De Huesca a Madrid. La guerra civil

Mis primeros recuerdos giran en torno a un lugar concreto de Huesca, la Plaza de Lizana. Había nacido en el número 8 de esa plaza el 3 de octubre de 1919, y nos habíamos trasladado muy poco después al número 11. Aquella plaza era entonces por entero de los niños de la vecindad. Allí jugábamos a nuestras anchas, sin que nos molestara ningún vehículo. En ella vi la llegada de grupos de soldados repatriados de la guerra de Marruecos. Por ella cruzaban los vecinos que, desde la parte baja de la ciudad, tomaban luego la empinada costanilla de Ricafort o la de Santiago para subir a la parte más alta, a la Catedral, al Ayuntamiento, al Hospital Provincial, al Instituto de Segunda Enseñanza o a la Escuela de Magisterio. Desde la galería de la parte posterior de la casa pude admirar, siendo muy niño, un eclipse de sol, probablemente el que se produjo el 24 de enero de 1925. Mi padre, Mariano, que era médico, nos anunció aquel fenómeno astronómico y nos aprestamos a observarlo con viva curiosidad y con unos cristales ahumados para proteger los ojos al mirar al sol. Los tres hermanos -yo era el menor- contemplamos expectantes cómo se cubría el sol en pleno día y se entenebrecía todo, como si se tratara de una negra tormenta de verano, a pesar de estar el cielo despejado. También mi madre, Paca, salió a presenciar aquella rareza, aunque recuerdo que al poco tiempo volvió a las faenas de la casa.

Mi abuelo paterno, Rafael Ponz, era el médico de Bolea, villa entonces de unos 2.000 habitantes, situada a unos 20 km. de Huesca. Allí nació mi padre. Mi madre, Francisca Piedrafita, fue a Bolea como maestra nacional, "formalizó relaciones" -como entonces se decía- con mi padre y contrajeron matrimonio. Mi tío José María, hermano mayor de mi padre y médico como él, se quedó en la casa de mi abuelo Rafael, para ayudarle primero y sucederle después como médico municipal. Por eso, mi padre hubo de abrirse camino en otros lugares, sobre todo en Alerre, a unos 5 km. de Huesca, donde nacieron mis dos hermanos: Consuelo en 1911 y Mariano ya en 1917. La familia dio luego el salto a la capital, a Huesca, donde nací yo dos años después.

Cuando tenía unos seis años, dejamos la Plaza de Lizana para irnos a vivir al número 51 del Coso Alto, inmediato a la Plaza del Teatro, que se convirtió en el nuevo lugar de juegos, diversiones y pequeñas travesuras. Más tarde, ya en 1929 ó 1930, nos trasladamos al emplazamiento familiar definitivo, en el primer piso de una casa que, con ayuda de un fuerte crédito hipotecario que le torturó durante muchos años, mi padre hizo construir de nueva planta en la calle del Parque 24, entonces límite de la ciudad, junto al Parque que se empezaba a urbanizar.

Esos primeros años de matrimonio fueron para mis padres de muchas dificultades económicas y de duro trabajo. Ni mi abuelo paterno Rafael, desde Bolea, ni mi abuela materna Francisca Sambola, desde Sort (Lérida) -donde había nacido mi madre- podían ayudarles. Sé que mi padre, para defenderse, atendía pacientes de lugares alejados a los que llegaba de día o de noche, con hielos, lluvias o calores, andando, en caballería, luego en moto, por caminos malísimos y con algún accidente, lo que daba a mi madre no poca preocupación. Ella había dejado su trabajo de maestra para cuidar del hogar, pero siempre le gustó enseñar en casa las primeras letras y las cuentas, primero a sus hijos -a mí entre ellos- y mucho después a su larga serie de nietos y hasta a algún biznieto.

En Huesca, mi padre consiguió una plaza de médico de la beneficencia municipal, se fue haciendo una estimable clientela particular en la ciudad y continuó atendiendo pacientes en pueblos próximos. Dedicaba las primeras horas de la mañana a visitar a los enfermos en sus casas, entonces sin ascensores, y a partir del mediodía recibía a los que venían a su consulta. Después de comer, iba a veces a una tertulia con médicos y otros amigos a un café próximo y de nuevo acudía a visitar a domicilio a los enfermos que lo precisaban. Pronto dejó también esa tertulia.

Mis primeros estudios en Huesca

Aprendí a leer y a escribir de la mano de mi madre, excelente maestra, y hacia los cinco años comencé a ir al Colegio de Santiago Apóstol, al que también acudía mi hermano. Era un colegio privado, de ambiente cristiano, pero no llevado por religiosos; no tenía capilla ni había rezos colectivos. Durante mi estancia allí fueron directores don José Samper, maestro de edad avanzada, y don Máximo Seral, de los que guardo muy agradecido recuerdo. A los nueve años hice el ingreso del bachillerato en el Instituto Nacional de Segunda Enseñanza de Huesca, el mismo en el que se había examinado diecisiete años antes, en 1912, Josemaría Escrivá. En ese Instituto, único entonces en la provincia, cursé los seis años de bachillerato como alumno oficial, entre 1929 y 1935.

El Instituto se hallaba entonces en la parte más alta de la ciudad, donde ahora se encuentra el Museo Provincial. Era el histórico edificio del Alcázar Real, de los antiguos reyes aragoneses, en el que Pedro IV de Aragón había fundado el Estudio General o Universidad de Huesca en 1345, y en el que también sitúa la tradición la famosa leyenda de la Campana de Huesca, según la cual, en el siglo XII, Ramiro II acabó con la rebeldía de los nobles levantiscos y ordenó cortar y colgar las cabezas de los principales. Todas las aulas y laboratorios del Instituto se abrían al claustro poligonal, cuyo perímetro interior, provisto de gruesas columnas y abierto a la intemperie, rodeaba al jardín central protegido por una sencilla verja. En el largo y duro invierno, las aulas tenían estufas de carbón, pero el claustro resultaba helador y ponía a prueba nuestra fortaleza física, de modo especial cuando el cierzo soplaba de recio. Casi todos los inviernos me salían sabañones.

Aquel Instituto era mixto, aunque por entonces eran pocas las chicas que estudiaban el bachillerato. Además de corretear por el claustro, jugábamos en la Plaza de la Universidad. Un día por semana teníamos clase de Educación Física y practicábamos el fútbol en un descampado próximo. En no raras ocasiones, hacíamos guerras a pedrada limpia contra otros grupos de chicos, a veces hasta con onda: era una tradición que venía de lejos, pues Santiago Ramón y Cajal, que fue estudiante de ese Instituto casi setenta años antes, ya recoge este modo de pelear en sus recuerdos.

Formación religiosa

Mis padres eran buenos cristianos y eso se reflejaba en el ambiente del hogar. Mi madre me enseñó las oraciones de niño, que rezábamos muchas veces con mi hermano antes de acostarnos. Circulaban entonces por las casas unas capillas portátiles y recuerdo que practicábamos ante ellas algunas devociones, entre otras la de los siete domingos de san José. Mis padres iban a Misa todos los domingos, y a partir de cierta edad empecé yo a acompañarles. Debió de ser hacia los seis o siete años cuando comencé a ir con mi hermano al Oratorio Festivo de los Salesianos los domingos por la tarde, donde nos enseñaban el catecismo de la doctrina cristiana, jugábamos al fútbol, asistíamos a la bendición con el Santísimo y a alguna función de teatro o película muda.

Así llegó el momento de la Primera Comunión, que hicimos a la vez mi hermano y yo en la Basílica de la Virgen del Pilar de Zaragoza un día de primavera. Recuerdo que viajamos mis padres y los tres hermanos en un pequeño Citroen. Antes de la Misa, hice también mi primera confesión. El hecho de recibir por primera vez al Señor quedó muy grabado en mi alma. Desde entonces, animado por mi madre, procuraba confesar y comulgar en Huesca los domingos, casi siempre en la iglesia de san Vicente Mártir.

A principios de los años treinta llegó a Huesca un nuevo obispo, don Lino Rodrigo Ruesca, que bajo el impulso de Pío XI se propuso establecer la Acción Católica en sus diferentes ramas. Con el canónigo don Estanislao Tricas, Consiliario, nos reunió a algunos de edades parecidas a la mía para comenzar la Juventud de Acción Católica. Yo debía de estudiar tercero o cuarto curso de Bachillerato y fui bastante asiduo a los círculos de estudio de esa Juventud. Incluso llegué a intervenir en un acto público organizado por la Acción Católica en el salón de actos del Colegio de los Salesianos, probablemente en 1934. En mi casa, mis padres veían esto con complacencia, pero no me empujaban. Aunque eran buenos cristianos, en casa no se bendecía la mesa ni se rezaba el rosario en familia. Mucho menos se respiraba en aquel hogar ningún ambiente de sacristía ni de clericalismo. Tampoco tenían director espiritual.

Estudio y vacaciones

La educación que recibí de mis padres era bastante abierta, aunque incitaba a poner esfuerzo en el estudio y a procurar sacar buenas notas. Recuerdo lo apenado que volví a casa con la papeleta de Física y Química al terminar 2º curso de Bachillerato -tenía yo once años-, al pensar en un posible disgusto familiar porque en esa asignatura me habían dado sólo aprobado. Mis padres se apresuraron a consolarme, y a indignarse -injustamente- con el profesor. Por otra parte, aunque mi madre seguía de cerca la marcha de mis estudios, ni el Colegio de Santiago ni el Instituto enviaban informes periódicos a mis padres, que se fiaban bastante de mí, educando de ese modo mi libertad y mi responsabilidad. Lo mismo ocurría con el uso del dinero, aunque el margen disponible era escaso, ya que el ambiente de mi casa era de gran sobriedad, mirar mucho los gastos y no acceder a nuestros caprichos.

En verano nos quedábamos en Huesca. Mi primer deporte, además del fútbol durante el curso, fue ir en bicicleta a bañarme al río Isuela, o al Flumen que quedaba un poco más alejado, hasta que en los años treinta se construyeron unas instalaciones deportivas privadas en el Alcoraz: allí, con un abono barato, podía pasarme todas las mañanas en la piscina, después de haber leído en casa un buen rato alguna novela de Salgari o de Julio Verne. Por las tardes, más lectura, paseos con los amigos... En general iba más con los amigos de mi hermano, algo mayores que yo, que con los de mi edad. Llegué a nadar discretamente y hasta participé en unos campeonatos de natación en Zaragoza, en los que sufrí un estrepitoso fracaso, por haber abusado de una sabrosa paella en la pensión en la que vivía mi hermano, poco antes de la competición.

Recuerdo como excepción dos veranos singulares. Uno hacia 1927, cuando hicimos toda la familia un viaje a Lourdes por Canfranc, seguido de una corta estancia con mi abuela materna y mis tíos en Sort (Lérida). El otro, uno o dos años más tarde, fuimos de nuevo a Lourdes, pero dando más vueltas: hicimos paradas rápidas en Pamplona y San Sebastián, para volver a entrar en España por el Valle de Arán, y pasar otros días en Sort. Fuimos también en 1929 a Barcelona para visitar la Exposición Universal. Estuvimos a punto de ver por primera vez cine sonoro -ponían la película "El desfile del amor"-, pero después de esperar bastante tiempo en una larga cola, un pariente que nos acompañaba, con fama de estricto, consideró que no era adecuada para nuestros ojos infantiles. No sin cierta irritación por parte de mi padre y del resto de la familia, tuvimos que desistir.

Pienso que yo era un chico más bien corriente, al que le gustaba el cine, explorar caminos entre huertas por las afueras de Huesca, comprar alguna vez cacahuetes, chufas y castañas asadas, leer novelas de aventuras, pasear por los porches y visitar las garitas en las ferias. Además de la natación, tenía cierta afición al ajedrez. Recuerdo haber participado con mi hermano en el asalto a una higuera de un huerto vecino, lo que dio lugar a la intervención de la policía municipal y a un mayúsculo disgusto familiar, que me apenó muchísimo.

Un profesor distinto

En octubre de 1934 -con quince años- inicié el 6º y último curso de Bachillerato. Mi hermano, que estudiaba Medicina en Zaragoza, me habló del profesor de Agricultura que tendría yo ese año, el mismo que le había dado clase a él dos cursos antes. Se trataba de José María Albareda, un aragonés de Caspe que tenía gran prestigio científico, por haber pasado varios años ampliando estudios en diversos países de Europa. Aunque obtuvo la cátedra del Instituto de Huesca ya en 1928 -el año en que Dios hizo ver a don Josemaría Escrivá el Opus Dei-, sus largas estancias en Alemania, Suiza y Gran Bretaña redujeron mucho su actividad como profesor de aquel Instituto. No obstante, cuando mi hermano y yo fuimos alumnos suyos en los cursos 1932-33 y 34-35, le tuvimos todo el año.

Con dos doctorados en su haber, en Farmacia y en Ciencias Químicas, y su merecida fama, Albareda se ganó enseguida nuestro respeto, sin que fuera nunca objeto de bromas, motes, ni chascarrillos, tan frecuentes entre estudiantes. En 1934 tenía treinta y dos años y le veíamos como un profesor muy inteligente, profundo, de aspecto sencillo, serio aunque con un fino sentido del humor, incansable en el trabajo, puntual en las clases, agudo, tenaz. Conocíamos su arraigada formación cristiana y que era "de misa diaria": un hombre bueno a carta cabal, que nos trataba siempre con afecto, delicadeza y comprensión.

Las clases de Albareda me resultaron muy formativas. En sus explicaciones atendía sobre todo a las cuestiones básicas de química y microbiología del suelo, al papel del laboreo y aireación de la tierra, a la nutrición vegetal, dejando de lado la Agricultura descriptiva, sobrecargada de datos, maquinarias y técnicas de cultivo. Aunque en aquel Instituto las clases prácticas experimentales eran excelentes, las de Agricultura con Albareda fueron singulares, porque vinieron a ser como una colaboración en su investigación científica. El laboratorio estaba muy bien dotado de material, lo que permitía abordar con suficiente precisión una parte del análisis de suelos, campo que dominaba nuestro profesor, al que ayudábamos con interés y curiosidad. Había que verle exultante al descubrir por vitrinas y armarios nuevos instrumentos de trabajo, por ejemplo un juego muy completo de densímetros de precisión, que nos alababa con entusiasmo como de la mejor calidad existente entonces en el mundo.

Albareda llegaba a veces al Instituto con unas botas de campo que había comprado en Alemania, que le duraron muchos años, y una gabardina bastante usada, cargado con muestras de suelos que había tomado en excursiones científicas, que hacían abultar desmesuradamente su gran cartera de mano y hasta los bolsillos de aquella gabardina. En el laboratorio nos enseñaba con suma paciencia y comprensión a realizar cada proceso, sin enfadarse por nuestras torpezas, pero de forma que cuidáramos la calidad del trabajo. Un día se le cayó a uno un gran matraz de vidrio Jena que quedó hecho añicos y todos pensamos que nos iba a gritar por la pérdida del matraz y de su contenido; pero cuando llegó a nosotros atraído por el estrépito, se limitó a decirnos que esas cosas pasaban alguna vez en los mejores laboratorios.

Diversas circunstancias hicieron que mi relación con Albareda fuera bastante más estrecha que con otros profesores. De una parte, me atraía su calidad científica y su modo de ser, sus clases, el trabajo en aquel laboratorio. De otra, mi hermana Consuelo se había casado en 1934 con un joven abogado muy valioso y conocido en la ciudad, José María Lacasa, activo en la política local y director del Orfeón Oscense, de edad parecida a la de Albareda, del que se había hecho bastante amigo. En mayo de 1935 murió mi hermana, pocos días después de dar a luz a su primer hijo, José Antonio, lo que contribuyó a que el profesor Albareda me mirara con particular compasión y afecto.

Llegó el momento de decidir mis futuros estudios. Por un lado, pesaba la tradición médica familiar, que no dejaba de gustarme, aunque más en lo que pudiera tener de fundamentación biológica que en la atención directa a los enfermos. El hecho de que mi hermano hubiera escogido ya la carrera de medicina constituía para mí un factor disuasorio. Otra posibilidad era seguir la línea de lo que explicaba el profesor Albareda. Después de hablar con unos y otros, mi cuñado Lacasa me animó a pedir consejo a Albareda, quien a la vista de mis aficiones me sugirió estudiar para ingeniero agrónomo. Mis padres no querían interferir en mi elección, aunque les dolía que me alejara de ellos. Por fin me decidí por la carrera de ingeniero agrónomo, lo que me iba a convertir en uno de los pocos estudiantes de Huesca que por aquel entonces iban a Madrid a cursar estudios superiores. Justo por ese tiempo José María Albareda ganó un concurso de traslado al Instituto Velázquez de la capital de España, lo que iba a permitir que continuara allí nuestra relación.

Durante mis estudios de bachillerato en Huesca se produjeron fuertes convulsiones políticas. Me tocó de cerca la sublevación militar de Jaca, en diciembre de 1930: proclamaron la República y se produjo un encuentro entre las tropas sublevadas y las leales a la Monarquía en las afueras de Huesca, cerca de Cillas, con cañonazos "de verdad" disparados por la artillería, que me alarmaron y sacaron de la cama. Días después tuvo lugar la condena a muerte y fusilamiento en Huesca de los capitanes sublevados Galán y García Hernández.

Llegó la República en 1931. Mi padre, que siendo estudiante quizá llegó a sentir simpatía por movimientos de izquierdas, era hombre a quien gustaba el orden y el trabajo. A principios de los años treinta veía con gran preocupación la actitud revolucionaria, antirreligiosa y de violenta demagogia de los primeros años de la República. Por eso, mostraba inclinaciones hacia los partidos de centro-derecha, por Gil Robles y la CEDA a partir de su creación, aunque también hacia Calvo Sotelo, José Antonio Primo de Rivera y otros líderes políticos. Yo, con catorce a dieciséis años, participaba, de modo poco definido, en el modo de pensar de mi padre.

Primer año de estudiante en Madrid (1935-1936)

Me trasladé a Madrid al comenzar el otoño de 1935. En mi primer viaje a la capital me acompañaban mi padre -que tampoco la había pisado- y mi cuñado, que había estudiado allí durante un año, aunque luego cursó Derecho en Zaragoza. Pedimos orientación para mi alojamiento en la Academia Cibrián-Rodrigañez, muy acreditada para la preparación de Agrónomos, instalada en la calle del Prado. Aunque mencionaron una residencia de estudiantes en la calle Ferraz, nos recomendaron más otra en la calle Serrano, de muy próximo traslado a la de Narváez, que pareció bien a mi padre. Si nos hubieran dicho que la de Ferraz tenía que ver con don Josemaría Escrivá, mi cuñado se habría interesado a buen seguro por ella, ya que los dos habían coincidido en las aulas de Derecho en Zaragoza por algún tiempo. En cualquier caso, la elección de esa residencia, Dios sabe por qué, retrasó en cuatro años mi encuentro con el Fundador del Opus Dei.

Rondaba yo los dieciséis años. La residencia en que me alojé estaba dirigida por un sacerdote de Lopera (Jaén), don José Orti, a quien todos llamábamos Padre Pepe, que después de la guerra civil española restableció la Orden de los Jerónimos en el monasterio de El Parral, tomando el nombre de José de Lopera. Años más tarde supe que don Josemaría Escrivá y él se conocían. Mi soledad madrileña estaba un tanto aminorada por una relación escasa con una familia algo conocida de la mía y, más en particular, por la que recuperé pronto con mi querido profesor Albareda, que seguía soltero y sin compromiso, y se alojaba en una casa de huéspedes en la calle Menéndez Pelayo 13, en el límite Este del Retiro, muy cerca de la de Narváez. Con él salía yo de paseo por las calles de Madrid bastantes domingos. Además de su trabajo de catedrático en el Instituto Velázquez, se encargaba ese año de desarrollar un curso de su especialidad -el primero que se daba en España sobre Ciencia del Suelo- en la Cátedra Conde de Cartagena de la Academia de Ciencias.

Por aquel entonces, Albareda empezó a visitar a don Josemaría Escrivá en la residencia de estudiantes de la calle de Ferraz 50, pero en nuestros largos paseos no me lo comentó. Las conversaciones con Albareda me resultaban agradables, mejoraban mi cultura y mi conocimiento de la ciudad y de sus riquezas artísticas, a la vez que contribuían a que formara criterio con trasfondo cristiano sobre variadas cuestiones. Pronto me di cuenta de que el recorrido incluía siempre la visita a alguna iglesia, donde estábamos unos pocos minutos ante el Sagrario, muestra de la devoción eucarística de mi cicerone. Más tarde comprendí que esa costumbre la había aprendido de don Josemaría Escrivá. Entre los diversos temas de nuestras charlas, surgía espontáneo el de servir a los demás y a la sociedad con el trabajo científico bien hecho. Casi nunca tratábamos temas políticos, al menos de carácter partidista.

Fuera de aquellos paseos y de algunos otros más breves con algún compañero de residencia por el vecino Parque del Retiro, mi vida en Madrid consistía en acudir -caminando o en tranvía- a las clases de la academia de preparación, y en estudiar, consciente de la dificultad de la carrera y de mi responsabilidad ante mi familia. No creo que fuera más de dos o tres veces al cine en todo el año. Tampoco iba al fútbol, con la excepción de un partido Austria-España que se jugó en el Estadio Metropolitano. Procuraba no agravar el esfuerzo económico que para mi familia suponían mis estudios.

Nunca había hecho ejercicios espirituales. El Padre Pepe organizó en la residencia unos dirigidos por un jesuita, el Padre Martínez, a los que como residente asistí. Poco antes de que terminaran, uno de los mayores que vivía con nosotros anunció su decisión de ingresar en la Compañía de Jesús, en un noviciado de Bélgica. Este hecho, y el contenido de algunas meditaciones, hicieron que pasara por mi cabeza la posibilidad de entregarme al Señor, pero de forma muy fugaz: deseché enseguida la idea.

Aquel curso fue en lo político bastante movido, sobre todo a partir de las elecciones de febrero de 1936, cuando triunfó el Frente Popular, que agrupaba a todos los partidos de izquierda. Se repitieron las huelgas y alborotos, las manifestaciones de masas envalentonadas, las luchas callejeras violentas, las revueltas estudiantiles de todos los colores. El ambiente de amenaza y los asesinatos en plena calle elevaban la tensión y presagiaban lo peor. Yo andaba algo al margen de todo aquello, porque mis clases no tenían lugar en la Universidad. Las actitudes antirreligiosas eran cada vez más agresivas y uno se topaba con bravuconadas y griteríos cuando menos lo esperaba. En medio de esa extremada agitación política y social, las amigables conversaciones con Albareda constituían un remanso de serenidad y de paz, y me abrían más amplios y elevados horizontes.

Por ese tiempo, la relación espiritual que Albareda mantenía con don Josemaría Escrivá le llevó a descubrir miras más altas en su vida, una razón de ser más profunda para su vocación científica, un sentido más pleno de lo que Dios esperaba de él. Y de algún modo procuraba también transmitirme esa misma visión cristiana, con consideraciones que abundaban en la primacía de los valores del espíritu, en el sentido sobrenatural de la existencia, en el servicio humano y cristiano que se podía prestar con las tareas corrientes.

Llegaron los exámenes de junio. Como solía ocurrir con los que aún tenían 16 años y se presentaban por primera vez -salvo en el caso, que no era el mío, de algún genio-, me suspendieron en el ingreso de Agrónomos. Volví a Huesca de vacaciones, para preparar la convocatoria de septiembre.

Tiempo de guerra civil

Llevaba pocos días en Huesca cuando las tensiones políticas alcanzaron su punto más agudo. El 13 de julio de 1936 tuvo lugar en Madrid el asesinato de Calvo Sotelo, líder de la oposición, muy pocos días después de otro asesinato: el de un teniente de las fuerzas de Asalto. El 17 llegaron noticias de un alzamiento militar en Marruecos. El 18 de julio, las emisoras de radio hervían en informaciones muy alarmantes y confusas desde distintas ciudades, y por las calles de Huesca patrullaban grupos civiles armados leales al Gobierno de la República, mientras los Guardias de Asalto se mantenían expectantes. En la noche del 18 al 19, se supo que el Gobierno Militar de Huesca se había sumado al alzamiento militar, contando con la colaboración de los Guardias de Asalto, de la Policía y de la Guardia Civil, y que el Ejército se había desplegado por la ciudad sin resistencia, proclamando el Estado de Guerra. Era el comienzo de la guerra civil en toda España. Pensábamos que sería cosa de días o de pocas semanas, pero el conflicto duró casi tres años. Sus primeros veinte meses resultaron particularmente duros para Huesca, que durante ese largo tiempo estuvo casi cercada por las tropas republicanas y anarquistas.

En Huesca permanecí hasta marzo de 1938. Albareda se hallaba en Madrid y no supe de él en mucho tiempo, pero a principios de 1938 me llegó la noticia, por mi cuñado José María Lacasa, de que mi profesor y amigo había conseguido huir de la zona republicana para pasar a la que se llamaba "nacional". Por entonces fui llamado a filas y me incorporé al Regimiento de Aragón nº 17, en el Castillo de la Aljafería de Zaragoza. Un día, hacia abril o mayo, pudimos pasear Albareda y yo por el Parque de Torrero, tras irle a buscar a la Facultad de Ciencias donde, no recuerdo cómo, nos habíamos citado.

Albareda, que en los cuatro o cinco meses que llevaba en la zona nacional se había repuesto del demacrado estado al que había llegado en la otra zona, tenía un aspecto poco distinto del de dos años antes. Ambos nos alegramos mucho de volver a vernos. Le conté mis andanzas por Huesca: tras la situación de largo asedio de la ciudad, el ejército nacional había roto el frente para avanzar hasta Cataluña. A su vez, él me explicó con bastante amplitud su vida en Madrid. Me habló de las graves dificultades de su año largo madrileño en su casa de huéspedes de la calle Menéndez Pelayo, de la tremenda persecución religiosa que había tenido lugar -con asesinatos, supresión del culto, saqueos e incendios de iglesias- y de que sólo de modo excepcional y con muy grave riesgo había tenido posibilidad de verse con algún sacerdote para confesarse o comulgar, o para asistir a Misa en algún escondrijo. Me contó que, a veces, preparaban las formas para consagrar con las obleas que tenían los farmacéuticos para confeccionar sellos de medicamentos.

Me relató también cómo había conseguido salir de Madrid con un sacerdote y algunos amigos. A través de Valencia y Barcelona, iniciaron desde la espesura del bosque leridano de Rialp una larga marcha hacia Andorra, caminando de noche con otros grupos de fugitivos que se iban uniendo a la expedición, conducidos por guías con experiencia en esas operaciones. Albareda no me dijo los nombres de quienes pasaron con él la frontera, pero supe después que el sacerdote era el Fundador del Opus Dei, Josemaría Escrivá de Balaguer. Después de la penosa travesía hasta Andorra llegaron a Francia, pasaron por Lourdes para dar gracias a la Virgen y entraron en España por el puente de Hendaya. Me dijo Albareda que, después de unos días en Zaragoza, se había instalado en Burgos, aunque trabajaba en Vitoria, donde colaboraba en servicios del Ministerio de Educación.

Al contarme todo aquello, Albareda no se daba la menor importancia. Hablaba con sencillez, sin que se le escapase improperio o frase alguna de indignación ni de condena hacia las autoridades o milicianos de la zona republicana. A pesar de que habían asesinado en Caspe a su padre y a su hermano, no se apreciaba en él ningún espíritu de revancha, ni la menor falta de caridad contra nadie.

Hay algo más que Ciencia del Suelo

José María Albareda era hombre que amaba a su patria y deseaba que se estableciera cuanto antes la paz y volviera el país a la normalidad, pero tenía una visión muy serena y objetiva de las cosas. En un tiempo de exaltación colectiva en ambos bandos, en el que todo el mundo tenía puesto su interés en la marcha de la contienda, él me estuvo hablando en aquel largo paseo de que la guerra sería algo pasajero y que de cara al futuro había cosas más importantes. Me hizo ver que era preciso ocuparse de la elevación científica y cultural del país y de que la paz se edificara sobre una base verdaderamente cristiana. Había que prepararse para servir a los demás haciendo cada uno su trabajo lo mejor posible, no por afán de brillo humano, sino como generosa aportación al progreso de la sociedad. Para eso importaba mucho formarse bien, procurar vivir de acuerdo con la fe, poner empeño en el estudio y evitar caer en la pérdida de tiempo y en el abandono que suelen acompañar a las situaciones bélicas.

Me animó a vivir las prácticas de piedad que pudiera y a mantener correspondencia con él cuando me encontrara en el frente de guerra, por si podía darme la dirección de algún amigo suyo que estuviera próximo. Insistió mucho en que aprovechara mi periodo militar para estudiar un idioma, aconsejándome en concreto el alemán. Mis protestas de que iba a ser imposible llevarme libros de gramática en el reducido macuto de soldado de que disponía, quedaron desbaratadas con su consejo de que me comprara un diccionario Liliput, pequeñísimo; él me mandaría unas cuartillas con ejercicios y las raíces de las palabras alemanas más usuales.

Esa extensa conversación con Albareda, aunque no contuvo ninguna referencia explícita al Opus Dei, reflejaba a las claras, en mucho mayor grado que cuando paseaba con él por Madrid antes del comienzo de la guerra, el espíritu que animaba a don Josemaría Escrivá. Luego supe que en sus charlas de dirección espiritual, el Fundador de la Obra le mostró que podía santificarse en su trabajo: "Ese es tu sitio: el laboratorio y la cátedra son los lugares de tu encuentro con Cristo", le había dicho un día. Al conocer el Opus Dei, había comprendido que su dedicación a la Ciencia del Suelo encontraba su justificación plena si estaba movida por el amor de Dios. Ya durante la guerra, había podido mantener relación en Madrid con Isidoro Zorzano y con otros de los primeros miembros del Opus Dei, y con el propio don Josemaría Escrivá. Incluso asistió a los ejercicios espirituales que éste dirigió para unos pocos de forma un tanto itinerante a finales del verano de 1937. Pidió la admisión en el Opus Dei por esos días, el 8 de septiembre.

Durante los ocho meses transcurridos desde entonces hasta nuestro encuentro, la relación de José María Albareda con don Josemaría Escrivá fue muy intensa y próxima, en situaciones muy difíciles, llenas de penalidades y escaseces, que exigían total fe en Dios y en aquel sacerdote santo. Esto explica que al hablar José María conmigo en Zaragoza fluyera de él con espontánea naturalidad el espíritu del Opus Dei, y que la amistad que nos teníamos tuviera por su parte marcada intencionalidad apostólica. Su misma recomendación de que estudiara un idioma respondía a los consejos que daba don Josemaría Escrivá, tanto para aprovechar el tiempo de guerra en algo útil para la formación profesional, como, sobre todo, para preparar la expansión de la Obra a otros países en cuanto fuese posible.

Aunque -no sé si por timidez o delicadeza- nunca se lo pregunté después, estoy seguro de que José María Albareda habló a don Josemaría Escrivá de aquel encuentro conmigo, teniendo en cuenta que ambos vivían en el Hotel Sabadell de Burgos durante esos meses de 1938. Quizás incluso ya antes de la guerra civil, cuando se dirigía espiritualmente con él, le habría hablado de mí y de los paseos que nos dábamos por Madrid. Por algo me decía el Fundador del Opus Dei años después: "¡Cuánto nos has costado, cómo te resistías!".

Termina una guerra y empieza otra

Me compré el diccionario Liliput y salí a primeros de junio de 1938 al frente de guerra de Lérida, ya en la línea del Segre y del Noguera Pallaresa. Después de diversas andanzas con el Cuerpo de Ejército de Aragón llegamos a la zona pirenaica de Nuria en febrero de 1939. Terminé la contienda en Torremocha y Cuenca. Durante ese tiempo, casi un año entero, escribí alguna vez a José María Albareda, no recuerdo si a Burgos o a Vitoria, y estudié muy poco alemán. En momentos de peligro -recuerdo las guardias nocturnas en puestos avanzados de la cabeza de puente de Balaguer- sentí muy viva la presencia de Dios, pero yo seguía teniendo una vida de piedad que se reducía a poco más que procurar oír misa y comulgar los domingos en que disponíamos de capellán.

Terminada la guerra, seguí unos meses de soldado en Zaragoza y Jaca hasta que obtuve permiso para estudiar y presentarme a los exámenes de Agrónomos al final del verano de 1939. La interrupción de los estudios universitarios durante los tres años académicos anteriores se trató de compensar, en parte, mediante la concesión de permisos automáticos a los estudiantes que quisieran presentarse a exámenes en una convocatoria especial a finales de agosto y primeros de septiembre. Además, se dio la posibilidad de hacer durante el año 1939-40 dos cursos en régimen intensivo, uno entre septiembre y febrero y otro entre finales de febrero y julio. En la primera convocatoria de la postguerra, conseguí aprobar todo lo pendiente de junio de 1936, con lo que me quedaron para completar el ingreso los dos grupos de Matemáticas, lo más difícil.

La paz alcanzada de modo tan sangriento en España se vio enseguida amenazada por el comienzo de la II Guerra Mundial, que estalló a primeros de septiembre de 1939. Aunque España se apresuró a declarar su neutralidad, los riesgos de quedar envuelta en el conflicto fueron en adelante continuos.


Presentación
De Huesca a Madrid. La guerra civil
Mi encuentro con el Opus Dei
Con el Padre, en la residencia de Jenner
El curso académico 1940-1941
El primer centro de estudios del Opus Dei
El Padre, en Diego de León
La santidad del fundador del Opus Dei
Mis estudios en Suiza y Barcelona
De nuevo con el Padre, en Madrid
Cristo presente en los quehaceres del mundo
Epílogo. El brazo de Dios no se ha empequeñecido