sobre todo con la de Álvaro, la responsabilidad recaía por completo en él, como es fácil de entender. Y, sin dejar de satisfacer las peticiones de los obispos y de atender otras actividades pastorales, se desvivía y gastaba de modo incansable, hasta el agotamiento físico. Por si esa extenuante dedicación fuera poco, aún aceptó añadir la tarea de colaborar durante ese año 1940-41 en los Cursos de Especialización para Periodistas, antecedente inmediato de la Escuela Oficial de Periodismo, en Madrid, como Profesor de Ética y Deontología, enseñanza que dejó en sus alumnos un recuerdo inolvidable.

La primera aprobación del Opus Dei

Las contradicciones contra el Opus Dei y su Fundador nunca habían faltado, pero adquirieron niveles muy clamorosos con la fuerte expansión de la labor apostólica. Aunque la Obra siempre desarrolló su labor con el aliento y el cariño de don Leopoldo Eijo y Garay, obispo de Madrid, los ataques de algunos religiosos y de otras personas eran de tal entidad que don Leopoldo consideró oportuno pedir al Padre que presentara una solicitud de aprobación del Opus Dei. La verdad es que el Padre no había tenido ninguna prisa en solicitarla, porque sabía bien que por entonces el Derecho de la Iglesia no ofrecía ningún cauce jurídico apropiado a lo que Dios quería que fuese. Por otra parte, ninguno de los que pertenecíamos al Opus Dei nos preocupábamos por la falta de aprobación oficial y escrita: nos fiábamos totalmente del Padre.

Don Josemaría, siempre obediente al obispo, aceptó pedir la aprobación. Ocurrió, sin embargo, que, sin advertencia por su parte, pasó cierto tiempo sin que presentara la solicitud, hasta que un buen día cayó en la cuenta de su involuntario retraso. Se fue a ver a don Leopoldo, le explicó el olvido y se aprestó a repararlo. Era otra prueba de que la iniciativa en ese asunto no correspondía al Padre. Preparó con ayuda de Álvaro la documentación necesaria y la presentó el 14 de febrero de 1941.

El 24 de marzo, antes de la hora del almuerzo, telefonearon de Diego de León a la residencia de Jenner con la noticia de la aprobación del Opus Dei. Ese día se celebraba entonces la fiesta de san Gabriel. Los de la Obra fuimos por la tarde a Diego de León y el Padre nos dirigió la meditación en el oratorio. Se refirió a las contradicciones que se habían levantado contra la Obra y nos dijo que el obispo había querido aprobarla por escrito como Pía Unión, para que hubiera constancia formal de su total apoyo, con la esperanza de frenar así las maledicencias y calumnias. Nos invitó a dar muchas gracias a Dios y a don Leopoldo por esa aprobación, a perdonar a todos y a continuar fieles en nuestro camino, con renovado empeño. Explicó que él no pretendía por entonces ninguna aprobación, que todo había sido iniciativa de don Leopoldo.

La figura jurídica de Pía Unión era la menos inadecuada y la que menos comprometía otras figuras futuras más conformes con la naturaleza y el carácter universal del Opus Dei. Era el primer documento de la Iglesia que atestiguaba la bondad de sus fines, naturaleza, espíritu y afanes y modos apostólicos. Pero el deseo de don Leopoldo de acallar las contradicciones, apenas se cumplió.

Fallecimiento de la Abuela

Doña Dolores consiguió superar los intensos fríos del invierno, abrigándose como podía, refugiada en su habitación de Diego de León. Al comenzar la primavera se atrevió a dar algún paseo por Madrid y por sus alrededores. El día 4 de abril, que era Viernes de Dolores, su onomástica, fuimos a felicitarla. Y al día siguiente, que salió muy soleado, fue con Carmen y Santiago, Álvaro, Isidoro y algún otro de excursión al Escorial, y almorzaron en el campo. El frío allí era más intenso y traicionero, y la Abuela se resfrió. Ya en Madrid tuvo molestias bronquiales, y no lograba reponerse. La destemplada temperatura de la casa de Diego de León no ayudaba mucho y tuvo que guardar cama. Coincidió entonces con que el Padre debía ir a Lérida para dar una tanda de ejercicios espirituales a sacerdotes de esa diócesis. Habló con los médicos que la atendían: aun conscientes de que doña Dolores tenía un corazón delicado, no apreciaron que se encontrara en aquel momento en situación de extrema gravedad. Por eso, el Padre decidió atender su compromiso con la diócesis de Lérida y el 20 de abril emprendió el viaje. Al despedirse de su madre, le pidió que ofreciera sus molestias por la labor que iba a hacer con los sacerdotes que le esperaban. La Abuela asintió, pero no pudo evitar un comentario en voz baja, lleno de maternal cariño: "¡Este hijo".

La enfermedad había evolucionado a bronconeumonía, para la que no había entonces fármacos eficaces. No obstante, el médico, al visitarla el 21 por la tarde, quedó con la impresión de que mejoraría en las horas siguientes y se fue tranquilo. Con ese parecer, Álvaro fue al centro de la Calle de Martínez Campos, donde vivía Ricardo, para cumplir con su ayuda el encargo del Padre de preparar un ejemplar bien presentado y encuadernado de los Reglamentos de la Obra, para los archivos de la Curia Diocesana. Como se alargó mucho ese trabajo, se quedó allí a dormir. Entre tanto, contra lo previsto, en la madrugada empeoró la enferma de modo inesperado y, cuando volvió el médico a primera hora de la mañana del martes 22, la Abuela se encontraba ya bastante mal y falleció poco más tarde. Una pintura al óleo, italiana, conocida en el ambiente familiar como la "Virgen con el Niño peinadico", imagen a la que la Abuela tenía particular devoción, acogió con su maternal mirada los últimos instantes de una vida entregada por entero a Dios, y a la Obra que Él había puesto en manos de su hijo.

La muerte debió de ocurrir mientras Álvaro volvía esa mañana a Diego de León, pues se enteró al llegar. Con el ánimo conmovido por el dolor de la pérdida de una persona a la que quería de modo muy entrañable, pidió una conferencia telefónica con el Seminario de Lérida -se tardaba entonces horas en conseguirla- para darle la noticia al Padre. Como el propio don Josemaría contó años más tarde, al llegar al Seminario de Lérida había acudido al Sagrario con este ruego: "Señor, cuida de mi madre, puesto que estoy ocupándome de tus sacerdotes". El 22 por la mañana, se había referido en una plática al oficio inigualable que compete a la madre junto a su hijo sacerdote. Poco después de terminar, casi al mediodía, mientras estaba aún recogido en la capilla, recibió la llamada telefónica de Álvaro. "Volví a la capilla -contaba el Padre- sin una lágrima. Entendí enseguida que el Señor mi Dios había hecho lo que más convenía: y lloré, como llora un niño, rezando en voz alta (estaba solo con ÉI) aquella larga jaculatoria, que tantas veces os recomiendo: fiat, adimpleatur, laudetur.. iustissima atque amabilissima voluntas Dei super omnia. Amen. Amen. (hágase, cúmplase, sea alabada...la justísima y amabilísima Voluntad de Dios, sobre todas las cosas). Desde entonces, siempre he pensado que el Señor quiso de mí ese sacrificio, como muestra externa de mi cariño a los sacerdotes diocesanos, y que mi madre especialmente continúa intercediendo por esa labor".

En un coche que le facilitó Juan Antonio Cremades, Gobernador Civil de Lérida y buen amigo suyo, el Padre emprendió regreso a Madrid. Malos eran entonces los automóviles y las carreteras, por lo que no pudo llegar a Diego de León hasta pasada la medianoche, ya en la madrugada del 23. Subió al oratorio, se arrodilló ante el Señor en el sagrario y se acercó a besar la frente de su madre, muy conmovido y sin contener el llanto. Después, rezó con Álvaro un Te Deum en agradecimiento al Señor por la serenidad y paz que se reflejaban en el rostro de su madre. Como era ya de madrugada, celebró la Santa Misa en sufragio por su alma.

Pronto nos había llegado la noticia de la muerte a los de Jenner y nos produjo enorme sorpresa y dolor. Fuimos a Diego de León a velar por turnos sus restos y a rezar por su alma. El cadáver se había amortajado con el hábito de Nuestra Señora del Carmen. La Abuela nos había robado el corazón, se había ganado nuestro cariño y todos estábamos muy apenados. Las lágrimas humedecían nuestros ojos.

La División Azul

Los periódicos y las radios suministraban abundantes noticias sobre la guerra mundial, que eran objeto de comentarios entre los residentes. Se apreciaba alguna inquietud ante los riesgos de que España pudiera verse arrastrada a la conflagración bélica. La inicial declaración de neutralidad española había sido sustituida por otra de no beligerancia. En el otoño de 1940, los riesgos de entrar en el conflicto fueron sin duda muy grandes, en particular por el interés de Hitler de dominar el estrecho de Gibraltar mediante la llamada "operación Félix", que en enero siguiente quedó aplazada.

En 1940 fue creada la Milicia Universitaria para que los estudiantes universitarios pudieran hacer el servicio militar con escasa interferencia en sus estudios. Me inscribí en ella, como otros que estaban en mis condiciones, para que si tenía que volver a incorporarme a filas, hacerlo como oficial. Eso me supuso acudir alguna mañana a la Ciudad Universitaria para hacer la instrucción, y participar en algún desfile vistiendo el uniforme gris difumino, inicial de esas Milicias.

Avanzada la primavera de 1941, se produjo la ruptura de relaciones entre Alemania y la Unión Soviética. Al comenzar la penetración de las divisiones alemanas en territorio de dominio soviético el 21 de junio de 1941, España quedó sin la importante baza política, válida hasta entonces para no entrar en la guerra, de no querer ser aliada de la Unión Soviética. Franco reaccionó reforzando el color falangista de su Gobierno y creando la División Azul, formada por voluntarios españoles que acudirían a luchar contra Rusia junto a las divisiones alemanas. A lo largo del verano de 1941 tuvieron lugar los grandes avances de Alemania en el frente del Este y en el Norte de África. Ante estos éxitos, algunos sectores políticos del país intensificaron su presión para que España interviniera del todo en favor de Hitler.

El Fundador del Opus Dei percibió bien el peligro. Si España entraba en el conflicto mundial, el país -muy castigado por la reciente guerra civil- sufriría un nuevo, duro y tremendo estrago; sería también causa de una nueva dispersión de sus hijos, casi todos en edad militar. Por eso, rezó -y nos movió a todos a rezar- para que aquello no se produjera. Por ese tiempo, se acusaba al Opus Dei ante algunas embajadas de Madrid de que sus miembros eran aliadófilos, mientras se decía en otras que eran germanófilos. En los ambientes políticos y universitarios de Madrid se fomentó, sobre todo entre los oficiales provisionales de la guerra civil, la inscripción voluntaria en la División Azul. Algunos del Opus Dei se inscribieron y otros no. Yo, que no había pasado de soldado, no me inscribí. El Padre, a pesar de que esa inscripción podía entorpecer la labor de la Obra, respetó la libertad de sus hijos. Como hubo bastantes más voluntarios inscritos que plazas disponibles, se eligió por sorteo a los que se podrían incorporar a la División Azul. La oración resultó eficaz y ninguno del Opus Dei resultó elegido.

De esos tiempos de guerra mundial nació una petición llena de fe y confianza en Dios -tomada del Salmo 26-, que por iniciativa del Padre recitamos a diario los miembros del Opus Dei: "El Señor es mi luz y mi salvación: ¿a quién temeré?; si vienen contra mí ejércitos, no temerá mi corazón; si contra mí se levanta guerra, en eso mismo pondré mi esperanza".

El verano de 1941

Durante el verano continué viviendo en Jenner, con mucho estudio y exámenes, y pude terminar la carrera de Ciencias Naturales entre las convocatorias de junio y septiembre. Pasé también algunos días en Huesca, con mi familia. Entre tanto, el Padre seguía con viajes a diferentes ciudades del país y se entregó intensamente a la formación espiritual de los miembros Del Opus Dei, organizando para ellos varios cursos de retiro en Diego de León, bajo la ardiente canícula madrileña. Desde finales de junio hasta san Fermín estuvo en Pamplona atendiendo a sacerdotes de esa diócesis. Allí fueron a verle algunos de la Obra que andaban por Bilbao y San Sebastián.

Del 9 al 15 de julio tuvo lugar el primer curso de retiro de aquel verano en Diego de León, al que asistí. Como sobre el oratorio estaba la terraza, y el sol madrileño era fortísimo, algunos días echábamos sobre ella baldes de agua, como primitivo sistema de refrigeración que nos permitía la ilusión de aliviar los rigores del calor. Las altas temperaturas exteriores se quedaban sin embargo muy cortas en comparación con el fuego de amor de Dios y afán de almas que las palabras del Padre prendían en nuestros corazones. A ese curso de retiro siguieron otros tres. Y en el mes de agosto predicó también algunos cursos de retiro para mujeres.

La residencia de Jenner siguió siendo atendida por el Padre. En medio de todo su trabajo, se las arreglaba para ir al menos semanalmente a celebrar la Santa Misa y renovar el Santísimo Sacramento, y algún otro día para comer o cenar y estar un rato con los pocos que habíamos quedado. Los residentes se fueron yendo casi todos en los primeros días de julio.

En agosto y septiembre llegaron abundantes peticiones de plaza para nuevos residentes. La residencia de Jenner era ya bastante conocida y las solicitudes superaban en mucho a las plazas disponibles. A finales de verano se confirmó que un buen grupo de estudiantes del Opus Dei pasarían a Diego de León para recibir junto al Padre una más intensa y directa formación. Afortunadamente, yo era uno de los que se trasladarían. También se produjeron otros cambios: el Padre dispuso que Justo Martí, que durante el curso 1940-41 había dirigido Jenner, fuera a Valencia para ocuparse de la residencia de estudiantes de Samaniego, ya que Pedro Casciaro, hasta entonces su director, se haría cargo del nuevo Centro de Diego de León. Teodoro Ruiz y Juan Antonio Galarraga se encargaron sucesivamente de la dirección de Jenner. Álvaro dejó Lagasca y pasó a un nuevo centro en la calle de Villanueva.

Al final del verano, Juan Jiménez Vargas nos animó a unos cuantos a ir por las tardes a Diego de León para hacer ejercicios gimnásticos en el jardín. Tardé algo en saber que Juan había publicado un método de gimnasia. Nos decía que esa actividad era provechosa desde muchos puntos de vista y consiguió que pusiéramos empeño y continuidad, aunque se tratara de ejercicios muy elementales. La gimnasia continuó algún tiempo, cuando ya vivíamos en Diego de León, ante el asombro un tanto escéptico del director, Pedro Casciaro, que no era un entusiasta de esas prácticas. Alguna vez, el Padre, sin dejarse ver, nos contemplaba divertido.

Durante el mes de septiembre, fueron a Diego de León la mayor parte de los que iban a vivir allí, y llegaron a Jenner los residentes antiguos que tenían exámenes y los que iniciaban sus estudios. El 4 de octubre vino el Padre a Jenner para charlar con los residentes veteranos y conocer a los nuevos. Estaba algo enfermo, pero sus deseos de verles y hablarles de la labor y del espíritu de la residencia eran grandes y no dudó en acudir. Los residentes estaban encantados con él. Los que no le conocían comentaban después que el Padre tenía algo muy especial que se ganaba sus corazones. La visita vino muy bien para caldear el ambiente espiritual, pues en Jenner habían quedado muy pocos de la Obra; aunque, como uno comentó, contando con los ángeles custodios la proporción cambiaba por completo. Ese mismo día 4 terminé felizmente la Licenciatura en Ciencias Naturales. Y a finales de octubre, con una inmensa ilusión por volver a vivir junto al Padre, dejé yo también Jenner para irme a Diego de León.


Presentación
De Huesca a Madrid. La guerra civil
Mi encuentro con el Opus Dei
Con el Padre, en la residencia de Jenner
El curso académico 1940-1941
El primer centro de estudios del Opus Dei
El Padre, en Diego de León
La santidad del fundador del Opus Dei
Mis estudios en Suiza y Barcelona
De nuevo con el Padre, en Madrid
Cristo presente en los quehaceres del mundo
Epílogo. El brazo de Dios no se ha empequeñecido