Mi encuentro con el Opus Dei

Al conocer las notas favorables de los exámenes de aquel septiembre de 1939, fui a ver a José María Albareda para contarle los buenos resultados. Me anunció que se iba a trasladar a una residencia que se había instalado aquel verano en la calle de Jenner y me invitó a visitarle allí.

Entre tanto, con noticias confusas sobre si el Padre Pepe seguiría con su residencia de la calle de Narváez, había encontrado alojamiento en una casa de huéspedes muy modesta y barata en la calle de León, muy cerca de la academia de preparación. Aún no comprendo por qué no pasó por mi cabeza la idea de pedir plaza en la residencia de Jenner, al saber que viviría allí mi profesor. El hecho es que un día de la primera quincena de octubre fui a ver a Albareda a esa residencia.

Después de charlar un buen rato, José María Albareda me presentó a Francisco Botella, que me informó con detalle de la labor de formación cristiana que se hacía en la residencia. Sin duda no quiso explicarme aquello el propio Albareda para que decidiera yo participar o no con más libertad. Tenía Paco unos años más que yo: era de Alcoy, alto y muy delgado, simpático, muy dinámico. Había terminado la carrera de Ciencias Exactas y preparaba el doctorado. Me habló de don Josemaría Escrivá de Balaguer, a quien él y todos allí llamaban "el Padre", y de su dedicación a la formación espiritual de estudiantes y de otras personas. Me hizo ver la conveniencia de que hubiera en el mundo muchos cristianos que con buena preparación profesional se esforzaran por realizar bien su trabajo y vivir conforme a su fe, procurando que sus amigos y compañeros hicieran lo mismo. Para eso era necesario cuidar la propia formación cristiana, tener trato con Dios, estudiar con seriedad; algo que me recordaba ideas que José María Albareda había esbozado en nuestro paseo de Zaragoza un año y medio antes.

Paco me invitó a participar en las actividades culturales de la residencia y, más en concreto, a asistir a los cursos de formación espiritual que dirigía el Padre, que consistían en una clase a la semana. Me pareció bien la idea, y Paco me dio a escoger entre varias posibilidades, a última hora de la tarde o de la mañana. Por mis horarios, elegí acudir por la mañana. Me enseñó también el oratorio y me ofreció la posibilidad de estudiar en la biblioteca de la residencia.

Conozco a Josemaría Escrivá de Balaguer

El día convenido volví a la residencia de Jenner para asistir a mi primera clase de formación. Los seis o siete que iban a ser mis compañeros -estudiantes como yo de ingreso de Ingenierías o de Arquitectura, que en su mayoría vivían en la residencia- charlaban amigablemente en la sala de estar, esperando a don Josemaría, que llegó puntual. El Padre, como le he llamado yo siempre desde entonces, tenía por esas fechas treinta y siete años y yo acababa de cumplir los veinte. Era un sacerdote joven, alto, de cara llena, con gafas de cristales redondos. Tenía el pelo castaño oscuro, coronilla sacerdotal amplia que con frecuencia cubría con un solideo negro, sotana limpia y aspecto exterior cuidado. Se le veía lleno de vitalidad, resultaba simpático y muy alegre; atraía y a la vez movía al respeto. Su voz era recia, sonora. Se le podían reconocer en ciertos momentos giros, expresiones y acentos altoaragoneses. Cuando me enteré de que era de Barbastro -ciudad situada a unos 50 km. de Huesca- me alegré de que fuera paisano mío, con ese inevitable orgullo localista que casi todos tenemos.

Desde el primer momento, don Josemaría me impresionó de forma muy viva: había en él algo singular. Uno se sentía entrañablemente querido. Me di cuenta de que era muy sobrenatural y al propio tiempo muy humano; con una mentalidad muy laical, sin clericalismos, pero a la vez -si puede decirse así- muy sacerdote, muy consciente de su ministerio en la Iglesia, a la que amaba profundamente. Hablaba con fe firme, con segura convicción, con vigor y de modo cordial, sencillo, asequible a todos. Algo poco definible movía a reconocerle una plena e indiscutida autoridad, a la vez que a mantener con él una relación confiada.

El Padre salpicaba su conversación y explicaciones con anécdotas y ejemplos, bromeaba con unos y otros, derrochaba buen humor y alegría. Su mirada era muy expresiva y penetrante, y reflejaba el cariño que nos tenía. Estaba lleno de Dios y de celo por todas las almas. Sólo trataba de temas espirituales, sin tocar cuestiones de otro tipo, a pesar de que las noticias de la vida política nacional y de la guerra mundial ocupaban las primeras planas de los periódicos y eran, en cualquier otro ambiente, habitual tema de conversación.

Los cursos de formación cristiana

Aquella primera clase me gustó mucho, y me prometí seguir el curso de formación sin perderme ninguna. Entendí desde el primer momento que no se trataba de adquirir conocimientos teóricos brillantes ni eruditos, ni de que cada uno preparase un tema para explicárselo luego a los demás y discutirlo. Se asistía para aprender a ser buen cristiano en la vida corriente y en el trabajo, para procurar poner en práctica las enseñanzas recibidas. El espíritu y modo de ser del Padre, su forma de dar las clases, los ratos de amigable charla antes y después, todo me resultaba tremendamente nuevo y atrayente, rompía en muchos aspectos con lo que antes había conocido. Era una manera de entender la vida cristiana que entroncaba con la de los cristianos de los primeros siglos, que vivían su fe en el lugar y ocupaciones en que se encontraban.

Las clases abordaban temas muy variados: la forma de vivir la fraternidad cristiana, la santificación del trabajo profesional y -en nuestro caso- de los estudios que cada uno seguíamos, la necesidad de la oración y la mortificación, el trato con Jesús en la Eucaristía, la dirección espiritual... También insistía mucho el Padre en la importancia de adquirir virtudes humanas. Se descubría un modo de vivir de acuerdo con la fe, asequible a cualquier persona corriente, en las cosas y circunstancias ordinarias. En eso, nos repetía don Josemaría, está la santidad. El trato con Dios, la lucha por la santidad, es algo para toda clase de personas y para el día entero: no puede quedar restringido a un tiempo diario o semanal.

El Padre nos decía que estudiar era para nosotros una obligación grave y que un estudiante que no estudia no puede ser buen cristiano, porque no cumple con su deber. Sus palabras eran positivas y animosas. Mostraba mucho más el lado bueno de las virtudes -lo que suponen de amor y amistad con Dios y de felicidad personal- que lo malo de los vicios con la lista de lo que no se debe hacer. Al hablarnos, por ejemplo, de pureza, no acudía a contar hechos truculentos con muertes en pleno pecado -como solían hacer bastantes predicadores de la época-, ni a hacer un elenco de lo prohibido. Prefería que contempláramos la belleza de la castidad, el atractivo de llevar una vida limpia, superando la simple animalidad por amor de Dios. Nos explicaba que la lucha en ese campo era algo corriente, que la habían tenido los santos, y que siempre se podía vencer con la ayuda del Señor y de la Virgen.

Al final de cada clase nos solía preguntar por nuestros amigos, y nos animaba a que les invitáramos a conocer la residencia. También nos contaba sus viajes a distintas ciudades -Valencia, Barcelona, Zaragoza, Valladolid- y pedía que rezáramos para poder extender pronto también allí los cursos de formación espiritual de Jenner.

El ambiente de la Residencia

Desde el principio, me sentí muy a gusto en los ratos que pasaba en aquella residencia, aunque sólo acudía para asistir a los círculos. Con quienes más relación tuve aquellos meses fue con Paco Botella, Pedro Casciaro -que como Paco preparaba el doctorado en Matemáticas- y Vicente Rodríguez Casado, un licenciado en Historia que también hacía su tesis doctoral. Además, estaban allí Juan Jiménez Vargas, que era médico y director de la residencia, y Álvaro del Portillo, estudiante de Ingeniería de Caminos. Todos ellos habían conocido y tratado al Padre antes de la guerra civil. Al llegar a Jenner solía ir casi siempre a la habitación de Ángel Galíndez, un residente de Bilbao que estudiaba también para Ingeniero Agrónomo. Iba más avanzado que yo en el ingreso y me echaba una mano en algún problema matemático más difícil.

El ambiente de la casa me resultaba muy agradable: muy acogedor y simpático por la decoración, y muy cordial, amistoso y sencillo en lo humano. Abundaba la alegre vivacidad, la simpatía y el sincero afecto e interés de unos por otros. Las conversaciones no se centraban en cuestiones triviales o en lugares comunes, sino que respondían con naturalidad al nivel cultural de universitarios de distintas carreras, sin asomo de pedantería. En general había preocupación por el estudio, por no perder el tiempo. En cuanto aparecía el Padre, se formaba enseguida un corro a su alrededor. Nos sentíamos atraídos por su alegría, buen humor, cariño y sentido sobrenatural. Daba gusto estar con él en aquel ambiente familiar y escucharle aunque sólo fuera unos minutos.

He de confesar que, aunque lo que el Padre enseñaba en las clases del curso de formación me resultaba convincente y atractivo, yo lo llevaba muy poco a la práctica. Sí que empecé a pasar a diario por alguna iglesia para hacer una visita breve al Santísimo. Conocí enseguida la existencia de Camino, un libro escrito por el Padre que acababa de publicarse en Valencia en septiembre de 1939, pero no me lo llegué a comprar. Y a pesar de que uno de los temas de las charlas de formación trataba de la conveniencia de tener dirección espiritual, no se me ocurrió acudir al Padre con ese fin.

Un día de retiro espiritual

Al regresar a Madrid después de las vacaciones de Navidad, reanudé mi asistencia a las clases o círculos en Jenner. Me invitaron a un retiro espiritual el domingo 21 de enero de 1940. No encontré ningún motivo para no asistir. Me presenté en la residencia minutos antes del comienzo de la primera meditación, previa a la Santa Misa. El día era frío y amenazaba nieve. El oratorio estaba repleto. Había oído al Padre en las clases de formación, pero todavía no en meditaciones o pláticas. El Padre hablaba con fuerza, a la cabeza y al corazón, ante el Señor presente en el Sagrario. Su expresión y su mirada no permitían dudar de esa Presencia. La meditación trató de la pesca milagrosa. Las frases del Evangelio adquirían en labios del Padre una viveza extraordinaria. Eran las del Padre palabras ardientes que urgían a corresponder al amor de Dios, a atender con generosidad la invitación de Jesucristo a seguirle y a acercar al Señor a nuestros compañeros.

Avanzada la mañana del retiro, en un intervalo, Paco Botella me llevó aparte para hablarme a fondo del Opus Dei. Me explicó que Dios había querido servirse de don Josemaría para promover la santidad en medio del mundo entre los fieles corrientes, y que se lo había hecho ver así con claridad el 2 de octubre de 1928. Una santidad en las ocupaciones ordinarias, en el estudio y en el trabajo profesional, en las relaciones familiares y sociales, muy similar a la de los primeros cristianos, que no se apartaban del mundo y vivían las virtudes en el grado heroico propio de los santos que la Iglesia llevaba a los altares. El Opus Dei -me explicó Paco- tiene origen, fines y medios sobrenaturales, y no era circunstancial o temporal, sino que estaba llamado a permanecer por los siglos.

Para pertenecer al Opus Dei, me dijo, era precisa una llamada específica de Dios, tener una disposición de entrega total y para siempre al Señor, con completo desprendimiento de los bienes materiales, pero sin apartarse de los quehaceres ordinarios, ya que el Opus Dei no sacaba a nadie de su sitio. También me dijo que el Padre era entonces el único sacerdote, pero que con el tiempo se ordenarían otros de entre los que llevaran años en la Obra, aunque el número de sacerdotes sería siempre muy pequeño en relación con el de los seglares. Quedó muy claro que, aun cuando en aquel momento sólo había personas del Opus Dei en Madrid y en Valencia, Dios lo quería con entraña universal, extendido por todo el mundo entre hombres y mujeres de toda condición.

Esta conversación con Paco Botella me abrió horizontes nuevos. El Padre no era sólo un buen sacerdote lleno de celo por las almas, sino un instrumento de Dios para difundir la llamada universal a la santidad. Y aquel puñado de personas que ayudaban al Padre seguían una llamada divina, e iban a contribuir a la extensión de la Obra por todas partes y a lo largo del tiempo.

Siguió el retiro espiritual y, después de la conversación con Paco Botella, las palabras del Padre adquirían para mí significados mucho más profundos. Sin embargo, yo me veía muy alejado del amor de Dios que apreciaba en el Padre y en aquellos que intuía formaban parte del Opus Dei. La posibilidad de que yo llegara a vivir de ese modo se me antojaba, aunque atractiva, muy distante: como al final de un largo camino que tendría que recorrer. Al terminar el retiro, volví a charlar con Paco Botella mientras paseábamos por La Castellana. Había una delgada capa de nieve. Continuó explicándome la Obra, y me dijo que ese mismo día había pedido la admisión en el Opus Dei un ingeniero de Caminos -José Luis Múzquiz, según supe después-. Algo por dentro removía mi corazón. Pero Paco no me hizo ninguna pregunta directa sobre mi disposición personal -ni yo deseaba expresarla-, así que nos despedimos.

Compré Camino, por doce o catorce pesetas, para leerlo en mi alojamiento. Solía hacerlo por la noche, después de resolver los problemas que nos ponían en la academia, a veces ya de madrugada, antes de acostarme. Su estilo directo y confidencial hacía que, con cada punto de meditación, la voz del Padre golpeara con fuerza mi corazón. He de reconocer que algunos de esos puntos me acuciaban a dar una respuesta de entrega inmediata, pero algún otro me daba un aparente apoyo para aplazarla. La invitación del Señor a seguirle se insinuaba en lo profundo del alma y resultaba difícil de esquivar. Y surgía en mi interior una pregunta aguda y persistente, que no me atrevía a responder: "Y tú, ¿por qué no?".

Un olvido oportuno y mi conversación con el Padre

El viernes 9 de febrero era festivo y fui a Jenner para recoger un pequeño misal que había olvidado el día del retiro. Hablé de nuevo con Paco Botella. Me describió las dificultades que habían encontrado algunos para responder a la llamada divina. Y me hizo ver cómo todas ellas eran superables, con la gracia de Dios, si se pone e1 amor divino por encima del humano, por noble que éste sea. Me ayudó a comprender que no era necesario esperar a tener mucha vida interior para decidirse a seguir al Señor. Con sus palabras quedaban vencidas mis posibles defensas o excusas, las barreras que se podían oponer a mi entrega. Y al final, cuando nos despedíamos en la puerta de la residencia, me preguntó directamente: "¿Y tú qué piensas de todo esto? ¿no lo ves para ti?". Al responderle con un lacónico -aunque esperanzador- "quizás sí", me animó a decidirme entonces; pero me seguía viendo muy lejos de aquel ideal de santidad y abandoné la residencia dejando el tema pendiente.

Paco me telefoneó el día siguiente, sábado. Quería verme antes de salir de viaje. Me animó a que no le diera más vueltas al tema y hablara ya, decidido, con el Padre. Accedí a ir a la residencia, aunque advirtiéndole que continuaba indeciso. Salí en busca del tranvía 45, el que solía utilizar para acercarme a Jenner. Estoy seguro de que el Padre, Paco, José María Albareda y otros de la Obra rezaban intensamente por mi vocación. En el trayecto, mi cabeza estaba en ebullición. Recordaba algo que me había dicho Paco, y que había oído también al Padre alguna vez: que en la vida había que saber correr riesgos, que en ocasiones uno debía saber "liarse la manta a la cabeza" y tomar decisiones firmes, sin pretender imposibles seguridades físicas. Comprendí que no debía retrasar más mi respuesta. Y mientras aquel tranvía hacía su recorrido, resolví no pensármelo más y fiarme del Señor y del Padre, entregándome para siempre a Dios en el Opus Dei.

En Jenner hablé un buen rato con el Padre en su habitación, que era muy pequeña y le servía de dormitorio y despacho de trabajo. Era la primera vez que entraba allí y también la primera conversación personal que tenía con él. El Padre, de forma muy paternal y muy sobrenatural, quiso dejarme muy claros algunos puntos. Además de hablarme de las características esenciales de la Obra y de las exigencias de la entrega, me hizo ver que la llamada que me hacía el Señor era de carácter sobrenatural, cosa de Dios y no de los hombres. Me explicó también que en el Opus Dei formábamos una familia de vínculos sobrenaturales, que debíamos querernos de verdad y ayudarnos unos a otros a ser santos y felices. Ser de la Obra significaba comprometerse a luchar toda la vida para mejorar en las virtudes cristianas, para alcanzar la santidad según el espíritu que Dios le había dado. Y me advirtió que en esa lucha me podría encontrar con tentaciones contra la fe, contra la pureza y contra el camino que iniciaba, es decir, contra mi entrega a Dios; pero me aseguró que con la ayuda divina, el cumplimiento de las normas de piedad, la oración de unos por otros y el trabajo, no debía inquietarme ni darles importancia, siempre que acudiera con sinceridad y sencillez, cuanto antes, a quienes se encargaran de orientarme.

Desde aquel momento me sentí íntima y cordialmente vinculado, de por vida, a mi nueva familia, el Opus Dei. Por mi parte, hablé muy poco, quizá sólo sobre lo lejos que me veía yo de alcanzar un ideal tan alto. Al terminar esa charla, me invitó a ir al oratorio de la residencia para dar gracias al Señor. Era el 10 de febrero de 1940, sábado, hacia la dos menos cuarto de la tarde, ya en la víspera de la festividad de la Virgen de Lourdes.

Junto al oratorio estaba Fernando Delapuente, un ingeniero industrial que entonces dirigía una azucarera en Terrer (Zaragoza). Esperaba al Padre y pidió ese mismo día la admisión en el Opus Dei. En el oratorio, con plena conciencia de la hondura del paso que había dado, rogué al Señor y a su Madre que me ayudaran a ser siempre fiel a la llamada recibida y al Padre. Y me volví a mi casa de huéspedes de la calle de León.


Presentación
De Huesca a Madrid. La guerra civil
Mi encuentro con el Opus Dei
Con el Padre, en la residencia de Jenner
El curso académico 1940-1941
El primer centro de estudios del Opus Dei
El Padre, en Diego de León
La santidad del fundador del Opus Dei
Mis estudios en Suiza y Barcelona
De nuevo con el Padre, en Madrid
Cristo presente en los quehaceres del mundo
Epílogo. El brazo de Dios no se ha empequeñecido