Con el Padre, en la residencia de Jenner

 

No hacía falta ser muy avispado para comprender que tenía poco sentido continuar en la casa de huéspedes. Vi con claridad que mi formación en el espíritu de la Obra y mi colaboración en las actividades apostólicas se facilitarían viviendo en Jenner. Por eso, planteé enseguida esa posibilidad. Como la residencia costaba algo más y eso podía agravar la no desahogada situación económica de mi familia, vimos que alguna clase particular podría resolver las cosas. Total, que muy pocos días más tarde de mi conversación con el Padre me trasladé a Jenner. Y allí permanecí hasta finales de octubre del año siguiente, 1941. Dispuse de una cuarta cama en una habitación grande, próxima a la puerta de entrada, orientada al Norte, que mis tres compañeros de cuarto solían llamar por el frío, de modo muy exagerado, Siberia.

La calle de Jenner, entre la de Almagro y La Castellana, era entonces muy tranquila y estaba flanqueada por dos filas de acacias. La residencia estaba en el número 6 y contaba aquel año con unos treinta y cinco residentes, en su mayoría estudiantes de ingeniería y arquitectura. En el piso primero izquierda vivían don Josemaría Escrivá, su madre doña Dolores y sus hermanos Carmen y Santiago. Allí se encontraban la cocina y los comedores -el familiar y el de los residentes-. Todo estaba puesto con buen gusto, limpio y bien cuidado. Los muebles eran modestos, y la decoración sencilla y familiar. Parte del mobiliario procedía de diversos hogares, entre otros de la familia del Padre y de la de Pedro Casciaro, cuyos padres vivían exiliados en Argelia por motivos políticos. El resto se había comprado de viejo o con pago aplazado, gracias a que se cobraba por adelantado a los residentes. En la sala de estudio, en un pergamino en la pared, se leía en latín el mandato de la caridad: "Un mandato nuevo os doy, que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os amáis unos a otros" (Juan, 13, 34-35). Ese pergamino, que antes de la guerra civil estaba ya en la residencia de Ferraz, había sido recuperado por el Padre entre los escombros del edificio, derruido por los bombardeos.

Al llegar yo en febrero de 1940, aquella residencia de estudiantes era el único centro del Opus Dei. Fuera de Madrid sólo había unos pocos de la Obra en Valencia. Al término de la guerra civil española, el Fundador del Opus Dei contaba con una docena de hijos suyos. Como consecuencia de su labor pastoral en viajes a Valencia en el verano de 1939, algunos habían pedido allí la admisión en la Obra. Luego, durante el curso 1939-40, habían hecho lo mismo dos o tres en Madrid, antes de que yo lo hiciera. La mayor parte de los que estábamos en Madrid residíamos en Jenner; otros seguían viviendo con sus familias, aunque pasaban el tiempo que podían en la residencia.

La vida junto al Padre

El Padre era el alma de la residencia. Nos enseñaba a tener como centro de la casa al Señor reservado en el sagrario del oratorio, al que solíamos saludar al llegar y salir. Cuando le era posible, nos celebraba la misa. Alguna vez nos dirigía antes la oración, y los sábados por la tarde oficiaba además la Bendición con el Santísimo y la Salve. Cuando no había misa en casa, íbamos a la iglesia de San Fermín de los Navarros o a alguna otra próxima. Para mayor libertad de todos, el Padre prefería que los del Opus Dei no nos confesáramos con él. Cada mes nos dirigía un retiro espiritual, al que los de la Obra invitábamos a otros residentes y amigos.

Era muy intensa la actividad que desplegaba el Padre. Nos tenía a cada uno en su corazón, estaba al tanto de cuanto nos sucedía, no sólo a los que éramos de la Obra, sino a todos los residentes y a las numerosas personas a las que dirigía espiritualmente. Viajaba con mucha frecuencia para recorrer las ciudades en que se había comenzado o se iba a comenzar la labor apostólica, visitaba a muchos obispos y a otros eclesiásticos, daba ejercicios espirituales en diversos lugares, dirigía pláticas y meditaciones a muchas o pocas personas de toda clase.

Don Josemaría presentaba a Dios como un Padre que nos quiere con locura. Por eso, nos decía, lo propio del cristiano está en el polo opuesto a la actitud temerosa y tristona de quien ve en la religión un conjunto de normas negativas, como envidiando al que no está sujeto a esas limitaciones por no tener fe. El Padre proclamaba a gritos su gran amor a la libertad, y nos repetía que debíamos portarnos bien porque nos saliera de dentro, libremente: "Porque me da la gana, que es la razón más sobrenatural".

Nos contaba el Padre que, cuando vivía en Burgos, solía llevar a la Catedral a quienes le iban a ver y subía con ellos a las torres para contemplar las filigranas góticas de los remates, gárgolas y cresterías, un primoroso encaje de piedra labrado por los canteros. Y les hacía ver que aquellos artesanos sabían que su labor no sería apreciada desde la calle, pero por amor de Dios ponían en ese trabajo todo su esmero: eso era espíritu del Opus Dei.

En aquella primavera de 1940 tuve la suerte de que me encargaran pasar a fichas algunos guiones de meditaciones del Padre. Estaba escrito cada uno en una cuartilla, en sentido vertical, con su letra inconfundible de trazos firmes y gruesos. Incluían frases en latín de la Sagrada Escritura, sobre todo del Nuevo Testamento, de las que arrancaban sus enseñanzas. Subrayaba alguna otra palabra o frase, o la ponía con admiraciones para pronunciarla con mayor fuerza. Eran guiones vibrantes, encendidos como su palabra: quemaban. Mi trabajo consistía en pasar cada guión a una ficha tamaño octavilla, de cartulina. Esa tarea debió de resultar completamente inútil para el Padre, porque hube de emplear letra pequeña, difícil de leer; se perdía además el vigor de su trazo. Sin embargo, a mí me hizo mucho bien, y al leer cualquiera de aquellas frases me parecía escuchar viva y llena de fuego la voz del Padre.

Ya entonces me llamaba la atención su "don de lenguas". Con esta expresión suya se refería al don sobrenatural, que pedía también para sus hijos, de hacerse entender por todo el mundo, cualquiera que fuese su base cultural o su preparación espiritual. Y la predicación del Padre era en efecto entendida por todos, por los que ya éramos del Opus Dei, por los que sin serlo llevaban cierto tiempo escuchándole o por quienes le oían por primera vez.

El Padre celebraba a veces la misa en casa, y llamaba la atención su gran amor y delicadeza en seguir todas las rúbricas. Sus genuflexiones e inclinaciones de cabeza eran actos patentes de adoración o veneración. Daba gusto asistir a la Misa celebrada por el Padre. Su extraordinaria fe, su piedad, el amor que se apreciaba en su mirada, acciones y gestos, facilitaban nuestra participación. Nos aconsejaba poner nuestros pobres corazones en la patena, unirnos a sus intenciones, aprovechar los mementos de vivos y difuntos. Se advertía que el Padre estaba muy recogido interiormente, que vivía la misa con mucha intensidad.

Recuerdo el dolor que le producía si al celebrar la misa en sus viajes advertía en alguna iglesia descuido, dejadez o suciedad en el altar o en los objetos de culto, por lo que implicara de poca delicadeza y amor a Jesús Sacramentado. Alguna vez le oí comentar, con mucha pena, que había tenido que celebrar en un altar en el que parecía que hubieran estado tomando huevos fritos sobre los manteles.

Por consejo del Padre, los residentes solíamos rezar a diario, juntos, el rosario. Las ocasiones en que yo lo había oído rezar en las iglesias me habían dejado un recuerdo de oración algo monótona, con cierto sonsonete rutinario en quien lo dirigía y con contestaciones desacompasadas de los fieles. En aquella residencia era muy distinto. Habría también involuntarias distracciones, imposibles de evitar, pero el Padre había enseñado a la gente a rezar el rosario con devoción y cariño. Nos indicaba cómo debíamos rezar: despacio. Había escrito en Camino (n. 85): "Mira qué dices, quién lo dice y a quién. Porque ese hablar de prisa, sin lugar para la consideración, es ruido, golpeteo de latas. Y te diré con Santa Tersa, que no lo llamo oración, aunque mucho menees los labios" Además, para facilitar la contemplación, el Padre había publicado, en una edición muy pobre, el libro Santo Rosario, que incluía consideraciones llenas de piedad y de amor recio y exigente sobre cada uno de los quince misterios.

Un Padre muy padre

Los residentes de Jenner teníamos la costumbre de pasar un rato juntos en la sala de estar después de la comida y de la cena. Charlábamos sobre lo ocurrido en el día, se contaban anécdotas y chistes, a veces cantábamos... Nos ayudaba mucho a vencer la timidez, a salir de nosotros mismos y de nuestros problemas para interesarnos por las cosas de los demás. En menos ocasiones de las que nos hubiera gustado, el Padre venía con nosotros. Su presencia daba lugar enseguida a un ambiente particularmente familiar, lleno de sentido sobrenatural y de humanidad. El Padre se metía con gracia con unos y con otros, hacía intervenir al que le parecía más callado, cantaba con los demás con excelente oído y buena voz, o contaba muchas cosas que nos hacían reír, y algunas otras que nos hacían pensar. Siempre ponía en sus palabras visión positiva, buen humor y esa pizca de sal sobrenatural -que jamás resultaba cargante- propia de quien está en una habitual presencia de Dios y quiere acercar a los demás a Dios. Cuando el Padre estaba en esas tertulias me resultaban siempre asombrosamente cortas.

Las pequeñas rivalidades que se han dado siempre entre Huesca y Barbastro, -como suele suceder con los lugares vecinos- fueron motivo de algunas bromas, que se reiteraron a lo largo de los años. Me decía, por ejemplo, algo así: "Tú eres de Huesca -a veces decía de Huesqueta-, un pueblo de la provincia de Barbastro. La capital es Barbastro, de donde yo soy". Y yo le contestaba en el mismo tono, diciéndole que lo sentía mucho, pero que era al revés, y que Barbastro tenía menos de la mitad de habitantes que Huesca, aunque reconocía que entre los ríos Isuela y Vero había poca diferencia. Nos reíamos bastante con estas cosas. Otras veces me contaba que tenía una tía monja, Cruz Albás, hermana de su madre, que estaba en el Carmen de Huesca.

Los residentes de Jenner que éramos de la Obra disponíamos de pocas oportunidades para hablar entre nosotros o con el Padre. Una de ellas era bajar a merendar al piso primero. Los demás residentes resolvían la merienda con paquetes de alimentos que les enviaban sus familias o salían a algún bar, pero si nosotros recibíamos comida, la entregábamos enseguida y evitábamos hacer gastos innecesarios. Eran años de hambre en España, años duros, con racionamientos muy estrictos de los alimentos, que resultaban insuficientes para nuestra edad estudiantil. Por eso, Carmen, la hermana del Padre, se desvivía para aprovechar el escaso sobrante de las comidas y nos lo preparaba, bien aliñado y presentado, como merienda. Podíamos entonces saludar un momento a doña Dolores, madre del Padre, y a Carmen.

En esos ratos de merienda, comentábamos cómo avanzaba la labor apostólica en Madrid y en las diversas ciudades en que había comenzado. Cuando estaba el Padre en ese piso y nos oía, solía unirse a nosotros y nos animaba a que comiéramos sin timideces. Nos hablaba de la Obra y del servicio que prestaría a la Iglesia, siempre en medio de bromas y de mucho cariño. Nosotros, estudiantillos bastante jóvenes, nos veíamos inútiles para lograr lo que el Padre decía, y, sin embargo, estábamos seguros de que Dios quería todo eso, que el Padre era el instrumento escogido por el Señor para llevarlo a cabo, y que, si no estorbábamos demasiado la acción de Dios, contribuiríamos de algún modo a que aquello se hiciera realidad. Esos minutos nos ayudaban a enamorarnos del Opus Dei y fortalecían los vínculos humanos y sobrenaturales entre nosotros. Y, por supuesto, también calmaban el hambre.

El amor del Padre por sus hijos quedaba especialmente de manifiesto cuando caíamos enfermos. Recuerdo con qué desvelo y cariño nos pidió que encomendáramos a José María Hernández Garnica el tiempo que pasó en grave estado durante 1940. Desde pequeño le había quedado atrofiado un riñón, que comenzó entonces a crearle problemas tan serios que exigieron su extirpación. Durante los meses siguientes no acababa de ponerse bien y se agravó de nuevo hacia el 19 de noviembre. El Padre sufría y se desvivía por aquel hijo suyo; se notaba que le quería con toda su alma y buscaba el apoyo de nuestra oración para conseguir del Señor que todo fuera bien y se restableciera, como así sucedió.

La primera Semana de Estudio

Entre el final de la guerra civil y marzo de 1940, como fruto de la oración incesante y la dura penitencia de don Josemaría, de su ardiente celo por las almas, el Señor había bendecido al Opus Dei con un buen número de vocaciones en Madrid, Valencia, Zaragoza y Valladolid, con lo que el total de miembros de la Obra se había bastante más que duplicado. Sintiendo la responsabilidad de formar a sus hijos en el espíritu de la Obra, el Padre resolvió aprovechar las vacaciones de Semana Santa -mientras los residentes pasaban esos días con sus familias-, a comienzos de la segunda quincena de marzo de 1940, para reunir en Jenner a sus hijos en una actividad de formación que me parece se designó Semana de Estudio, con el fin de que los recientes conociéramos mejor lo que Dios quería del Opus Dei. Semanas similares se celebraron durante el verano, para los que no habían podido asistir a esta, o habían pedido la admisión en la Obra después.

Los que asistimos a esta primera Semana ocupamos gran parte de Jenner. Vinieron varios de Valencia, Zaragoza, Valladolid y no recuerdo si de algún otro lugar. Los de Madrid nos alegramos mucho al conocer a los de fuera de la capital. Enseguida el trato directo facilitó que nos sintiéramos familia. El Padre se volcó en dedicación y cariño en todos esos días. Dirigía a primera hora la meditación, celebraba la misa y estaba con nosotros en los ratos de tertulia. A lo largo de la mañana y de la tarde, algunos "mayores" -que eran de la Obra antes de la guerra civil- nos explicaban los distintos aspectos del espíritu del Opus Dei a los más jóvenes; juntos hacíamos también un rato de oración por la tarde.

El Padre nos contó muchas anécdotas, que servían de ejemplo de cómo vivir el espíritu del Opus Dei. Al contemplar el gran mapamundi que colgaba de la pared del vestíbulo de la residencia o el globo terráqueo que estaba en el despacho del Padre, con tantos países que nos esperaban y a los que habría que llegar no sabíamos cuándo, resultaba fácil rezar y dejar que la imaginación volara.

Dispusimos también de algunos documentos, escritos a máquina, sobre el espíritu sobrenatural de la Obra y las características de las labores de formación y apostolado. Es admirable que aquellos documentos que entonces leímos, escritos por el Padre en 1934 y 1935, cuando eran muy pocos sus hijos, encierren tanta hondura sobrenatural, reúnan tan rica experiencia de trato con las almas, descubran tan extensos panoramas de santidad y apostolado. Esos y otros textos de ese tiempo muestran bien cómo eran la fe y el amor de Dios del Padre.

Era fácil advertir que el Padre sólo vivía para que la Obra se hiciera realidad y para que nosotros fuéramos felices siendo fieles al Señor. En una meditación nos puso el ejemplo de fidelidad de los cuarenta mártires de Sebaste: fueron condenados a permanecer en el agua helada de un estanque y morir de frío si no renegaban de su fe, y clamaban para que todos se mantuvieran fieles y alcanzaran la corona del martirio, repitiendo: "Cuarenta hemos entrado en el combate y cuarenta hemos de ser coronados". Uno de ellos desertó y se salió del estanque, pero uno de los soldados que actuaban de verdugos se arrojó de inmediato y ocupó su puesto, con lo que no se perdió ninguna de las cuarenta coronas que les trajeron los ángeles. Como ellos, debíamos ser fieles hasta el martirio, si así lo disponía el Señor; pero aclaraba el Padre que era más propio de nuestro espíritu morir todos los días a nosotros mismos, en los miles de ocasiones que se ofrecen de continuo a lo largo de la vida corriente.

Tuvimos la oportunidad de charlar personalmente con el Padre y yo aproveché para hacer con él confesión general de toda mi vida. Aunque evitaba confesarnos, al verme impaciente no puso dificultades. Su modo de ayudarme a que hiciera una buena confesión, los consejos que me dio, revelaban su santidad, su comprensión y cariño paternales, su gran experiencia pastoral. Me quedé muy tranquilo y con renovada firmeza en mi vocación.

Todos los días encontrábamos un rato para hacer algún plan por Madrid. Los que no conocían la capital aprovecharon para visitarla. Fuimos algunas veces a remar al estanque del Retiro en algún bote alquilado, bajo la dirección de Juan Jiménez Vargas, que nos enseñaba a los inexpertos. Y con más frecuencia, aprovechamos para recorrer lugares relacionados con los comienzos del Opus Dei: el convento de los Paúles de la calle García de Paredes, donde Dios había hecho ver la Obra al Padre; la casa de Martínez Campos 4, en la que el Padre había vivido con su familia y utilizó en los inicios de la labor; el Patronato de Enfermos, en el que realizó una intensa actividad pastoral durante sus primeros años en Madrid; la casa de la calle de Luchana, en cuyo entresuelo empezó la Residencia DYA; el Sotanillo, establecimiento de la calle de Alcalá al que a veces iba el Padre para charlar con estudiantes... A propósito de estos recorridos, conocimos también, de modo muy confidencial, algunos hechos sobrenaturales de la vida espiritual del Padre.

Fueron unos días deliciosos, en los que conocimos mejor el espíritu del Opus Dei, palpamos junto al Padre el cariño de familia, nos enamoramos más del Señor y de nuestra vocación. El Padre nos contagiaba su alegría, su entrega, su sentido sobrenatural. En la fiesta de san José -aquel año Martes Santo-, felicitamos al Padre. Don Casimiro Morcillo, amigo del Padre y entonces Vicario General de Madrid, fue a visitarle y le llevó también la felicitación del obispo, don Leopoldo Eijo y Garay.

Un día de aquellos se presentó en Jenner un hombre -para mí ya mayor- a quien no conocía. El Padre le introdujo donde estábamos los demás y rezamos en su presencia las preces que acostumbramos recitar a diario los miembros de la Obra. El desconocido era Justo Martí, antiguo residente de Ferraz, abogado y entonces alcalde de Oliva, un pueblo de Valencia. Había venido a Jenner, por error, para hacer unos ejercicios espirituales. El Padre le habló a fondo de la Obra, se decidió a pedir la admisión y se incorporó a la Semana de Estudio. Pocos meses más tarde, Justo sería el nuevo director de la residencia de estudiantes de Jenner.

¡Patos al agua!

Bajo el impulso del Padre, la labor de apostolado y proselitismo en Jenner creció notablemente, y el número de cursos de formación se multiplicó. Aumentó también su labor de dirección espiritual con hombres y mujeres, jóvenes o profesionales, estudiantes o trabajadores. Además, con frecuencia iba a otras ciudades en las que comenzaba el trabajo apostólico, o dirigía ejercicios espirituales a sacerdotes a petición de algunos obispos. El Padre vio que era indispensable dejar ya en otras manos los cursos de formación, y encargó a algunos mayores que los dieran ellos. Esto debió de ocurrir hacia febrero de 1940. Con motivo de este encargo y de otros parecidos, al ver el Padre la cara de susto que ponían quienes los recibían, solía comentar que había que aprender a hacer esas cosas poniéndose a hacerlas, como los patitos aprenden a nadar cuando son lanzados al agua, sin pretender que aprendan en seco. Por eso, era el momento de decir a algunos de sus hijos: "¡Patos al agua!". Si, para descargar tareas, el Padre hubiera esperado a que sus hijos se sintieran capaces de hacerlas, nunca lo habría hecho. También encomendó a algunos mayores, sobre todo a Álvaro, los medios de formación para los recientes en la Obra.

De acuerdo con lo que me había sugerido el Padre al pedir la admisión en la Obra, en febrero empecé a charlar todas las semanas con Álvaro. Me fue enseñando el modo de vivir las normas de piedad, cómo practicar mejor las virtudes cristianas y humanas en las circunstancias en que yo me desenvolvía, y cómo acercar a Dios a mis compañeros de estudio. Yo procuraba abrir mi corazón para que me ayudara en mis dificultades y le pedía consejo para mi vida espiritual y el apostolado. Nunca le vi enfadarse por mis errores o torpezas: siempre me alentó de modo positivo a mejorar. Hablar con él llenaba el alma de paz y movía a ser fiel a la entrega.

Álvaro tenía unos cinco años más que yo, y llevaba en el Opus Dei desde el 7 de julio de 1935. Durante su preparación para el ingreso en la Escuela de Ingenieros de Caminos se había hecho Ayudante de Obras Públicas, y cuando nos conocimos estaba terminando Ingeniería de Caminos, Canales y Puertos, la carrera que por entonces se consideraba más difícil. Era ya hombre maduro, humana y espiritualmente, con una bondad muy atractiva. Resultaba fácil tener hacia él consideración y a la vez confianza. Se daba cuenta enseguida de los problemas de los demás y centraba las cuestiones sin necesidad de muchas explicaciones. Tenía un fino sentido del humor, quizás por su ascendencia mejicana. Pronto me di cuenta del gran sentido sobrenatural de Álvaro y de su plena identificación con el Fundador del Opus Dei y con su espíritu. Desde hacía al menos un año, el Padre contaba con él de un modo singular y ya en aquellas fechas de la primavera del 40 era para nosotros "el segundo": la persona de referencia, después del Padre, para resolver cualquier duda sobre el espíritu del Opus Dei.

La ayuda de los "mayores"

Además de Álvaro, los miembros de la Obra más antiguos ayudaban al Padre en las tareas de formación y apostolado. El que llevaba más tiempo en el Opus Dei -desde 1930- era Isidoro Zorzano, un ingeniero industrial compañero de bachillerato del Padre en Logroño y de su misma edad. Vivía en Jenner, trabajaba en los Ferrocarriles del Oeste y se ocupaba de los asuntos económicos y materiales de la residencia. Era muy trabajador, aprovechaba formidablemente bien el tiempo, hacía muchas cosas y muy poco ruido. Era un buen ejemplo para los que llevábamos poco tiempo en la Obra.

Juan Jiménez Vargas, con veintiséis años, era entonces el director de la residencia de Jenner. Preparaba oposiciones a cátedra de Fisiología de Medicina, e investigaba en el Instituto Cajal; también ejercía como médico. Pertenecía al Opus Dei desde 1933. Juan era, y lo ha sido siempre después, hombre de cuerpo enjuto, duro consigo mismo, de pocas palabras y muchos hechos, activo, decidido, con un trato en apariencia seco, pero con un gran corazón que estaba pendiente de todos y se desvivía por todos. Era muy trabajador. Rechazaba con energía cualquier intento de expresarle agradecimiento o afecto. Nos impulsaba a que hiciéramos deporte, a remar, salir al monte, dar paseos rápidos por las calles de Madrid. Sufría cuando le parecía apreciar poca reciedumbre en alguno.

También en 1933 habían pedido la admisión en la Obra José María González Barredo -un químico de treinta y cuatro años y catedrático de Instituto que preparaba entonces oposiciones a cátedra universitaria de Química Física- y Ricardo Fernández Vallespín, de veintinueve años, que trabajaba ya como arquitecto y alcanzó en pocos años notable prestigio.

Otro que había acabado la carrera -de ingeniero de minas-, era José María Hernández Garnica, a quien llamábamos familiarmente Chiqui. Pertenecía al Opus Dei desde julio de 1935. Cuando le conocí en 1940, trabajaba en la Electra Madrileña, una Compañía relacionada con su tío Pablo Garnica. Algo más próximos a mí en edad estaban Pedro Casciaro, Paco Botella y Vicente Rodríguez Casado, que se ocupaban más directamente de la labor apostólica en Jenner con universitarios. Pedro y Paco comenzaron Arquitectura y Matemáticas en Madrid; compañeros de estudios y amigos, pidieron la admisión en el Opus Dei casi el mismo día, en noviembre de 1935. Acababan de licenciarse en Ciencias Exactas y en el curso 1939-40 hacían el doctorado. Vicente era historiador y, como Pedro y Paco, cursaba el doctorado y preparaba la tesis. Era del Opus Dei desde mayo de 1936, muy poco antes del comienzo de la guerra civil. Había sido boy scout, y de ahí le venía la tendencia a las excursiones. Como alguna vez venía con el uniforme de sargento del Ejército y era bastante corpulento, le llamábamos en aquel tiempo "el sargentísimo". Era muy apostólico y un optimista nato; aunque aseguraba que era muy tímido, abordaba a quien se proponía con gran facilidad.

En cuanto a mi maestro, José María Albareda, era como Isidoro de la misma edad que el Padre. Vivía en Jenner, pero andaba muy ocupado con sus actividades profesionales y científicas, y coincidíamos menos con él. A Rafael Calvo Serer tardé algo en conocerle. Había pedido la admisión en la Obra unos tres meses antes del comienzo de la guerra civil española y no residía en Madrid. Se dedicaba a la Historia y había sido directivo de los Estudiantes Católicos en Valencia.

Todos los "mayores" que conocí en Jenner me ayudaron mucho a comprender y vivir el espíritu del Opus Dei. Con una personalidad muy diferente, cada uno con su propio carácter y temperamento, ofrecían un ejemplo estupendo de cómo el común espíritu que enseñaba el Fundador del Opus Dei podía encarnarse en tipos humanos tan diversos. Su fe en el Padre, la atención con que le escuchaban, la prontitud con que seguían sus consejos, la manifiesta generosidad de su entrega, constituían un formidable apoyo: eran firmes columnas para todos los demás. Cuantos hemos llegado después, les debemos infinito agradecimiento.

Un cambio de estudios

Pocas semanas después de pedir la admisión en el Opus Dei, me presenté a exámenes del primer grupo de Matemáticas del ingreso en Ingenieros Agrónomos, que había preparado durante los cinco meses anteriores. No aprobé. Regresaba por eso a Jenner un tanto cariacontecido, por no haber conseguido lo que en aquella casa se propugnaba: sacar buenas notas, ser buenos estudiantes. Al entrar en la residencia a última hora de la mañana e ir a saludar al Señor en el oratorio, me encontré con el Padre en la sala de estar. Me preguntó cómo me había ido. Confesé el mal resultado, y el Padre, lleno de cariño, se apresuró a consolarme y me dijo casi literalmente: "Dios sabe más. No te preocupes, tú has estudiado, has trabajado, no te importe. Todo se arreglará, Dios sabe más". Sobra decir que esa actitud entrañable del Padre me tranquilizó por completo, y constituyó una lección inolvidable de cómo se han de aceptar la voluntad de Dios y sus caminos.

A finales de marzo estuve unos pocos días en Huesca con mi familia. En el viaje hasta Zaragoza, en el tren correo del 29 por la noche, coincidí con el Padre, Álvaro, Isidoro y algún otro que iban a atender a los de allí y seguir luego viaje a Barcelona. En Zaragoza estuvimos todos en un piso de una familia conocida del Padre, y pasamos un buen rato con los que ya eran de la Obra: Jesús Arellano, Javier Ayala, José Javier López Jacoiste y no sé si algún otro. El Padre estaba muy contento. Les preguntó si tenían crucifijo y, como dijeron que no, nos pidió que les diéramos los nuestros. Yo seguí viaje a Huesca el mismo día 30, mientras que el Padre y los demás se fueron, de nuevo por la noche, a Barcelona. Regresé al cabo de unos días a Madrid para reanudar mis estudios.

El ambiente que se respiraba por ese tiempo en Jenner entre los de la Obra que no habían terminado la carrera, animaba a querer acabarla cuanto antes para quedar más pronto disponibles para las crecientes necesidades apostólicas. Se estudiaba mucho, aprovechando todos los minutos. El Padre alentaba a sus hijos a que obtuvieran el título de doctor, que entonces sólo otorgaba la Universidad de Madrid en sus Facultades. Pedro Casciaro y Paco Botella habían dejado de lado sus estudios de Arquitectura y preparaban su tesis doctoral en Matemáticas. Algunos que ya eran ingenieros cursaban o iban a empezar a cursar estudios universitarios, como Álvaro, José María Hernández Garnica y José Luis Múzquiz.

Así las cosas, un comentario informal me hizo pensar en cambiar de estudios, para cursar una carrera en alguna Facultad universitaria. Se lo comenté a Álvaro: le expliqué que, aunque mi idea inicial había sido continuar con el ingreso en Agrónomos, aquel comentario me había llevado a replantearme el tema, para terminar antes la carrera y estar así en condiciones de trabajar y ayudar a las labores de la Obra donde se viera más conveniente. Álvaro, con su prudencia y delicadeza características, me dijo que no tenía por qué hacer caso de aquel comentario. Era obvio que, yendo todo muy bien, no podría terminar la carrera de Agrónomos antes de seis o siete años, mientras que si seguía una carrera universitaria afín, por ejemplo Ciencias Naturales -que entonces era de cuatro años-, podría sin duda acabarla mucho antes. Pero me repitió que para el Opus Dei lo mismo eran unos estudios que otros, que con cualquier trabajo profesional era posible buscar la santificación y hacer apostolado, y que la decisión debía tomarla yo con entera libertad y responsabilidad. Sin pensármelo dos veces, le dije que cambiaba de carrera y que estudiaría Ciencias Naturales.

Pienso que al Padre le agradó mi decisión. A mi familia se lo comuniqué como cosa resuelta y no les pareció mal. Era ya por el mes de abril, por lo que comencé a estudiar con toda intensidad los programas de mis nuevos estudios. Como tenía una base aceptable de Matemáticas y de Biología, me matriculé como alumno libre, y entre junio y septiembre de ese año pude hacer los dos primeros cursos. Al año siguiente, 1940-1941, hice los otros dos también como libre, aunque asistiendo a clase de casi todas las asignaturas, y terminé la Licenciatura a primeros de octubre de 1941. Obtuve el Doctorado en octubre del año siguiente, 1942. Muchas veces he recordado con motivo de este cambio de estudios, y con ocasión de muchos otros hechos, lo que me había dicho el Padre: "¡Dios sabe más!".

La expansión del Opus Dei en España. Madrid

Ya en los meses anteriores al estallido de la guerra civil, el Padre había preparado la instalación de una residencia de estudiantes en Valencia, similar a la de Ferraz, para octubre de ese año 1936, y, a continuación, el comienzo de la labor de la Obra en París. Esos planes se vieron truncados por la guerra española primero y por la mundial después. El Opus Dei, como un muelle que durante la guerra civil hubiera estado comprimido, acumulando energía espiritual, que con la gracia de Dios se expandía y desbordaba por todas las regiones de España. En marzo de 1940, el Padre nos escribió a sus hijos: "En estos años del comienzo, me lleno de profunda gratitud hacia Dios. Y al mismo tiempo pienso, hijos míos, en lo mucho que nos queda por recorrer hasta sembrar en todas las naciones, por toda la tierra, en todos los órdenes de la actividad humana, esta semilla católica y universal que ha venido a esparcir el Opus Dei". Hacia el final del verano, aquella docena con que contaba el Padre al término de nuestra guerra se había multiplicado al menos cuatro o cinco veces.

Durante el curso 1939-40, toda la labor con estudiantes de Madrid se realizaba en la residencia de Jenner y desde ella. Las peticiones de admisión en la Obra llegaron primero poco a poco: Fernando Valenciano en diciembre, José Luis Múzquiz en enero; pero a partir de febrero las envió el Señor en abundancia: Fernando Delapuente y yo en febrero, Juan Antonio Galarraga y Justo Martí en marzo, Jesús Larralde en abril, Salvador Canals, Alberto Ullastres y Gonzalo Ortiz de Zárate en mayo y, ya en el verano, Álvaro Del Amo, José Antonio Sabater y Adolfo Rodríguez Vidal.

A quienes deseaban ser admitidos no se les mostraba un camino fácil: el Padre insistía en que se les expusieran con claridad las fuertes exigencias de la llamada de Dios a la Obra. No dejaba a nadie pedir la admisión sin percatarse antes de que reunía las condiciones necesarias, conocía bien esas exigencias y que su decisión era libre y firme. A veces hacía esperar a algunos más o menos tiempo; en algunos casos, les encauzaba hacia alguna vocación religiosa; los había también que, al invitarles a que se plantearan la entrega, respondían negativamente.

Con el crecimiento de la labor en Madrid, la residencia de Jenner resultó pronto insuficiente, por lo que el Padre vio necesario encontrar locales para nuevos centros. Se precisaba un lugar para la sede central del Opus Dei, con una residencia de estudiantes apropiada para la formación de los que se incorporaban a la Obra; y otro en el que vivieran los que habían terminado sus estudios y desarrollaban una actividad profesional. Jenner continuaría con su función propia de residencia universitaria. Recorrimos las áreas de Madrid que parecían más adecuadas y se encontró una vivienda en la calle de Martínez Campos 15 -para el centro de los mayores- y un palacete en la calle de Diego de León, esquina con la de Lagasca, para sede central y residencia de estudiantes.

En otras ciudades

El Señor enviaba también a raudales su gracia para la expansión del Opus Dei en otras ciudades. El Padre había dado en Burjasot, cerca de Valencia, ejercicios espirituales en junio y septiembre de 1939 y habían pedido la admisión en la Obra Amadeo de Fuenmayor y José Manuel Casas Torres primero, y luego José Orlandis, que había acudido allí desde Palma de Mallorca, a donde regresó enseguida. Se les atendía espiritualmente mediante viajes desde Madrid, aunque el Padre había designado a uno como director. Como es natural, apenas podía haber entre ellos diferencias de conocimiento del espíritu de la Obra.

Durante el curso 1939-40, teniendo como base material un local muy pequeño en Samaniego 9, llamado de modo familiar "El Cubil", se realizó en Valencia una abundante labor de apostolado con universitarios, que fructificó en varias nuevas vocaciones: Salvador Moret e Ismael Sánchez Bella en abril, Florencio Sánchez Bella en junio y Federico Suárez en julio de 1940. El Padre retomó el proyecto de montar una residencia universitaria, que comenzó sus actividades en octubre de ese año, en el nº 16 de la misma calle de Samaniego en la que había estado "El Cubil".

Desde Madrid se empezó a ir también en ese mismo curso 1939-40, a Valladolid, Barcelona, Zaragoza, Salamanca y San Sebastián. El Padre solía viajar con uno o dos más, y visitaba primero al obispo de la diócesis, sin cuya autorización no empezaba la labor en ningún sitio. Cada semana iba a una ciudad, mientras que al resto acudían algunos mayores. Para estos viajes se aprovechaban los fines de semana, que por aquellos años eran más cortos, ya que los sábados por la mañana eran lectivos. Se salía de Madrid el sábado a primera hora de la tarde y se regresaba la noche del domingo, para estar en Madrid en la mañana del lunes, a fin de acudir a las clases o al trabajo.

A veces el Padre y quienes le acompañaban iban en algún coche, viejo e inseguro, pero de ordinario los viajes se hacían en autobuses renqueantes y con mayor frecuencia en trenes que, como consecuencia de la guerra española, estaban en muy mal estado. Eran lentísimos, dejaban pasar en el invierno el aire frío y la carbonilla por las rendijas de las ventanillas, y circulaban atestados de gente. Salvo en trayectos cortos, el viaje requería pasar dos noches seguidas en el tren, durmiendo poco y mal. A veces ni siquiera quedaba sitio para sentarse y había que ir en los pasillos o incluso en las plataformas. Sin embargo, como la urgencia del estudio era grande, se aprovechaban esos viajes siempre que era posible para estudiar y trabajar en el tren. Por otra parte, los retrasos eran muy corrientes y no era raro que los lunes se regresara muy avanzada la mañana o aun pasado el mediodía. Como en aquella época sólo había misas por la mañana y estaba prescrito que para comulgar se debía guardar absoluto ayuno, también de agua, desde las doce de la noche precedente, ese prolongado ayuno representaba una buena prueba de devoción eucarística.

En el lugar de destino se disponía como base una habitación de algún hotel modesto, desde donde se tomaba contacto con personas ya conocidas o de las que se tenían referencias por otros de la Obra o por amigos. En el hotel o en otro lugar tranquilo se conversaba con ellas, y se les mostraban horizontes de vida cristiana y de celo apostólico en el trabajo según el espíritu del Opus Dei. Cuando estaba el Padre, era él quien hablaba de todo esto con algunos de ellos. Un excelente apoyo era Camino.

Así fue cuajando en cada una de esas ciudades un pequeño grupo de amigos que comprendían la labor de formación espiritual de la Obra. Pronto surgía una primera vocación, que se quedaba en aquel lugar sin más apoyo que la gracia de Dios y la oración de los del Opus Dei, al menos hasta la visita del siguiente fin de semana. Cuando se producía una segunda petición de admisión en la Obra, el que lo había hecho un poco antes solía ayudarle y enseñarle. Sin duda, el Espíritu Santo andaba por medio muy activo, daba las luces convenientes y suplía todo lo necesario. En algunas de esas ciudades, el Padre conocía a sacerdotes a los que había hablado del Opus Dei, dispuestos a atender en confesión a las nuevas vocaciones si libremente acudían a ellos: recuerdo a don Antonio Rodilla y don Eladio España en Valencia, a don Daniel Llorente en Valladolid, al Dr. Cirac y, algo más tarde, al Dr.Roquer en Barcelona.

Cuando volvían los viajeros y nos contaban en Jenner cómo había ido todo, nos llenábamos de alegría. Si alguno había pedido la admisión en la Obra, nos apresurábamos a escribirle para felicitarle. Era, como habíamos leído en Camino (n. 808), "un nuevo loco para el manicomio", uno más que quería amar con locura a Jesucristo, como hacía el Padre. Y le encomendábamos al Señor para que le ayudara en sus primeros pasos, a la vez que le pedíamos que rezase por otros que se podían decidir muy pronto.

El Padre impulsaba la expansión del Opus Dei con su oración, su mortificación y penitencia, y su incansable actividad. No paraba un minuto. En Madrid seguía muy de cerca toda la labor apostólica, el aumento de los cursos de formación, los nombres de las personas que parecían tener condiciones para ser del Opus Dei. La mies era realmente mucha, y los obreros pocos. Dios ponía en el Padre urgencia y daba su gracia para que la Obra se extendiera por los cuatro puntos cardinales, aunque por entonces no quedara más remedio que limitarse a España.

Como consecuencia de los viajes a Valladolid, pidió a primeros de marzo la admisión en la Obra Teodoro Ruiz Jusué, en abril Juan Antonio Paniagua y Alberto Taboada, luego Antonio Moreno (que falleció pronto), Ramón Taboada y Javier Silió. Allí conoció el Padre a los guipuzcoanos Ignacio Echeverría y Jesús Urteaga, que fueron a examinarse a finales de junio y se decidieron a ser de la Obra en julio del mismo año 1940. Desde los primeros días de mayo se pudo contar para la labor apostólica en esa ciudad castellana con un pequeño piso en Montero Calvo 24, facilitado por el padre de Teodoro, que por su emplazamiento y dimensiones fue bautizado familiarmente como "El Rincón".

Las primeras vocaciones en Zaragoza fueron Jesús Arellano, ya avanzado febrero, navarro de Corella; Javier Ayala, estudiante de Derecho, del mismo Zaragoza, y José Javier López Jacoiste, navarro de Ochagavía, ambos en marzo. Y en mayo, José Ramón Madurga. No se dispuso de ningún local para la labor apostólica hasta después de varios años. Utilizaban la pensión en que vivía Jesús, el domicilio de la familia de José Ramón y con frecuencia la calle, los paseos por la ribera del Ebro o por el Parque.

En Barcelona, Rafael Termes, estudiante de Ingenieros Industriales, pidió la admisión en la Obra al comenzar abril de 1940. En mayo lo hizo José María Casciaro, hermano menor de Pedro, que se trasladó enseguida a Madrid; y en agosto Rafael Escolá, también alumno de Ingeniería. Desde finales de junio se pudo contar con un piso en Balmes 62, llamado pomposamente "El Palau", alquilado a nombre de Alfonso Balcells, médico que había asistido al curso de retiro que dirigió el Padre en Burjasot y que, aunque no había pedido la admisión en la Obra, aceptó ayudar de ese modo.

Además de esa intensa labor con estudiantes universitarios, la dirección espiritual del Padre en Jenner se extendía a muchas otras personas, jóvenes o profesionales, casados o solteros, hombres con una carrera universitaria terminada, empleados y obreros. De ordinario les recibía en el primer piso o en una salita de la residencia. Algunos mantenían relación con el Padre desde los años treinta. Desde el principio había comprendido que en el Opus Dei cabían toda clase de personas, pero no le pareció prudente por entonces que establecieran una vinculación jurídica con la Obra: habría que esperar algún tiempo. El Padre apreciaba en algunos clara vocación a la santidad en el matrimonio y les orientaba por ese camino. A una parte de sus dirigidos, ya profesionales, daba en Jenner clases de formación espiritual. Hacia finales de los años cuarenta, unos pidieron la admisión en el Opus Dei como agregados y otros como supernumerarios.

La familia del Padre, en Jenner

El Padre había previsto que las mujeres del Opus Dei se ocuparan en el futuro, como uno de sus apostolados específicos, de las tareas domésticas de los centros de la Obra, pero habría que esperar algún tiempo a que eso fuese posible. Antes de finalizar la guerra civil, pensó el Padre en pedir a su madre, doña Dolores, y a su hermana, Carmen, que asumieran esas responsabilidades. Al sugerirles ya en Madrid esa idea, accedieron con gran generosidad. Supieron renunciar a todo, sacrificar su independencia y las posibilidades de orientar su vida de otra forma, para ayudar de ese modo a sacar adelante el Opus Dei. Y lo hicieron, como el Padre nos comentaba alguna vez, sin tener vocación para formar parte de la Obra.

Las habitaciones que ocupaba la familia del Padre en Jenner eran interiores y estaban en el primer piso. Además de los dormitorios, disponían de un lugar de estar, que ocupaba sobre todo doña Dolores para su trabajo y servía también de comedor cuando el Padre ocupaba el suyo con invitados.

Doña Dolores aportaba su dilatada experiencia de madre que había llevado muy bien su hogar, sacando adelante a su familia con dignidad, a pesar de las graves dificultades que tuvo que afrontar después del serio revés económico que sufrió su marido, don José, en Barbastro. Tanto allí como en Logroño y -después de la muerte de su esposo- en Zaragoza y Madrid, había adquirido esa particular sabiduría de administrar con señorío la pobreza, de "no alargar más el brazo que la manga", decía. Resolvía las cosas con poco dinero y buen gusto, cubría la escasez y la modesta calidad de los productos con el cuidado de la presentación, la limpieza, el detalle simpático que alegra una fiesta familiar. En Jenner, ejercía cierta dirección y consejo sobre las tareas domésticas, de las que se encargaba su hija Carmen con algunas empleadas del hogar. Sus detalles de buen gusto contribuían a dar al ambiente un tono familiar, a obsequiar con delicadeza a un invitado, a hacer más simpática una celebración.

No se limitaba doña Lola a esta tarea de supervisión y asesoramiento, sino que se ocupaba también en labores de encaje, bordado o costura; en preparar lienzos litúrgicos, prendas de lana o manteles; en repasar la ropa de unos y de otros, que por ser entonces de baja calidad precisaban de frecuentes remiendos. Nunca se la veía de brazos cruzados; siempre tenía algo entre manos: trabajaba o leía.

Como madre de nuestro Padre, doña Dolores era "Abuela" nuestra. Así se la empezó a llamar, al menos desde la guerra civil, y así la llamamos los demás con naturalidad. Ella disfrutaba y quería mucho a los hijos espirituales de su hijo, a sus "nietos". En Jenner, al bajar a merendar al primer piso, pasábamos a saludarla en su cuarto de trabajo. Eran muy pocos minutos, pero resultaban entrañables, con bromas muy cariñosas. La Abuela tenía entonces unos sesenta y tres años. Era de rostro dulce y afable, pelo blanco plateado y unos ojos oscuros muy expresivos que miraban con interés y bondad.

De vida reciamente cristiana, santa de verdad, era muy piadosa, pero sin mojigaterías. Sus comentarios rezumaban sentido sobrenatural y sentido común, y hacía uso de dichos populares y sentencias que aplicaba al caso con oportunidad. Entre sus nietos, como suele ocurrir a las abuelas, tenía algunas predilecciones: Álvaro, al que veía agotarse en su trabajo de ayuda del Padre; Pedro Casciaro y Paco Botella, que la divertían con sus bromas y anécdotas; José María Casciaro, su nieto de menor edad, que por tener a sus padres exiliados en Argelia por motivos políticos, entendía que estaba más necesitado de su cariño.

Cuando acudíamos a verla, se interesaba por nuestro descanso, los estudios, la salud, la alimentación, nuestro aspecto y modo de vestir. Era muy buena y sencilla. Tenía esa fina perspicacia de las madres para con sus hijos y, quizás aún más, de las abuelas para con sus nietos, con la que advierten enseguida si uno ha dormido poco, si tiene ojeras, si está más delgado, si se encuentra alegre o anda preocupado; si padece alguna enfermedad. Muchas de sus cualidades humanas se apreciaban también en el Padre. Era muy agradable estar con ella. A veces le regalaban paquetes de caramelos, bombones y otros dulces -o ella misma los compraba-, que solía guardar para nosotros en una cómoda de su habitación de trabajo. Conocedores de esa costumbre, al visitarla le preguntábamos delicadamente si nos guardaba algo. Y ella, aparentando que ponía alguna resistencia, nos ofrecía los dulces muy gustosa.

Carmen, pocos años mayor que don Josemaría, llevaba más directamente el peso de las tareas domésticas de la residencia, y se ocupaba de dirigir, enseñar y ayudar a las empleadas del hogar. Acompañada de alguna de esas empleadas, hacía la compra en tiendas y mercados, con la difícil habilidad de conjugar calidades con precios y conseguir de tenderos, pescateros y carniceros las mejores condiciones. Le correspondía dirigir la cocina y buscar menús que hicieran posible proporcionar alimento sano y suficiente a tanta gente joven, en circunstancias nada propicias por tener que ajustarse a las severas restricciones que imponían las cartillas de racionamiento, establecidas ante la muy menguada situación económica del país y por la guerra mundial. Dirigía también la limpieza de las habitaciones de la casa, el lavado, repaso y planchado de la ropa de todos, la atención a los invitados, el cuidado de los detalles de la decoración.

Este conjunto de tareas suponía para Carmen un trabajo continuo y muy gravoso que llevaba con excelente buen humor y sin darle importancia, aunque rondaba ya los cuarenta años. Sufría cuando los suministros escaseaban y debía reducir en exceso el pan o el sucedáneo disponible, las patatas, las legumbres, etc. Grande era su alegría cuando se conseguía alguna partida de harina, arroz u otros alimentos en condiciones aceptables de precio. Cuando bajábamos a merendar, estaba un momento con nosotros explicándonos a veces las artes que había empleado para aprovechar algo sobrante de la comida, pero se retiraba en seguida para que pudiéramos hablar con mayor libertad de nuestras cosas.

Nos tratábamos de tú, con sencillez y confianza. Pronto empezamos a llamarla Tía Carmen, por ser hermana de nuestro Padre, aunque nos decía a veces bromeando que no la hiciéramos vieja. Ni la Abuela ni Carmen ni Santiago interferían en nada la vida de la residencia. Tampoco oían la Misa en casa: preferían acudir a alguna iglesia próxima, aunque el tiempo fuera desapacible -salvo algún raro domingo en que la Abuela estaba delicada- porque no querían perturbar lo más mínimo nuestras ocupaciones. Santiago, que entonces tenía veintiún años, unos meses más que yo, estudiaba la carrera de Derecho y hacía toda la compañía posible a su madre y hermana. Alguna vez Isidoro Zorzano salía con él de paseo en días de fiesta.

Otro importante servicio que la Abuela y Tía Carmen prestaron a la Obra consistió en facilitar al Padre la formación de sus hijas del Opus Dei, todas muy recientes, o de otras mujeres que se acercaban a la labor. Para la confesión y la dirección espiritual el Padre las atendía en confesionarios de alguna iglesia, pero para aprender el espíritu de la Obra acudían al primer piso de Jenner, donde don Josemaría les hablaba en presencia de su madre o de su hermana. Estas les transmitían a su vez su rica experiencia en muchos aspectos de las tareas domésticas.

El Padre era mucho más consciente que nosotros del gran servicio que su familia prestaba a la Obra en Jenner. Y también apreciaba mejor que nadie el sacrificio que suponía ese servicio, con entrega de tantas posibilidades legítimas. Sin embargo, ellas se sentían felices de contribuir de ese modo a hacer el Opus Dei.

Los pasos de mi incorporación al Opus Dei

Al pedir la admisión en el Opus Dei en febrero de 1940, mi decisión interior fue de entregarme al Señor para siempre. No me preocupé de saber qué era jurídicamente la Obra, ni de precisar en términos técnicos las consecuencias morales del compromiso que establecía con Dios. Conocía, sin embargo, todo lo esencial. Era cuestión de responder a una invitación divina y de guardar lealtad durante toda la vida a la palabra que daba al Señor y al Padre. Gracias a Dios, desde entonces nunca se me ha pasado por la cabeza dudar de la llamada recibida. Pienso que a los demás que llegaban al Opus Dei les ocurría algo parecido. El Señor nos daba gran fe en que la Obra era de Dios, en que Él la sacaría adelante, y en el singular papel del Padre, y esto resultaba más que suficiente. Nos fiábamos con plena seguridad del Padre. Y no dudábamos de que, como él enseñaba, aunque nos viéramos del todo incapaces y llenos de defectos, Dios, que nos había llamado, nos daría las gracias necesarias para ser fieles. Si alguno abandonó luego el camino emprendido, me parece que no fue por falta de fe en el Padre y en la Obra, sino por no verse con fuerzas o condiciones suficientes.

Hasta mi incorporación definitiva al Opus Dei estaban previstas diversas etapas, sujetas a unos plazos concretos. Pero el Padre podía flexibilizar esos plazos dependiendo de las circunstancias. Así ocurrió en mi caso: hice la admisión en la Obra en la fiesta de san José de 1940, durante la Semana de Estudio, y la incorporación jurídica temporal el 5 de junio del mismo año. Un par de meses más tarde supe que algunos iban a hacer la incorporación definitiva a la Obra el 2 de octubre, y quise sumarme a ellos. Esto resultó mucho más difícil, porque el Padre no tenía ninguna prisa: pensaba que yo era muy joven y que no se perdía nada por esperar más tiempo. Álvaro me aconsejó que le escribiera al Padre.

Recuerdo que la carta fue bastante breve, una cuartilla por ambas caras, escrita con mucha fuerza, como de aragonés a aragonés. Aunque han pasado desde entonces sesenta años, recuerdo que comenzaba con un "¡Quiero! ¡Porque me da la gana!", que tantas veces había oído decir al Padre que era la razón más sobrenatural para entregarse al Señor. Luego daba otras razones: si había tenido ya edad para apartarme del Señor, la tenía también para comprometerme a seguirle durante toda mi vida; y la de que en Aragón, como él bien sabía, se alcanzaba entonces la mayoría de edad a los veinte años, en lugar de a los veintitrés que establecía el derecho común, y yo estaba a punto de cumplir los veintiuno. Días más tarde me dio Álvaro la gran noticia de que el Padre me permitía hacer la incorporación definitiva el 2 de octubre.

Una pregunta sorprendente

Antes de que hiciéramos la ceremonia, no recuerdo bien si el mismo día 2 o la víspera, el Padre nos llamó para asegurarse aún más de que éramos conscientes del paso que íbamos a dar y para conocer nuestras efectivas disposiciones. Y entre otras cosas nos dijo de repente algo muy parecido a esto: "Y si yo me muero esta noche, si os quedarais solos cualquier día, vosotros, ¿qué?, ¿seguiríais con la Obra?". Ante aquella inesperada y sorprendente pregunta, que planteaba una hipótesis imprevista, ya que confiábamos en que esa muerte no se produjera en muchos años, nuestra respuesta, emocionada y un tanto balbuceante -porque estábamos seguros de nuestra inutilidad, pero también de que por medio andaba el empeño de Dios- fue que sí, que haríamos desde luego cuanto estuviera en nuestras manos para que el Opus Dei siguiese adelante. Y el Padre nos contestó algo así: "¡Pues no faltaba más!, porque no habéis venido por mí, sino porque el Señor os ha llamado... Y sólo faltaría que me siguieseis a mí y no a Jesucristo...". Pienso que aquella pregunta del Padre no se debía a que intuyera algún riesgo concreto para su vida personal, sino más bien a la necesidad de que ahondáramos en la responsabilidad y trascendencia de lo que ante Dios íbamos a hacer.

Y el 2 de octubre de 1940 hice mi incorporación definitiva al Opus Dei, junto a Amadeo de Fuenmayor, José Orlandis, Fernando Delapuente y Teodoro Ruiz, en presencia del Padre, sin votos, promesas ni juramentos de ningún tipo: fue un compromiso muy sincero al Señor -libre, total y para siempre- de luchar por cumplir con su ayuda su voluntad como fiel hijo suyo en la Obra, con la fuerza de la lealtad de un cristiano honrado. Como el Padre solía decirnos, respetando otros caminos, a los hijos de Dios en el Opus Dei no les interesan para su vida de cristianos "ni votos, ni botas, ni botines, ni botones".


Presentación
De Huesca a Madrid. La guerra civil
Mi encuentro con el Opus Dei
Con el Padre, en la residencia de Jenner
El curso académico 1940-1941
El primer centro de estudios del Opus Dei
El Padre, en Diego de León
La santidad del fundador del Opus Dei
Mis estudios en Suiza y Barcelona
De nuevo con el Padre, en Madrid
Cristo presente en los quehaceres del mundo
Epílogo. El brazo de Dios no se ha empequeñecido